
La Catedral atesora dos antiguos relicarios que resultan muy curiosos por su tipología, ya que consisten en dos cilindros de plata cuya superficie presenta un calado de orificios que permite ver el contenido que, indudablemente, es más valioso que el propio continente.
Se trata de dos canillas provenientes de los cuerpos de los santos mártires Bonoso y Crescenciana, que se encontraban enterrados en el cementerio romano de san Ciriaco.
Armengual de la Mota
Hacia 1682 se extrajeron dichos restos y se les entregaron para su custodia al entonces deán de la Catedral de Zaragoza, Pedro de Padilla. Que las reliquias en cuestión acabasen en Málaga se debe a que el citado presbítero, después preconizado prelado de Barbastro, las entregó a su vez al entonces arzobispo zaragozano, Antonio Ibáñez de la Riva. Este había sido canónigo magistral de nuestra Catedral con anterioridad, donde fue protector del joven Lorenzo Armengual de la Mota, quien llegaría a convertirse en obispo de Cádiz.
Al hacerse con las reliquias, don Antonio quiso tener una atención con el cabildo catedralicio de Málaga, efectuando su donación por escritura expendida el 20 de diciembre de 1707. Además, costeó la labra de los dos relicarios, denominados de colmenillas, y que, aunque no tengan punzón visible, quizás correspondan a algún obrador aragonés de la época. En Málaga las canillas de los mártires, o sea los huesos largos de sus piernas, fueron recibidas a fines de abril de 1708, disponiendo el obispo fray Francisco de San José que, para su veneración y el rezo de los santos, se siguiese todo lo prescrito en el martirologio romano.

