Homilía en la Coronación Canónica y Pontificia de la Santísima Virgen del Alcázar, Patrona de Baeza

Homilía en la Coronación Canónica y Pontificia de la Santísima Virgen del Alcázar, Patrona de Baeza

Primeras Vísperas del Domingo XXVI TO – CA: Ez 18,25-28; Flp 2,1-11; Mt 21,28-32

Queridos hermanos y hermanas:

Hoy es un día grande para Baeza. Un día que quedará grabado en la historia de esta hermosa ciudad y, sobre todo, en el corazón de quienes amáis a la Santísima Virgen del Alcázar.

Durante siglos, generaciones de baezanos habéis acudido a Ella. Ante su imagen habéis rezado en momentos de alegría y también cuando la vida se hacía cuesta arriba. Ante ella han rezado vuestros padres y vuestros abuelos; habéis llevado a vuestros hijos; habéis dejado preocupaciones, enfermedades, lágrimas, proyectos y acciones de gracias. María ha acompañado la historia de esta ciudad como una Madre acompaña y protege la vida de sus hijos.

Su propia advocación nos dice algo hermoso. Alcázar nos habla de fortaleza, de seguridad, de refugio. En medio de una sociedad donde tantas personas viven con incertidumbre, miedo o desorientación, María nos recuerda que nuestra verdadera seguridad no está en tenerlo todo controlado, sino en poner nuestra vida en Dios. Ella es Madre que acoge y acompaña, pero también Madre que nos lleva a Cristo, nuestra roca y nuestra verdadera fortaleza.

Por eso, hoy Baeza quiere poner una corona sobre su cabeza. La Iglesia, por voluntad del Papa León XIV, nos concede realizar esta Coronación Canónica y Pontificia. Pero sabemos muy bien que no venimos simplemente a colocar una hermosa corona sobre una imagen. Venimos a decirle: Madre, queremos que sigas reinando en nuestros corazones, en nuestras familias y en la vida de este pueblo.

Y antes de continuar quiero felicitaros y daros las gracias. Gracias a las parroquias de Baeza y a sus sacerdotes; al Cabildo Catedralicio; gracias a la Real Archicofradía de Santa María del Alcázar y San Andrés Apóstol; a la Agrupación de Cofradías y Hermandades; a Cáritas Interparroquial; al Ayuntamiento de Baeza y a las distintas instituciones que habéis colaborado; a la Academia de Cabos y Guardias de la Guardia Civil; a los cofrades, voluntarios y a tantas personas que, muchas veces sin hacerse notar, habéis trabajado durante estos años para llegar hasta este día.

Gracias, particularmente, por haber comprendido que la preparación de una coronación no podía reducirse a organizar actos. La Misión Pascual, el recorrido de la Virgen por las parroquias, las iniciativas evangelizadoras y, de manera especial, el proyecto caritativo que se está llevando adelante con motivo de esta Coronación, han querido preparar, más que una corona de oro, una corona hecha de fe, de evangelización y de amor a los más necesitados.

Ese proyecto de caridad, el acondicionamiento integral del local destinado a la actividad de Cáritas interparroquial, no es algo secundario. Es una de las joyas más hermosas de esta Coronación, porque hace visible que amar a María nos lleva necesariamente a mirar como Ella a quien más necesita de nosotros.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ayuda a comprender lo que estamos celebrando.

Jesús nos habla de dos hijos. El padre les pide ir a trabajar a su viña. Uno responde que no, pero después se arrepiente y va. El otro dice inmediatamente que sí, pero finalmente no va.

Jesús nos pregunta hoy también a nosotros: ¿cuál de los dos hizo la voluntad del padre? La respuesta es sencilla: no basta decir, hay que hacer. Y aquí aparecen dos valores que hoy necesitamos recuperar con fuerza: la humildad y la verdad.

La humildad para reconocer que podemos equivocarnos, que necesitamos convertirnos, rectificar y comenzar de nuevo. Y la verdad para que nuestro «sí» sea realmente un sí; para que exista coherencia entre lo que decimos creer y la manera concreta en la que vivimos. Porque decir «sí» a Dios implica algo. Tiene consecuencias, renuncias, fidelidad.

También, nosotros podemos decir muchas veces: «Sí, Señor». Podemos profesar nuestra fe, participar en nuestras tradiciones, llevar una medalla de la Virgen, acompañarla en una procesión, emocionarnos ante su imagen al ponerle una corona… Todo eso es hermoso. Pero el Evangelio nos pregunta algo más profundo: ¿somos coherentes con ese sí? ¿Qué cambia en nuestra vida porque creemos en Jesucristo y amamos a María?

No podemos decir «sí» a Dios y vivir como si Dios no existiera. No podemos decir «sí» al Evangelio y permanecer indiferentes ante quien sufre. No podemos decir «sí» a la fraternidad y alimentar después divisiones, enfrentamientos o resentimientos. La verdad del «sí» se demuestra en el día a día de nuestra vida.

Por eso, podemos coronar a la Virgen y, sin embargo, continuar mañana viviendo exactamente igual. Y María no quiere eso de sus hijos.

Ella quiere llevarnos a Jesús. Quiere que escuchemos su Palabra, que nos convirtamos, que aprendamos a perdonar, que cuidemos al débil, que acompañemos al que está solo, que socorramos al necesitado. Quiere cristianos que no se limiten a decir «sí, Señor», sino que se levanten y vayan a trabajar a la viña.

Ezequiel nos recuerda hoy precisamente que siempre podemos cambiar. Ninguno de nosotros está definitivamente perdido. Siempre es posible volver a Dios, rectificar el camino, comenzar de nuevo, y para ello se necesita andar en verdad y ser humildes.

Y aquí comprendemos mejor quién es la Mujer a la que hoy coronamos.

San Bernardo decía que Dios quiso que la Madre de su Hijo fuera humilde porque aquel Hijo sería «manso y humilde de corazón»¹. María fue preparada por Dios con la belleza de la gracia, pero una de las joyas más hermosas de su alma fue precisamente su humildad.

Hoy coronamos a una Reina que se llamó a sí misma «la esclava del Señor». Y esto tiene una fuerza extraordinaria.

San Pablo nos acaba de decir: «Tened entre vosotros los sentimientos propios de Cristo Jesús». Y ¿cuáles son esos sentimientos? Cristo no se aferró a su condición divina, sino que se despojó de sí mismo, tomó la condición de esclavo y se humilló hasta la muerte de cruz.

Ese es el camino de Jesús. Y ese fue también el camino de María. Por eso su corona no habla de poder, de privilegio ni de grandeza humana. Habla de servicio, de entrega, de humildad, de disponibilidad ante Dios.

María es grande porque dejó que Dios fuera grande en su vida. Fue humilde y fue verdadera. Su «hágase» no quedó en una palabra hermosa: comprometió toda su existencia.

Ahí tenemos el modelo de nuestro propio «sí» cristiano. Y quizá esta sea una de las lecciones que más necesitamos hoy. Vivimos demasiado pendientes de sobresalir, de tener razón, de defender lo nuestro, de imponernos al otro. Crecen la crispación, el enfrentamiento y las palabras que hieren. Nos cuesta escucharnos y, a veces, las diferencias terminan convirtiendo al otro en adversario.

El Papa León XIV, el pasado mes de junio, a los pies de la Virgen de Montserrat, pedía precisamente a María que nos enseñara a superar las palabras hirientes, los juicios inmediatos, las murmuraciones y las divisiones; y recordaba que la comunión debe ser más fuerte que toda división².

Necesitamos aprenderlo en nuestras familias, en nuestras parroquias y cofradías, en las redes sociales, en la vida pública y política, también dentro de nuestra Iglesia. Frente al enfrentamiento, María nos enseña humildad. Frente a la falsedad o la incoherencia, nos enseña la verdad de una vida entregada. Frente al «yo primero», María dice: «Hágase en mí». Frente a la división, María reúne a los discípulos alrededor de Jesús.

Por eso quisiera preguntaros esta tarde: ¿qué corona espera realmente la Virgen del Alcázar de sus hijos de Baeza?

La corona que dentro de unos momentos colocaremos sobre su imagen será bellísima. Ha nacido del amor de su pueblo. Pero hay otra corona todavía más preciosa que solamente podemos ofrecerle nosotros con nuestra vida.

La verdadera corona de María sois vosotros. Cada matrimonio que permanece unido y aprende a perdonarse es una joya de esa corona. También lo es cada familia que enseña a sus hijos a rezar y a conocer a Jesús; cada joven que descubre que su vida tiene sentido cuando la entrega a Dios y a los demás; cada persona que acompaña a un enfermo o visita a quien vive solo es una joya; cada cofrade que entiende que pertenecer a una hermandad significa vivir como discípulo de Cristo es una joya; cada cristiano que trabaja honradamente, que construye paz, que rechaza la mentira, que defiende la dignidad de toda persona y que no pasa indiferente ante el pobre es una joya de la corona de nuestra Madre.

Mirad la realidad que tenemos cerca: personas mayores que viven solas. Familias que llegan con dificultad a final de mes; jóvenes que buscan su lugar y, en ocasiones, no encuentran un horizonte que dé sentido a su vida; personas heridas por la enfermedad, el desempleo o los problemas familiares; inmigrantes que buscan acogida; tantas personas que exteriormente parecen estar bien, pero llevan por dentro sufrimientos que nadie conoce.

Ahí está la viña a la que nos manda hoy el Señor.

Una devoción mariana que no nos hiciera más cercanos a los pobres, más atentos al que sufre, más capaces de perdonar y más comprometidos con el bien común estaría incompleta.

Queridos baezanos: Dentro de unos momentos veremos coronada a vuestra Patrona. Será una imagen que permanecerá para siempre en vuestra memoria. Pero quisiera pediros que, cuando contempléis desde hoy esa corona sobre la cabeza de Santa María del Alcázar, recordéis una pregunta: ¿Estoy siendo yo una buena joya de la corona de mi Madre?

Que esta coronación no sea solamente el final de un largo camino de preparación. Que sea un comienzo. Que desde mañana haya en Baeza un poco más de fe, de fraternidad, de perdón; un poco más de preocupación por los pobres y un poco más de Evangelio sembrado en nuestra ciudad.

Que nuestras parroquias sean verdaderas comunidades de discípulos misioneros. Que nuestras hermandades y cofradías sean escuelas de vida cristiana. Que nuestras familias vuelvan a encontrar momentos para rezar juntas. Que nuestros jóvenes descubran la belleza de seguir a Jesucristo. Y que nadie en esta ciudad se sienta solo cuando atraviesa el sufrimiento.

Eso sí sería coronar de verdad a la Virgen.

Gracias nuevamente a todos los que habéis hecho posible esta celebración y a quienes durante estos años habéis trabajado, rezado y servido con tanta generosidad. ¡FELICIDADES! Y que la Virgen del Alcázar os premie todo lo que habéis realizado por amor a Ella y a este pueblo.

Virgen del Alcázar, Madre y Patrona de Baeza:

sé nuestra fortaleza y refugio.

Enséñanos la humildad de tu corazón

y la verdad de tu «sí» a Dios.

Haznos coherentes con nuestra fe,

cercanos a quienes sufren

y fieles discípulos de tu Hijo.

Llévanos siempre hasta Jesús.

 

Sebastián Chico Martínez

Obispo de Jaén

Jaén, 26 de septiembre de 2026

¹ Cf. Homilía 2, 1-2. 4: Opera omnia, edición cisterciense, 4 [1966], 21-23.

² Cf. Discurso en Montserrat, 10 de junio de 2026.

 

Contenido relacionado

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.