Asamblea Diocesana del Proceso Sinodal (Catedral-Málaga)

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La diócesis de Málaga es una sede episcopal dependiente de la archidiócesis de Granada, en España. Su sede es la Catedral de la Encarnación de Málaga.

Homilía pronunciada por Mons. Jesús Catalá en la Catedral de Málaga durante la celebración de la Asamblea Final de la fase diocesana del Proceso Sinodal

ASAMBLEA DIOCESANA DEL PROCESO SINODAL

(Catedral, 19 febrero 2022)

Lecturas: Ez 37, 1-14; Sal 23, 1-10; Mc 9, 2-13. 

1.- Estamos celebrando con gozo la Asamblea diocesana, prevista en el proceso sinodal, al que hemos sido convocados por el papa Francisco. El tema del próximo Sínodo es: “Hacia una Iglesia sinodal: comunión, participación y misión”.

La Iglesia es sinodal desde que fue instituida. Jesús, tal como describen los evangelios, se rodeó de un grupo de amigos, de apóstoles y de discípulos con quienes caminaba, convivía y les enseñaba como gran Maestro. Compartía su vida con ellos, les resolvía sus dudas, les animaba e iba construyendo comunidad.

Dentro del grupo de los “Doce apóstoles” había miembros con mayor cercanía, pertenecientes al círculo más estrecho: los apóstoles Pedro, Santiago y Juan, que le acompañaron en la transfiguración en el Monte Tabor (cf. Mt 17, 1-2) y también en la oración del Huerto de los Olivos (cf. Mt 26, 36-37). Después había un grupo más amplio de discípulos.

         Jesús crea una Iglesia sinodal. Por tanto, la sinodalidad no es un invento de hace unos años. Fue el papa Pablo VI quien creó la institución del Sínodo de los Obispos, en 1965, al terminar el Concilio Vaticano. Desde entonces se han celebrado más de veinte asambleas (generales, particulares, continentales, especiales), en muchas de las cuales tuve el gran regalo de participar cuando trabajaba la Secretaría general del Sínodo de los obispos en Roma. 

Somos, pues, “Iglesia sinodal” y hemos de vivirlo y asumirlo, que es lo más nos cuesta. 

2.- Hay tres verbos que en los que desearía incidir hoy para desarrollar la sinodalidad: escuchar, discernir y compartir.

En primer lugar, la escucha es algo que todos hacemos en casa, en las parroquias, en los grupos. Es bueno escuchar a otros, aunque nos digan lo que no nos gusta escuchar. Solemos reaccionar mal cuando escuchamos una crítica o un comentario negativo sobre nosotros; la persona criticada suele defenderse e intenta justificar su comportamiento. 

Al escuchar hoy un comentario sobre mi persona, hubiera deseado poder dar una explicación, pero esta celebración es de escucha y de compartir; y hay que tener la humildad de escucharnos mutuamente.

En la escucha debemos, sobre todo, escuchar al Espíritu Santo, para que nos ayude a discernir. Quien lleva la Iglesia no somos nosotros, ni nuestras estructuras. La Iglesia la lleva y la dirige el Espíritu Santo. Él sopla su aliento sobre las velas de la barca y la va dirigiendo por donde quiere. 

3.- No tengáis miedo, porque la barca de la Iglesia no se va a hundir, por muchos ataques que reciba. La Iglesia lleva dos mil años recibiendo ataques por todas partes. En estas dos últimas semanas la Iglesia española está recibiendo palos por parte de los medios de comunicación y de los políticos; pero no pasa nada. Ciertamente somos pecadores; y por ello tenemos que pedir perdón al Señor y a los demás; pero la Iglesia no se hunde; no es preocupéis.

Es necesaria la escucha mutua entre fieles y la escucha de la Palabra de Dios. El Verbo divino ya nos lo ha dicho todo; nos ha revelado el amor de la Trinidad y todo lo necesario para nuestra salvación. Ya no hacen falta más revelaciones privadas ni particulares, porque no añaden nada. 

Aunque haya apariciones, que ayuden a entender mejor la revelación manifestada en Cristo Jesús, no añaden nada. Y, a veces, apreciamos esas manifestaciones como lo más importante de nuestra vida.

4.- La tentación consiste en pensar que la Iglesia la construimos y la dirigimos nosotros. Una cosa es trabajar por el Reino, participando, ofreciendo nuestro tiempo y nuestra propia vida; y otra cosa muy distinta es pensar que los resultados y los frutos vienen por nuestro trabajo. 

Los frutos los trae el Espíritu con sus dones y sus carismas, que, a veces, no reconocemos en los otros. Incluso pensamos que nuestro carisma o el de nuestro grupo, nuestro movimiento, nuestra asociación, o nuestra congregación religiosa es lo único que vale. 

En realidad, todo don del Espíritu enriquece a la Iglesia y a cada comunidad concreta. Hemos de saber apreciar todos los dones y carismas del Espíritu.

5.- Hemos de saber discernir qué nos pide el Espíritu hoy. La doble pregunta del Sínodo es: ¿Cómo se realiza hoy este caminar juntos en la propia Iglesia particular? ¿Qué pasos nos invita a dar el Espíritu para crecer en nuestro caminar juntos? (cf. Documento Preparatorio, 26).

Después de haber escuchado a los representantes de los arciprestazgos en la Asamblea diocesana, vemos que hay mucho bien realizado, aunque quede mucho camino por andar.

Cuando nos reunimos para hablar tenemos la tentación de decir lo mal que hacemos las cosas, remarcando lo negativo. Solemos decir sintéticamente algo de lo bueno que hacemos; pero después nos extendemos y nos centramos en lo negativo.

Os animo a que seamos más positivos. Nuestras comunidades son lugares de encuentro, lugares de alabanza a Dios, lugares donde la fe se promueve, donde se predica, donde nacen nuevos hijos de la Iglesia y nuevos hijos de Dios. En todas las comunidades parroquiales nacen cada año nuevos cristianos; son bautizados nuevos cristianos a los que hay que cuidar, formar, acompañar, iniciar en la fe y en los sacramentos de la Iglesia. Tenemos mucha tarea por delante.

6.- Y la tercera palabra es compartir. Eso es lo que estamos haciendo, al realizar este acto sinodal. Hemos compartido en los diversos niveles: parroquial, arciprestal, grupal de asociación o movimiento y diocesano. 

Os felicito por este encuentro y por este proceso sinodal, al que nos hemos enganchado todos. Pero no debe ser como la traca valenciana o el castillo de fuegos artificiales, que dura pocos minutos, donde el cielo se llena de imágenes de colores; pero después todo queda en humo. 

Esto debe ser una sinfonía, que no acabe nunca. Una sinfonía continua, perenne, permanente, de escuchar las distintas voces que nos ayuden a mejorarnos y a convertirnos. Esto es como las piedras del río, que el agua las va arrastrando, rozándose unas con otras hasta que todas se van haciendo suaves, redondas y sin aristas que hieran.

El objetivo en nuestras comunidades es mantener la comunión, sin que hieran voces malsonantes, ni ataques, ni comentarios negativos. Hemos de ir suavizando la convivencia fraterna, la comunión auténtica, el verdadero respeto entre hermanos.

7.- La primera lectura de hoy nos presenta la visión de Ezequiel de los huesos calcinados y secos, referidos a la casa de Israel (cf. Ez 37, 11). Analógicamente podemos decir que esos huesos somos nosotros, que estamos calcinados si no tenemos el Espíritu de Dios. Necesitamos el Espíritu que dé vida a nuestras comunidades, a nuestras estructuras, a nuestros instrumentos pastorales.

Vamos a pedirle al Espíritu que sople sobre cada uno de nosotros, sobre cada una de nuestras comunidades, sobre la Iglesia local y sobre todas las Iglesias locales esparcidas en el mundo.

En el Evangelio se nos ha relatado el pasaje de la transfiguración. Esta celebración litúrgica es como un “Tabor”, donde nos encontramos con Jesús transfigurado y resucitado; y su presencia nos anima para bajar después a Jerusalén y afrontar la misión.

Jesús, después de la transfiguración en el Tabor, baja a Jerusalén a sufrir la Pasión; y sus discípulos y nosotros también. Los momentos de Tabor, de oración, de transfiguración, de iluminación con el Señor, de fogueo de su Espíritu a nuestro corazón son necesarios; pero nos deben llevar al testimonio, a la evangelización, a los alejados –como bien habéis dicho–.

8.- Gracias por la reflexión que habéis hecho y por compartir vuestras ilusiones y preocupaciones; aunque, ciertamente, se podrían matizar muchas cosas dichas. 

Ya sabéis que el Papa ha prolongado el tiempo de reflexión hasta mediados de agosto; pero las características de nuestra diócesis malacitana no aconsejaban aplazar esta Asamblea hasta el verano, marcado por las vacaciones y el turismo. 

De todos modos, el proceso sinodal continua en las parroquias, movimientos y asociaciones, cofradías, congregaciones religiosas, monasterios; es decir, en todas las comunidades cristianas. Por ello debemos seguir viviendo esta experiencia sinodal. La sinodalidad eclesial tampoco terminará en octubre de 2023 con la Asamblea sinodal de los Obispos en Roma.

         Este proceso ha servido para que tomemos más conciencia de que caminamos juntos como comunidad de discípulos de Jesús. Os animo a seguir el camino, procurando evitar los obstáculos y resolviendo los problemas que aparezcan. 

9.- Jesucristo instituyó su Iglesia como él quiso, poniendo a Pedro y a los apóstoles como cabeza visible. Después de ellos asumieron la misión apostólica los obispos, como sucesores de los apóstoles, los presbíteros y los diáconos. Pero todos los fieles cristianos tenemos la misión que el Señor nos ha encomendado desde el bautismo y hemos de ser fieles al mandato del Señor.

         A veces prestamos demasiada atención a las estructuras: unas la favorecemos en demasía y otras las criticamos. Pero las estructuras son aprovechables si sirven a la misión; de lo contrario, se cambian, como las piezas de un motor. En las Visitas pastorales me habéis escuchado esta imagen: la revisión y el discernimiento eclesial es como una “Inspección Técnica del Vehículo” (ITV), donde lo que no funciona se repara, se cambia o se tira.

Podemos cambiar las estructuras que hemos inventado nosotros a lo largo de la historia. Las hemos adquirido en herencia y si sirven se utilizan y si no sirven se cambian o se tiran, y no pasa nada.

10.- Hoy es día de dar gracias a Dios, de alabarlo, de estar gozosos por haber hecho este trecho del camino en este proceso sinodal.

Damos gracias a Dios por la Iglesia y por la fe, ya que por ella somos introducidos en la comunidad eclesial en el bautismo.

Damos gracias a Dios por las distintas comunidades cristianas vivas con sus ilusiones, experiencias y retos; pero también con sus problemas. Y hemos de convertir los problemas en posibilidades positivas.

         Os invito a seguir reflexionando, compartiendo, dialogando y rezando todo lo que hemos experimentado en este tiempo de proceso sinodal. Hay que continuar el camino, porque no podemos recorrerlo en un día, ni en un curso pastoral. Hemos de seguir remozando, promoviendo, enriqueciendo aquellos elementos de nuestra comunidad que deben ser renovados entre todos.

Recordad que, aunque parezca que seamos nosotros los protagonistas, en realidad, la Iglesia la lleva el Espíritu. Él dio vida a los huesos calcinados (cf. Ez 37), no lo hizo el profeta; y tampoco lo hacemos nosotros.

¡Ánimo y adelante! Seguimos siendo una Iglesia sinodal, desde siempre y hasta siempre. Lo importante es que lo vivamos cada día mejor.

Todo esto se lo pedimos a Dios por intercesión de Santa María de la Victoria, nuestra Patrona, para que Ella nos acompañe caminando juntos cogidos de su mano. Amén.

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