125 aniversario de la bendición del templo de Fuente Piedra

Homilía del Obispo de Málaga, Mons. Jesús Catalá Ibáñez.

125 ANIVERSARIO DE LA BENDICIÓN DEL TEMPLO

PARROQUIAL DE NUESTRA SEÑORA DE LAS VIRTUDES

(Fuente de Piedra, 18 octubre 2014)

Lecturas:Is 45, 1.4-6; Sal 95; 1 Ts 1, 1-5b; Mt 22, 15-21.

(Domingo Ordinario XXIX-A)

1. Celebramos hoy el 125 Aniversario de la bendición del templo parroquial de Nuestra Señora de las Virtudes, en este querido pueblo de Fuente de Piedra, por el cardenal Spínola. Esta efeméride coincide con la celebración del 25 aniversario de la Coronación de la Imagen de la Patrona de esta comunidad parroquial, Nuestra Señora de las Virtudes. San Pablo y sus compañeros de misión, como hemos escuchado en la segunda lectura, dan gracias a Dios por la comunidad de los Tesalonicenses y se acuerdan sin cesar de ellos en sus oraciones (cf. 1 Ts 1, 2). El motivo de esta acción de gracias es «la obra de vuestra fe, los trabajos de vuestra caridad y la tenacidad de vuestra esperanza en Jesucristo nuestro Señor» (1 Ts 1, 3). También hoy damos gracias a Dios por esta comunidad cristiana de Fuente de Piedra, por vuestra vida de fe y por vuestro testimonio de amor a Dios. La celebración de este Aniversario es motivo de alegría y de acción de gracias a Dios, porque los miembros de esta comunidad cristiana habéis mantenido la fe heredada de vuestros antepasados.

2. La predicación del Evangelio arraigó en vuestra tierra y en vuestros corazones desde hace varios siglos. San Pablo dice a los cristianos de Tesalónica: «Os fue predicado nuestro Evangelio no sólo con palabras sino también con poder y con el Espíritu Santo, con plena persuasión» (1 Ts 1, 5), como dice san Pablo. Aquí también fue predicada antaño la fe; ahora toca a la presente generación manteneros fieles a esta transmisión de la fe. Este domingo celebra la Iglesia la Jornada de la Evangelización de los pueblos, comúnmente llamada en España «Domund» (Domingo Mundial de la Propagación de la fe). Se mantiene la necesidad de la misión ad gentes, en la que todos los miembros de la Iglesia estamos llamados a participar, cada cual según su estado de vida, ya que la Iglesia entera es misionera por naturaleza.

La fe es adhesión a la persona de Jesucristo y a su mensaje. La fe no es una mera vivencia interior o un sentimiento; pero necesita expresarse. Por ello han existido desde el principio de la Iglesia las fórmulas breves de fe, normativas para todos (cf. Rm 10, 9; 1 Col 15, 3-5). Los «Símbolos de la fe» o «Credos» (el Símbolo de los Apóstoles y el Niceno-Constantinopolitano) fueron recogiendo en los primeros siglos la síntesis de la fe cristiana (cf. Catecismo de la Iglesia Católica, 185-197). Estas fórmulas de fe son las que aprendemos desde niños en la catequesis. Algunas fórmulas no las entendemos, ni las podremos entender en plenitud. El misterio de la Trinidad no lo podemos entender; más bien lo viviremos cuando traspasemos el umbral de la muerte temporal. Pero esta fe es la que tenemos que vivir y transmitir a las generaciones futuras.

3. Además, la fe cristiana hay que vivirla comunitariamente. Por naturaleza la fe es eclesial y necesita referirse constantemente a la Iglesia, usando un lenguaje común en el que expresar la comunión en la misma fe. En la Iglesia es donde descubrimos a Jesucristo, que es la Cabeza de la misma. No puede haber Jesucristo sin Iglesia; sería como decapitar a la Iglesia, dejarla sin cabeza y, por tanto, destruirla. Aquellos que se llaman cristianos y dicen aceptar a Jesucristo, pero rechazan a la Iglesia, en realidad no aceptan ni a uno ni a otra. ¡Tened cuidado con estas modas y con ciertas ideologías, que no son cristianas! No hay Cristo sin Iglesia, porque Cristo es la Cabeza del Cuerpo místico, que es la Iglesia.

La imagen del cuerpo, ofrecida por san Pablo (cf. 1 Co 12, 12-30), nos puede ayudar a comprender mejor lo que es la Iglesia. Como recordaba el papa Pablo VI, que será beatificado mañana en el Vaticano, la Iglesia es un misterio: «La conciencia del misterio de la Iglesia es un hecho de fe madura y vivida. Produce en las almas aquel sentir de la Iglesia que penetra al cristiano educado en la escuela de la divina palabra, alimentado por la gracia de los sacramentos y por las inefables inspiraciones del Paráclito, animado a la práctica de las virtudes evangélicas, empapado en la cultura y en la conversación de la comunidad eclesial y profundamente alegre al sentirse revestido con aquel sacerdocio real que es propio del pueblo de Dios (cf. 1 Pe 2, 9)» (Ecclesiam suam, 13). El misterio de la Iglesia no es un mero objeto de conocimiento teológico, sino una experiencia de fe vivida; y, por institución divina, corresponde a la jerarquía de la Iglesia la misión de alumbrar, engendrar, nuevos hijos (cf. Gal 4, 19; 1 Co 4, 15), instruirlos y dirigirlos. La Iglesia es madre y ejerce con nosotros una hermosa función maternal, que engendra a sus hijos en el bautismo, los alimenta con los sacramentos, los educa con las actividades eclesiales. Todos hemos nacido en la Iglesia, crecido en ella y nutridos por ella.

4. Con el 125 Aniversario de la bendición del templo parroquial celebramos también el 25 Aniversario de la Coronación de la imagen de la Patrona, Nuestra Señora de las Virtudes.

La Santísima Virgen María tiene sobrados títulos para que su imagen sea coronada: Ella es la Virgen, que concibió y dio a luz un Hijo, cuyo nombre es Emmanuel, es decir, «Dios con nosotros» (cf. Is 7, 14; Mq 5, 2-3; Mt 1, 22-23). No es una simple madre de cualquier ser humano, con todo respeto a nuestras madres y a cualquier madre. La Virgen es la Madre del Hijo de Dios, la Madre del Redentor, como lo explicó san Juan Pablo II (cf. Redemptoris mater, 44). La Santísima Virgen, como nueva Eva, tuvo por designio eterno de Dios una relevante participación en la obra salvadora de Jesús. La Virgen, con su silencio y su aceptación, se unió a la acción redentora de Jesucristo (cf. 1 Pe 1, 18-19); ella es corredentora. María es, además, miembro eminente de la Iglesia.

Ella es la persona más cualificada, la expresión más perfecta, la representación más insigne y la figura más dotada de la Iglesia; así hablaba el Papa Pablo VI a los padres conciliares, reunidos en Roma en el Concilio Vaticano II (cf. Pablo VI, Alocución a los Padres conciliares al final de la tercera sesión del Concilio Vaticano II, 21.11.1964). María se hizo digna de aparecer como la «mujer vestida del sol, la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza», como dice el libro del Apocalipsis (cf. Ap 12,1). Ella brilla con gran resplandor en el firmamento de la humanidad. Vosotros, queridos fieles de Fuente de Piedra, la veneráis con el hermoso título de Nuestra Señora de las Virtudes. ¿Qué criatura humana hay mejor adornada con tantas virtudes como la Virgen María? Ella, por tanto, merece toda nuestra veneración, nuestro respeto y nuestra aclamación como Reina y Señora y por eso la coronasteis.

5. Celebrar hoy las dos efemérides históricas implica renovar los compromisos y la alegría de aquellos momentos. Esta celebración os impulsa, queridos fieles, a una misión importante: anunciar el Evangelio y propagar la devoción a Nuestra Señora de las Virtudes. Jesús dijo al discípulo amado: «Ahí tienes a tu Madre. Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su casa» (Jn 19, 27). El Señor nos regala a su Madre. ¡Qué gran regalo! A nosotros nos corresponde acogerla filialmente, invocarla como intercesora y, sobre todo, amarla como Madre nuestra.

6. Estimados fieles,mantened vuestra devocióna la Santísima Virgen María; inculcad a vuestros hijos esta hermosa devoción; rezadle a Ella, orando también con vuestros hijos; enseñadles a dirigirse filialmente a nuestra Madre del cielo. No es suficiente que los padres envíen a sus hijos al templo o a la Misa; hay que ir a Misa con ellos; hay que rezar con ellos; y vivir la devoción a la Virgen con ellos en casa, en el templo y fuera. Si no lo hacemos así no educaremos bien a las generaciones que vienen detrás de nosotros. Es necesario educar a las nuevas generaciones en la fe y en la piedad filial hacia nuestra Madre. Nuestros antepasados nos transmitieron esta fe; ahora somos nosotros el eslabón en la cadena de transmisión de la fe. Hoy invocamos a la Virgen y nos unimos a su cántico de alabanza a Dios por las maravillas que ha hecho en favor de los hombres. Digamos con ella: «Proclama mi alma la grandeza del Señor» (Lc 1,46). (La asamblea repite esta oración). ¡Alegrémonos con ella y proclamemos la grandeza del Señor!

¡Que la Virgen, Nuestra Señora delas Virtudes, coronada como Reina y Madre, dirija nuestras acciones y nuestros buenos deseos de santidad, de amor y de paz! Amén.

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