Apertura de Curso Académico en la Escuela de Magisterio «María Inmaculada» (Antequera)

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Homilía pronunciada por el Obispo de Málaga, D. Jesús Catalá, en la Apertura de Curso Académico en la Escuela de Magisterio «María Inmaculada» (Antequera) el 16 de noviembre de 2016.

APERTURA DE CURSO ACADÉMICO
EN LA ESCUELA DE MAGISTERIO
“MARÍA INMACULADA”
(Antequera, 16 noviembre 2016)

Lecturas: Ap 4,1-11; Sal 150,1-6; Lc 19,11-28.

1.- La visión del libro del Apocalipsis.
El próximo domingo termina el año litúrgico con la solemnidad de Cristo Rey y el siguiente domingo es el primer domingo de Adviento, con el que entraremos en un nuevo año litúrgico. Este próximo domingo, el papa Francisco clausurará en Roma el Jubileo extraordinario de la Misericordia, que, en todas las diócesis del mundo, hemos cerrado ya el domingo pasado.
En este ambiente de los últimos días del año litúrgico, las lecturas bíblicas nos presentan lo que sucederá al final de los tiempos, lo que llamamos “lo apocalíptico”. Puede que os suene este término por ciertas películas. En realidad, algunas películas apocalípticas ponen imágenes de algunos símbolos de lo que puede ocurrir al final de los tiempos, al final del mundo. Pero estas películas se quedan en lo externo, no llegan a la profundidad de este asunto.
El vidente del libro del Apocalipsis contempla un espectáculo impresionante, digno del mejor film que un buen director de cine pudiera hacer. Si alguno de vosotros os animáis a hacer cine acordaos de las lecturas de hoy. El protagonista es introducido a través de una puerta abierta en el cielo y escucha una voz, como de trompeta, que decía: «Sube aquí y te mostraré lo que tiene que suceder después de esto» (Ap 4,1). 
La escena es un trono, donde está sentado un personaje con «aspecto semejante a una piedra de diamante y cornalina y había un arco iris alrededor del trono de aspecto semejante a una esmeralda. Y alrededor del trono había otros veinticuatro tronos, y sobre los tronos veinticuatro ancianos sentados, vestidos con vestiduras blancas y con coronas de oro sobre sus cabezas» (Ap 4,2-4). 
Sigue la descripción de la escena: «Y del trono salen relámpagos, voces y truenos; y siete lámparas de fuego están ardiendo delante del trono, que son los siete espíritus de Dios» (Ap 4,5).

2.- Adorar al Dios transcendente.
Y, todo esto ¿para qué? Todo este mundo maravilloso, creativo, fantástico, es para adorar al Dios trascendente, para adorar al Dios verdadero. Dice el vidente, que narra la escena, que otros personajes cantan a coro: «Santo, Santo, Santo es el Señor Dios, el todopoderoso; el que era y es y ha de venir» (Ap 4,8), dando gloria y acción de gracias al que está sentado en el trono, y vive por los siglos (cf. Ap 4,9).
Solamente adoran a uno, al que está sentado en el trono. Ese es Jesucristo. El Jesús de Nazaret que murió en la cruz y resucitó, ahora está sentado en un trono y le adoran todas las generaciones que han pasado y pasarán por la tierra. 
Esta es la clave: todos adoran al único Dios: «Eres digno, Señor, Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo» (Ap 4,11). 
Es toda una invitación a mirar más allá del tiempo, a levantar la cabeza hacia realidades celestes y futuras, que dan sentido a la vida humana.
Aquellos que sólo miran, como se dice vulgarmente, de “tejas abajo”, los que tienen una mirada horizontal y sólo miran a un palmo de sus narices, no ven más allá. Tenéis experiencia de conducir, ¿verdad? ¿Cuándo conducís miráis al volante? No, ¿verdad? Miramos a la carretera para advertir cualquier peligro y seguir el camino. Hay que tener una mirada de largo alcance, los italianos dicen una “lungi mirante”. 
Pues a eso se nos invita hoy, a tener una mirada de largo alcance, a mirar más allá de lo que vemos, palpamos, sentimos, porque existe una realidad que no captamos con los sentidos físicos. Pero si no se capta, no quiere decir que no exista. Lo transcendente no se puede verificar con los métodos terrenales. Se puede percibir por la fe, porque la fe es una sabiduría que permite conocer lo que está más allá, lo que no alcanza la vista física, ni la inteligencia lógica, ni las manos, ni lo sentidos. Existe una realidad que va más allá de mí. Y muchísima gente, muchísimos compañeros y amigos vuestros, mucha gente de nuestra sociedad, lo niega porque no lo ve.
“Lo que no veo no existe”. Ese es un axioma falso. Lo que no ves, no lo ves. Tampoco el ciego ve los árboles y las montañas, el río, las flores, y, porque no lo vea el ciego, no significa que no existan. Si no lo vemos, no podemos concluir que no existe algo.
Algunos astronautas y científicos, que han estado en la estratosfera, han dicho que no han visto a Dios. ¡Cómo si Dios estuviese sentado en una nube o paseándose por el cielo!
En las lecturas de hoy, se nos anima a buscar la transcendencia, a ir más allá de nuestros sentidos y de nuestra inteligencia. Hay una realidad espiritual que no podemos verificar con nuestros métodos de ciencias humanas. 
Se nos ha dicho, en la monición de entrada, que sólo desde Dios podremos ver en profundidad y ser capaces de “mirar más allá”, que es el lema de este curso. 

3.- La parábola de los talentos.
En el Evangelio, Lucas nos ha narrado la historia de un rey que repartió unos talentos u onzas de oro. Jesús expuso a sus oyentes una parábola: un hombre noble marchó a un país lejano para conseguirse el título de rey y llamó a diez siervos suyos y les repartió diez minas de oro, para que negociaran con ellas (cf. Lc 19,12-13). 
    ¿Qué pasó cuando regresó este noble? «Cuando regresó de conseguir el título real, mandó llamar a su presencia a los siervos a quienes había dado el dinero, para enterarse de lo que había ganado cada uno» (Lc 19,15). 
    El primero había ganado diez veces el valor de la mina (Lc 19,16), el segundo cinco veces (cf. Lc 19,18) y otro le devolvió la mina sin que hubiera producido nada, por haberla guardado y por miedo al dueño (cf. Lc 19,20-21). Entonces, el rey lo condenó por su testimonio, por no haber negociado con la mina de oro y haberla guardado (cf. Lc 19, 23-24). 
    ¿Cuántos talentos nos ha regalado Dios? ¡Descubrid las facultades que tenéis y las potencialidades recibidas! Al final de curso, aquí delante del Señor, podríais decir a Dios que los talentos que os ha regalado han producido diez más. Pero que nadie venga aquí, al final de curso, diciendo que no ha producido nada con los talentos que Dios le ha dado. Eso sería desastroso no sólo para vosotros, sino para la sociedad que espera de vosotros esta tarea. Atención, que no es sólo en provecho propio, es también por el bien de los demás. Cuanto más desarrolléis vuestros talentos y facultades, mejor serviréis a la sociedad que está invirtiendo ahora en vosotros y espera unos frutos en unos años.
¡Sed conscientes de las “onzas de oro” que habéis recibido de Dios, y dadles buen rendimiento! ¡Desarrolladlas y ponedlas al servicio de los demás! ¡Tened una mirada penetrante, profunda y de largo alcance, hasta la eternidad! ¡No os conforméis con una mirada miope, superficial y temporal!
Y nos da un aviso el libro del Apocalipsis. A ver si recordáis qué hacen los veinticuatro ancianos que están alrededor del trono donde está el jefe, Jesucristo. ¿Qué gesto hacen? ¿Qué llevaban en sus cabezas cada uno de los ancianos vestidos de blanco? Una corona de oro. Y, ¿qué hacen con esas coronas? Se las quitan y las dejan a los pies del Cordero; se quedan sin corona (cf. Ap 4, 10).
¿Quién es capaz de interpretar este gesto? ¿Qué está indicando con esta escena el autor del libro del Apocalipsis? Todos los reyes de la tierra, todos los poderosos, todos los magnates, todos los grandes de la tierra, llegado el momento final de sus vidas, todos se quitarán sus coronas; pues ya no valen nada y las pondrán a los pies del trono de Cristo.
El domingo que viene celebraremos la solemnidad de Cristo Rey del Universo. No tiene nada que ver con la realeza de los reyes de la tierra. Cristo, Señor del mundo y de la vida, Señor de la historia, ante Él se postrarán todos los reinos de la tierra. 
Una buena lección: Todos los que creáis tener o aspirar a una buena corona de oro o mucho poder, –de aquí pueden salir reyes o reinas, presidentes del gobierno o ministros–; al final, todos, tendremos que quitarnos la corona y ponerla a los pies de Cristo para adorarlo como Dios. Si eso no lo olvidáis os ayudará a relativizar muchas cosas en la vida, a ser más realistas.
Así que, ¡mucho ánimo! 

4.- Dos santas: dos ejemplos. 
La liturgia de hoy nos da dos ejemplos de dos personas que vivieron con cien años de diferencia, casi doscientos años: 
Una de ellas es Santa Margarita de Escocia, reina (1046 – 1093), que también se quitó la corona, pero se la quitó antes de morir. Nacida en Hungría y casada con Malcolm III, rey de Escocia, dio a luz ocho hijos y fue sumamente solícita por el bien del reino y de la Iglesia, pues se dedicó a la oración, y a los ayunos añadía la generosidad para con los pobres, dando así un óptimo ejemplo como esposa, madre y reina. Dejó la corona muchos años antes de morir y se dedicó a los pobres porque, en ellos, veía a Cristo. 
Doscientos años después, en el siglo XIII, Santa Gertrudis la Magna, virgen (1256-1302), vivió en soledad en un monasterio, en Sajonia, y toda su vida la dedicó al estudio y la contemplación de lo que iba a venir, y a la adoración de Cristo en su vida temporal.
Ahí tenéis dos ejemplos de vida. Antes, en la monición, se nos ha dicho la ya conocida vida de los dos fundadores; tanto Madre Carmen como el fundador de los hermanos son dos ejemplos, también, de vida. A ellos dos los tenéis presentes y, durante el curso, celebráis sus fiestas respectivas. Pero hoy la liturgia nos daba a estas dos grandes mujeres: Santa Margarita de Escocia, siglo XI, y Santa Gertrudis, virgen, siglo XIII.
Pues a ver si en el siglo XXI salen Margaritas, Cármenes y muchos más santos de esta asamblea litúrgica. 
Pidamos a estos santos y a la Virgen que nos ayuden a vivir desde esta perspectiva. Que así sea.

 

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