– Se insiste en que la sinodalidad no es algo nuevo en la Iglesia. ¿Cuál es la novedad, por tanto, de este proceso que hemos emprendido?
Claro que la sinodalidad no es una novedad. Cuando decimos que es el Espíritu el que guía a la Iglesia, decimos que la sinodalidad empieza en Pentecostés. Decía san Pablo: «No apaguéis el espíritu, no despreciéis las profecías. Examinadlo todo; quedaos con lo bueno» (1Ts 5, 19-21). La sinodalidad es, en su raíz más profunda, la escucha del Espíritu. En los primeros siglos se hablaba de «conspiratio», palabra que compone el «cum», juntos, y la efusión del Espíritu sobre el Pueblo de Dios, llamado a conocer los caminos por donde el Espíritu guía a la Iglesia. Después de siglos centrados sobre el principio de autoridad, el Concilio Vaticano II redescubrió la presencia y la acción del Espíritu en la Iglesia. No se trata de olvidar la jerarquía, de no reconocer la función del Papa o de los Obispos, sino de ponerse todos (cada uno según su función en la Iglesia) a la escucha del Espíritu. El proceso sinodal nos ha enseñado que esta escucha es posible escuchándonos a todos. Ya el Código de Derecho Canónico conoce los organismos de participación: el Consejo Pastoral Diocesano y el Consejo Presbiteral a nivel de Iglesias locales, el Sínodo de los Obispos a nivel universal, sínodos y asambleas a nivel de agrupamientos de Iglesias. No hay que inventar nada; hay que vivir la sinodalidad como estilo, como mentalidad. Escuchar. Escucharse. Antes que el derecho a hablar, poner el deber de escuchar. Así se construye una Iglesia sinodal.
– ¿Cómo describiría los rasgos esenciales de la Iglesia que está emergiendo de este proceso?
La Iglesia sinodal no es otra Iglesia. El Documento final del Sínodo pone en evidencia cómo todo el proceso sinodal se ha desarrollado a la luz de la Iglesia del Vaticano II y constituye una recepción más madura de aquella eclesiología. Acabo de escribir un libro sobre los fundamentos de la Iglesia sinodal y subrayo como primer punto la identificación entre la Iglesia y el Pueblo de Dios. El Documento Final dice que el Pueblo de Dios es el sujeto comunitario e histórico de la sinodalidad y de la misión (DF 17). Este pueblo no es una masa informe, la suma de los bautizados, sino el cuerpo de Cristo, que es también —como decían los Padres de la Iglesia y el Concilio repite (LG 23)— «el cuerpo de las Iglesias». El proceso sinodal pone en evidencia la presencia y acción de las Iglesias locales en el conjunto de las Iglesias. El modelo de la Iglesia sinodal es la «communio Ecclesiarum», superando la idea de la centralización y reconociendo a cada Iglesia su capacidad y responsabilidad de testimoniar el Evangelio en el contexto histórico y cultural donde vive y camina. En cada Iglesia, que es un Pueblo de Dios con su Obispo rodeado de su presbiterio, el Espíritu distribuye dones, carismas, ministerios, nuevas vocaciones. Esta visión no pone en discusión el primado, sino que lo valora más, como principio de unidad de todas las Iglesias, de todos los bautizados, de todos los obispos. Una Iglesia que puede —podría, si obedece al Espíritu— ganar la unidad para vivir la sinodalidad como ley de la Iglesia: discernir juntos para «caminar juntos».
No hay sinodalidad sin escucha; no hay proceso decisional que ponga en marcha la Iglesia según la voluntad de Dios si no escuchamos al Espíritu escuchándonos entre nosotros
– Usted ha estado en el corazón del proceso coordinando al grupo de expertos. ¿Qué aprendizajes concretos destacaría sobre el modo en que la Iglesia puede discernir comunitariamente hoy?
Siempre lo mismo: que el primer acto de una Iglesia sinodal es la escucha. Que el discernimiento depende de la escucha, y que la escucha es una disciplina muy exigente. Es también un arte que se aprende con mucha humildad y mucho ejercicio. Por eso exige una verdadera conversión. Y esto es más difícil para gente que está acostumbrada más a hablar que a escuchar. Me refiero a los expertos, pero también a los obispos y curas. ¡Qué ministerio tan extraordinario se espera de los curas sinodales: aprender primero el arte de escuchar y enseñarlo a todos! Merece subrayar nuevamente que no hay sinodalidad sin escucha; no hay proceso decisional que ponga en marcha la Iglesia según la voluntad de Dios si no escuchamos al Espíritu escuchándonos entre nosotros. La Iglesia no necesita de un líder, de un dictador que concentre en sus manos todo el poder. ¡Vemos los éxitos de los poderosos del mundo! El proceso sinodal se realiza como un camino de escucha entre dos sujetos, el Pueblo de Dios y los Pastores. El Pueblo de Dios, dice el Vaticano II, participa de la función profética de Cristo: aquí somos todos iguales. Esto porque la totalidad de los bautizados que ha recibido al Espíritu es sujeto del «sensus fidei», esta capacidad intuitiva que procede de la experiencia de la fe y permite a todos de manifestar cómo el Espíritu habla a la Iglesia. Complementar al «sensus fidei» es la función de discernimiento de los Pastores. Antes del Vaticano II, el derecho de palabra era todo del Magisterio, y los fieles tenían que obedecer. El proceso sinodal nos ha mostrado que todos son protagonistas de la escucha, cada uno en su capacidad y rol: el Papa que ha llamado la Iglesia al proceso sinodal; el Pueblo de Dios manifestó su escucha del espíritu en la consulta: todo empezó desde allí. Después todas las etapas del discernimiento sinodal de los Pastores se han concluido con el Documento Final que el Papa Francisco restituyó inmediatamente a todas las Iglesias. A partir del Documento Final cada Iglesia puede activar un proceso de discernimiento entre Pueblo de Dios, Obispo, Presbiterio. El principio es siempre lo mismo: la escucha. De la escucha nace el consenso que el Obispo confirma, del consenso la decisión y la voluntad de caminar juntos.
– La implantación de la sinodalidad está ahora «en el tejado de las iglesias particulares». ¿Qué pasos realistas recomendaría para que no se quede en un concepto teórico, sino que transforme la vida cotidiana de las pequeñas comunidades, sin dejar fuera a nadie?
Tampoco este momento es nuevo. Las Iglesias que ya vivieron la primera fase del Sínodo, realizando la consulta del Pueblo de Dios, experimentaron la fecundidad del método sinodal. La tercera fase del Sínodo es de recepción y aplicación del Documento Final en cada Iglesia local. El sujeto activo de esta acción es la Iglesia local, con sus sujetos: el Pueblo de Dios, el presbiterio, el Obispo. Donde vive el Pueblo de Dios, allí se pone en marcha la escucha. De una escucha verdadera emergen los rasgos que una Iglesia puede poner en el centro de su vida. Una Iglesia tiene que descubrir su identidad, ser consciente de que es aquí y ahora el sujeto que, en esta región, testimonia el Evangelio con caminos, proyectos, forma de vida. Esto está todo fuera de lo teórico. No hay que decidir en un congreso qué es la sinodalidad. Hay que ver cómo vivirla. Y no como individuos, sino como Iglesia de Málaga, que no es una suma de comunidades, sino la Iglesia de Cristo que camina aquí, y elige la comunión como principio de su vida y de sus relaciones. Reconocerse parte de esta Iglesia y decidir caminar juntos es el paso más decisivo que una Iglesia local puede hacer.
No existe Iglesia sin el Espíritu de Cristo. Y no existe sinodalidad sin la escucha del Espíritu que nos hace uno y nos hace caminar juntos
– ¿Qué le diría a quienes temen que la sinodalidad genere confusión o divida a la Iglesia?
Depende de qué pensamos que sea la Iglesia. Si es la pirámide jerárquica, donde está claro quién manda y quién obedece, es evidente que la sinodalidad genera confusión. Pero esta objeción procede de quien manda o de quien está acostumbrado a ser súbdito. Pero un orden de este tipo no procede del Espíritu. Caminar juntos es una forma de unidad que no es uniformidad. Ni el Espíritu crea confusión, sino armonía. Siempre hay que componer en la Iglesia diversidad y unidad. La unidad sin diversidad se transforma en uniformidad, autoritarismo, relación asimétrica entre personas, sin reconocer la igualdad: ¡somos todos hijos de Dios! La diversidad sin unidad, esta sí es confusión y división. Pero la unidad no la hacen los hombres, sino la Palabra de Dios a la que hay que obedecer, y el Espíritu que nos guía.
– Pensando en el futuro inmediato, ¿cuál sería para usted el“termómetro” que indicará si el sínodo va dando fruto real en la vida de la Iglesia?
Si vamos aprendiendo el arte de la escucha. Se pueden realizar encuentros fenomenales; se pueden hacer asambleas con expertos mundiales… que el Sínodo será fructuoso si aprendemos el estilo y el método sinodal: escuchar al Espíritu escuchando a los demás. Decían los Padres de la Iglesia que el Espíritu es irrefrenable. No existe Iglesia sin el Espíritu de Cristo. Y no existe sinodalidad sin la escucha del Espíritu que nos hace uno y nos hace caminar juntos.

