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La profesora de los centros teológicos diocesanos Mariela Martínez invita a profundizar en el Evangelio de este domingo, VIII del Tiempo Ordinario (Lc 6, 39-45).
Lucas aúna en este texto una serie de tradiciones a fin de presentarlas como conclusión de todo el discurso sobre la ética de los discípulos de Jesús. En la parábola del guía ciego, Lucas nos plantea dos preguntas retóricas como recurso didáctico cuya respuesta está ya dada: «¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán los dos en el hoyo?» El relato de la viga y la brizna en el ojo se inicia con dos interrogantes antitéticos que ponen al descubierto la incoherencia del que lo hace: «¿Cómo es capaz de ver algo insignificante en el ojo del hermano y no ver algo enorme en el propio?» Inmediatamente el evangelista da la solución: primero saca la viga y luego la mota, primero pon remedio en tu persona y luego sal al paso del otro. Ambos relatos se dirigen a catequistas o formadores de la comunidad que, sin haber concluido su proceso formativo, pretenden guiar a otros miembros de la misma. Quien va a guiar a un hermano ha de tener su ojo limpio para ayudar a limpiar el del acompañado. Por último, en la narración del árbol, el evangelista nos señala que cada árbol produce sus frutos: si el árbol es bueno, dará frutos buenos, si el árbol es malo, dará frutos malos. Las acciones de la persona no son ni más ni menos que la manifestación de su identidad; los actos, al igual que las palabras, son reflejo de la bondad o la maldad interior. La vida de los seguidores de Jesús no puede reducirse a buenos deseos, sino que ha de traducirse en actitudes y signos concretos.