Paz, Piedad y Perdón

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

Sobre las descafeinadas leyes de la Memoria Histórica

Va aquí, y al hilo de la reciente beatificación de los 124 mártires de la Iglesia de Jaén, una aclaración que considero necesaria en estos tiempos que corren tan amnésicos y confusos como ideologizados y ambiguos. Y la aclaración se refiere al concepto de MEMORIA HISTÓRICA, y en concreto de la MEMORIA HISTÓRICA DE LA IGLESIA DE JAÉN, en un tiempo concreto, de la Guerra Civil, esa “locura nacional”, en expresión del filósofo católico francés Jacques Maritain, que enfrentó a los españoles durante tres largos y duros años.

Convendrá conmigo el lector que la “Memoria Histórica” no tiene un propietario único y universal, ni es invento de la posmodernidad, patentado por gobiernos de todo el espectro político mundial; tampoco la memoria histórica se deja encorsetar con leyes y decretos, pues solo si se ajusta a las leyes de la verdad es memoria histórica; de lo contrario es “relato histórico”, y ya sabemos que hoy en todo cuando sucede o sucedió, los relatos son simples justificantes ideológicos. La Memoria Histórica forma parte del ADN de la condición humana, y es tan antigua como universal. Cada persona y cada pueblo tiene su propia memoria histórica que, dada su libertad individual o colectiva, puede ser interpretada de manera tan distinta como legítima. En abril de 1939 acaba la Guerra Civil; y no acababa con un armisticio de paz, sino con un decreto de victoria por parte de los vencedores. Y éstos, como tales vencedores, impusieron durante cuarenta años el relato propio del vencedor, un relato de medias verdades que conformó la Memoria Histórica del régimen. Ya en las postrimerías del franquismo, y gracias a libros de memorias de muchos exiliados y a la ingente tarea de investigación de algunos historiadores británicos, se puso en cuestión el relato del vencedor como única verdad, Además abrieron, sino que además se abrieron los cauces para que, ya en democracia, los españoles pudieran conocer otro relato, la Memoria Histórica, de los vencidos, encarcelados o exiliados. Hoy, medio siglo después de la muerte de Franco, el relato histórico de aquellos años ha sido completado por historiadores e investigadores desde la más honesta objetividad, aunque también algunos otros están volviendo al relato basado en una sola verdad, la que ideológicamente profesan. Al amparo de la Constitución de 1978 se sucedieron varias leyes que ayudaron a la reconciliación entre los españoles; tarea ésta que parecía resuelta por parte de los “hijos de la guerra”, pero que abrió heridas no cicatrizadas con la ley 52/2007, o Ley de Memoria Histórica, de 26 de diciembre, por la que se reconocen y amplían derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la guerra civil y la dictadura franquista. Y si esta abrió heridas en los “hijos de la guerra”, la Ley de la Memoria Democrática del 19 de octubre de 2022 las ha abierto aún más en los “nietos de la guerra”.

Se advierte como fondo del articulado de estas leyes de la Memoria Histórica y Democrática, si bien mucho más en ésta que en la otra, un preocupante sesgo de ideologización partidista en la que se atisba un intento de “verdad única y excluyente” no muy diferente a la de la dictadura franquista. La rectificación del relato, que no la verificación, viene siendo gran parte de la metodología en los estudios historiográficos hoy. A la llegada del nuevo milenio, con la ideologización pegada a él como una lapa, y el descubrimiento del planeta digital, el revisionismo histórico fue tomando fuerza hasta pasar de ser un método de la ciencia historiográfica a convertirse en un axioma incuestionable de la misma. Y este revisionismo es el que las leyes de la Memoria Histórica y de la Memoria Democrática, como axioma de la moderna Historiografía, han entrado, como Caballo de Troya, por las grandes y raudas avenidas cibernéticas en la plaza pública como Caballo de Troya para imponer un relato único, que lejos de servir a la verdad histórica como medio de reconciliación entre los “nietos de la guerra”. Este relato único que recorre transversalmente ambas leyes de la memoria solo sirve para remover enfrentamientos como los que vivieron los abuelos. Y es que, tirando por la trocha machadiana, seguimos viviendo en una España en la que, de diez cabezas, nueve embisten y una piensa.

La Iglesia en España, por el mismo derecho que otros tantos colectivos de la sociedad española, tiene derecho a hacer su propia memoria histórica; y la viene haciendo, no sobre los postulados del nacionalcatolicismo, sino desde los postulados democráticos, y después de haber demostrado su gran colaboración en la llegada de la democracia e incluso haber pedido perdón “por aquellos años en los que no supimos ser agentes de reconciliación” (Asamblea Conjunta Obispos-Sacerdotes, 1971). Si quienes acusan a la Iglesia de mantener el relato de los vencedores han pedido perdón por otras muchas, lamentables y sangrientas actuaciones del relato de los vencidos Para la Iglesia la su “memoria histórica” es siempre memoria agradecida, pues engarza cada historia personal con la Historia General; esa misma Historia que para la Iglesia es Historia de Salvación. Los cristianos celebramos con la Eucaristía la memoria de los santos y mártires, no como recuerdo, que no lo es, sino como gozosa realidad, fuente de esperanza y garantía de futuro.

La Iglesia, ya desde los primeros tiempos, solía celebrar la Eucaristía, Memorial del Señor Resucitado, sobre los sepulcros de los mártires, entroncando así sus muertes en la misma muerte del Señor. “Y desde entonces la Iglesia introdujo en el círculo anual el recuerdo de los mártires y de los demás santos, que llegados a la perfección por la multiforme gracia de Dios y habiendo ya alcanzado la salvación eterna, cantan la perfecta alabanza a Dios en el cielo e interceden por nosotros. Porque al celebrar el tránsito de los santos de este mundo al cielo, la Iglesia proclama el misterio pascual cumplido en ellos, que sufrieron y fueron glorificados con Cristo, propone a los fieles sus ejemplos, los cuales atraen a todos por Cristo al Padre y por los méritos de los mismos implora los beneficios divinos”. (Vaticano II. S.C. Cap. V. número 104)

Desde el año 2010 la Iglesia española celebra cada 6 de noviembre la memoria de los mártires de la persecución religiosa en España que murieron por “odio a la fe” entre los años 1931 a 1939. A ese coro de mártires se unen ahora los 124 de la diocesis de Jaén beatificados el pasado día 13 de diciembre. Solo pido que aquellos que hoy se han erigido en adalides y defensores de una sola Memoria Histórica, y de ella se creen amos y dueños, se despojen de ideologías y aprendan que la memoria es libre y que con ella celebren a sus propios mártires, pero siempre respetando la memoria de los ajenos, mártires a veces de causas distintas. Desde esta firme convicción siempre he vivido con respeto, y a veces con admiración, a muchos mártires de causas distintas, y algunas contrarias a las que llevaron a este grupo de cristianos de Jaén a morir, víctimas de ideologías alimentadas por el odio a la fe que profesaban. Con mi respeto a quienes fueron víctimas y mártires de otras causas, solo me queda pedirles que también ellos respeten la memoria que aquí hago de estos mártires de la Iglesia, pues asi también respetan la dignidad que como personas le es propia y con la muerte les fue arrebatada.

Con la esperanza de que los españoles nunca más arranquemos del diccionario las palabras “Paz, Piedad y Perdón”, acabo esta advertencia previa, quizás innecesaria, con las últimas palabras del discurso que el 18 de julio de 1938, en el segundo aniversario del inicio de la guerra, pronunció ante las Cortes, reunidas en el ayuntamiento de Barcelona, Don Manuel Azaña, entonces presidente de la Republica: “ (…) Y si alguna vez sienten que les hierve la sangre iracunda, y otra vez el genio español vuelve a enfurecerse con la intolerancia y con el odio y con el apetito de destrucción, que piensen en los muertos y que escuchen su lección: la de esos hombres, que han caído embravecidos en la batalla luchando magnánimamente por un ideal grandioso y que ahora, abrigados en la tierra materna, ya no tienen odio, ya no tienen rencor, y nos envían, con los destellos de su luz, tranquila y remota como la de una estrella, el mensaje de la patria eterna que dice a todos sus hijos: Paz, Piedad y Perdón”.

Y acabo con estas palabras de la Alocución dominical del papa Benedicto XVI en el rezo del Ángelus el domingo 28 de octubre de 2007 tras la ceremonia de beatificación de 498 mártires asesinados en España en la década de 1930 del siglo pasado “Damos gracias a Dios por el gran don de estos testigos heroicos de la fe que, movidos exclusivamente por su amor a Cristo, pagaron con su sangre su fidelidad a él y a su Iglesia. Con su testimonio iluminan nuestro camino espiritual hacia la santidad, y nos alientan a entregar nuestras vidas como ofrenda de amor a Dios y a los hermanos. Al mismo tiempo, con sus palabras y gestos de perdón hacia sus perseguidores, nos impulsan a trabajar incansablemente por la misericordia, la reconciliación y la convivencia pacífica. Os invito de corazón a fortalecer cada día más la comunión eclesial, a ser testigos fieles del Evangelio en el mundo, sintiendo la dicha de ser miembros vivos de la Iglesia, verdadera esposa de Cristo. Pidamos a los nuevos beatos, por medio de la Virgen María, Reina de los mártires, que intercedan por la Iglesia en España y en el mundo; que la fecundidad de su martirio produzca abundantes frutos de vida cristiana en los fieles y en las familias; que su sangre derramada sea semilla de santas y numerosas vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras”.

Juan Rubio Fernández
Sacerdote, escritor y periodista

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