«Donde no llega la ciencia, llega el corazón»

Diócesis de Málagahttps://www.diocesismalaga.es/
La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

A finales de la década de los 70 y hasta 1986, la presencia de las drogas en la sociedad malagueña precipitó una importante alarma social que se fortalecía por la ausencia de respuestas oficiales al problema; no se sabía qué hacer, y todo era un interrogante.

En la finca del seminario, espacio abierto, apartado y tranquilo, se reunían pequeños grupos de jóvenes consumidores de heroína intravenosa. Acompañando al rector nos pusimos en contacto con ellos para interesarnos por su situación. Algunos eran conocidos porque acudían esporádicamente a la casa de Jesús Abandonado (calle Granada) cuando necesitaban comida o ropa.

Con el respaldo del Obispo, se le ofreció ayuda y, en poco tiempo, la portería del Seminario Mayor se convirtió en lugar de reunión, consulta y orientación, y en la que el propio rector participaba activamente. El problema se presentó cuando un consumidor, sin referencias familiares, rechazado por el hospital y en un estado de deterioro y abandono, solicitó tratamiento; ¿dónde ingresarlo para su cuidado? Se acudió al «Cotolengo» (Institución Benéfica del Sagrado Corazón) de las playas de S. Andrés (1979): la acogida, la comprensión de las hermanas, el «reconocimiento» como persona, el respeto y el cariño con el que se sintió rodeado, demostraron que «donde no llega la ciencia, llega el corazón», y con el éxito de la desintoxicación, se inició un cambio esencial en la valoración de estas personas que progresivamente se fue consolidando : no eran viciosos sino enfermos que necesitaban ayuda.

PARROQUIA DE PUERTAS ABIERTAS

Animados por el Obispo, visitamos, algo temerosos, una parroquia (S. Gabriel) con la petición de utilizar los salones parroquiales para las terapias familiares e individuales; desapareció toda inquietud, cuando el párroco, con énfasis, nos facilitó todo, y nos preguntaba con exigencia de servicio, «¿y qué más puedo hacer yo?» En poco tiempo, lo que nos faltaban eran personas en el equipo, que estaba formado por seis voluntarios y dos monjas «sin uniforme». Nos animamos a ir a otras parroquias y en una de ellas iniciamos el primer programa nacional de metadona (1982), y allí estaba el cura «explicando y calmando» a algunos feligreses que, participando de la opinión social peyorativa de estos

enfermos, manifestaban sus miedos y temores: él era nuestra «barrera» y los salones de la parroquia, nuestro «ruedo». Nuevas parroquias se fueron «activando». Para la atención a las mujeres con problemas de consumo, las Adoratrices representaban un recurso especial y eficaz. La única granja que existía en la provincia (Alhaurín el Grande) la atendía la Iglesia Evangélica y la colaboración con ella, gratificante y enriquecedora, nos aseguraba los posibles internamientos.

Con «curas, monjas y cristianos» se fue creando un estado de opinión más favorable sobre estos enfermos. Nadie se «lucraba con la salud del prójimo» y al hacerlo «de balde y con todo lo nuestro», se fortalecía la eficacia de los abordajes terapéuticos; muchos de los «enganchados» y sus familias, que pisaban por primera vez una Iglesia, se quedaban alucinados con la acogida del cura, el interés por conocer sus problemas, y las ayudas en ropas y alimentos.

El Monasterio de las HH. Capuchinas, en la finca del seminario, era otro «punto» de reunión de los llamados «yonkis». En poco tiempo descubrieron que a través del torno podían pedir agua, algún bocadillo y pequeños «tarritos» de miel (las monjas trabajaban panales para consumo propio) que se hicieron famosos porque aliviaban y endulzaban las hipoglucemias de las abstinencias. Los nuevos «vecinos» empezaron a respetar, querer y cuidar a estas mujeres de las que escuchaban, siempre por el torno, palabras maternales de consuelo y cariño; la propia comunidad se encontraba segura con su compañía y nunca hubo conflictos. De esta singular relación entre monjas de clausura y heroinómanos intravenosos, surgieron aperturas y despertares de conciencia que a muchos le iluminaron su ruta existencial al descubrir horizontes llenos de esperanzas.

Cuando en julio de 1986 se crea, como recurso público, el Centro Provincial de Drogodependencia, el anterior escenario, en el que «lo más se queda por decir», representó la piedra angular que fundamentó el desarrollo de los programas de atención, prevención e investigación.

Dr. José Rosado Ruiz, fundador y ex Director del Centro Provincial de Drogodependencias de Málaga

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