
La nutrida pinacoteca que atesora la Catedral malacitana, con cerca de 300 pinturas sin contar las que se encentran en depósito en el edificio del Obispado, tiene un extenso repertorio temático, religioso por supuesto.
En esta ocasión traemos como ejemplo una pintura sobre un sucedido apócrifo, es decir no extraído de las Sagradas Escrituras, ni por ningún acta martirial o documento parecido, sino transmitido por una tradición. Se trata de un pequeño lienzo, conservado en la sacristía que representa el tema de san Juan “ante portam latinam”. Supuestamente, el emperador Tito Flavio Domiciano, decidido defensor de la religión tradicional romana, decretó que el apóstol fuera sumergido en una tinaja llena de aceite hirviendo.
La historia sitúa tal hecho en Roma hacia el año 95, cuando el apóstol ya debía contar con una respetable edad. Sin embargo, aunque la orden imperial se cumplió, la voluntad de Dios, no solo impidió la muerte de Juan, sino que este salió del suplicio lozano y rejuvenecido, de ahí que la pintura lo retrate con el aspecto aniñado e imberbe con el que el arte suele plasmarlo. Tal prodigio fue tomado como un acto de magia por parte del emperador que, seguidamente, temeroso, desterró al santo a la isla de Patmos. En recuerdo de semejante martirio el papa Adriano construyó la basílica que, a día de hoy, sigue existiendo cerca de la llamada puerta latina, la mejor de las conservadas de las murallas mandadas a construir por el césar Lucio Domicio Aureliano.

