La más valiosa de las casi 300 pinturas que posee la Catedral es esta obra, erróneamente llamada de la Virgen del Rosario, porque ninguno de ellos porta Nuestra Señora.
En realidad, el lienzo, realizado hacia 1665 por Alonso Cano para el obispo de Málaga fray Alonso de Santo Tomás, recrea el Patrocinio de María, advocación propia de la orden dominica a la que él pertenecía. Destinado a su oratorio, todos los santos que aparecen en la parte inferior lo están con relación a la condición religiosa, devociones y a los apelativos secular y eclesiástico del prelado.
Así, de izquierda a derecha, podemos contemplar a san Ildefonso, de quien ostenta el nombre de pila, del que Alonso es una variante; le sigue santa Teresa de Jesús, a la que profesaba un gran fervor. Continúa con san Francisco de Asís y santo Domingo de Guzmán, pilares de la Iglesia, siendo el segundo el fundador de su orden y con el que, además, compartía apellido. Después, le sigue santo Tomás de Aquino, cuyo sobrenombre adoptó al entrar en religión, y finaliza con santa Catalina de Siena, el gran referente y contrapunto femenino de la espiritualidad dominica.
Para que no quepa error de identificación de estos personajes, los ángeles que revolotean entre ellos y la Virgen portan sus atributos correspondientes. De esta forma los que sostienen el rosario muestran respectivamente la cruz al santo de Asís y las cuentas a santo Domingo. Al ocupar esta parte de la composición el espacio central de la pintura, no es de extrañar que los fieles pasaran a denominarla con el título que ha llegado hasta nosotros.


