
Esculpida en madera o piedra, repujada en metal o pintada, la jarra con azucenas es el emblema identificativo de la Catedral que se rastrea en cualquiera de sus estancias, caso de la que muestra la ilustración, perteneciente a una yesería de la capilla de santa Bárbara.
Su origen es bíblico y nace de versículos del Cantar de los Cantares (2,1) y del profeta Isaías (11). En ellos se alude al lirio de los valles y a aquel árbol de Jesé del que nacería un retoño. Por tanto, en sus inicios, era de un simbolismo cristológico. Sin embargo, en la Edad Media, especialmente por el influjo de san Bernardo de Claraval, pasó al ámbito mariano para resaltar la pureza de Nuestra Señora que, como la impoluta azucena, se yergue hacia los cielos, perfuma cuanto hay a su alrededor y abre a la luz sus pétalos.
Triple virginidad
Igualmente, sus tres pétalos simbolizan su triple virginidad: antes, durante y después del parto, y sus hojas inclinadas son tomadas como imagen de la sabiduría y el amor de Dios que, con humildad, María hizo suyos. Por tales motivos pasó a ser un distintivo asociado a las representaciones del pasaje de la Encarnación, advocación que ostenta nuestra iglesia madre por expreso deseo de la reina Isabel I.
En el sentido más simple, el ánfora, de líneas femeninas y labrada en preciado material, es el símil de la misma persona de la Virgen, mientras que las flores que surgen de ella, frescas y lozanas, evocan su pureza incólume.

