Homilía en el XXVI Encuentro diocesano de Cofradías y Hermandades

El Obispo de Jaén en el Seminario Diocesano, el 23 de noviembre, solemnidad de Cristo Rey.

Saludos…

1. –Sr. Delegado Episcopal de Cofradías y Hermandades, D. Juan Francisco Ortiz.

– Hermanos Sacerdotes Consiliarios.

– Sres. Presidentes de Agrupaciones Arciprestales y Uniones Locales.

– Hermanos y Hermanas cofrades y representantes de las Cofradías y Hermandades diocesanas y grupos parroquiales.

Mi saludo y bienvenida, un año más, a este XXVI Encuentro Diocesano, en esta Solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo. Es el Señor quien nos convoca a este encuentro y es de agradecer la presencia de tan numeroso grupo de cristianos asociados en Cofradías, Hermandades y grupos parroquiales de toda la geografía diocesana. Que sea también el Señor quien nos bendiga y enriquezca en este día para poder ser portadores de sus mensajes a tantos hermanos cofrades que, desde situaciones personales diferentes, quieren vivir su vocación de cristianos, en torno a su devoción a Cristo, en sus misterios, a la Santísima Virgen o los santos de su devoción como expresión de su piedad.

2. A lo largo de todo el año litúrgico, paso a paso, vamos viendo y conociendo, celebrando y haciendo presentes los hechos y palabras más destacadas de la vida de Jesús, «camino, verdad y vida» (Jn. 14,6).

Este itinerario litúrgico alcanza hoy su cima con la proclamación de Jesucristo como rey del universo. Es un título, como bien sabemos, que él mismo, tan poco amigo de títulos y honores, aceptó ante el gobernador romano en la víspera de su muerte (Cf. Jn. 18, 37).

Previamente quiso dejar muy claro, sin embargo, que su reinado no era de este mundo. Había venido a anunciar y dar testimonio de la verdad de Dios, único soberano de la vida humana.

Su reinado consiste en dominar a todos los enemigos de Dios y de los hombres y aniquilar así el imperio de la muerte del maligno, para que «Dios sea todo, en todas las cosas» (1 Cor. 15, 28).

3. Jesucristo aparece, en el Evangelio de San Mateo (Mt. 25, 31-46) que hemos proclamado, como rey universal de todos los pueblos del mundo. Pero, ¿cuál será la norma para juzgar en justicia y en verdad a gentes tan diversas? ¿Cómo juzgar con equidad a tantos millones de seres humanos que vivieron en situaciones históricas y religiosas tan diferentes?

La norma que se aplicará será la de la misericordia y el amor a favor de los más pobres y necesitados. Y una misericordia probada con obras concretas: «No amemos sólo de palabra o con la boca, sino con hechos y de verdad» (1 Jn 3, 18).

La novedad más original y sorprendente del juicio final está en estas palabras: «Lo que hicisteis con mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis» (Mt. 25, 45). Esas buenas obras a favor de los pobres y pequeños tienen, por tanto, un valor trascendente de salvación y de eternidad. Y eso es así aun cuando los que lo hagan, no tengan conciencia de ellos. En definitiva, la construcción y culminación del Reino de Jesucristo exige el ejercicio de la misericordia, la solidaridad y el amor con los más necesitados.

Resulta hasta estremecedora la imagen del carpintero de Nazaret sentado como pantocrátor en el trono de gloria, constituido rey y juez universal, como hemos escuchado en el Evangelio de esta Fiesta dictando la sentencia última e inapreciable sobre nuestro futuro eterno. Nos dice con claridad: «Os aseguro que todo lo que hayáis hecho a favor del más pequeño de mis hermanos, a mí me lo habéis hecho». A otros, en cambio, les dirá: «¡Apartaos de mí, maldito, id al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles! Porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber, fui forastero y no me hospedasteis, estuve desnudo y no me vestisteis, enfermo y en la cárcel y no me visitasteis» (Mt. 25, 40-44).

4. Queridos hermanos todos.

Podemos ver, a la luz de estas palabras, que Jesucristo ha querido tomar el rostro de los hambrientos y sedientos, de los extranjeros, enfermos y prisioneros, en definitiva, en todos los que sufren o están marginados. Lo que le hagamos a ellos será considerado como si lo hiciéramos a Jesús mismo.

No veamos en este mensaje una mera fórmula literaria, una simple imagen. Toda la vida de Jesús es una muestra palpable de ello. Él, el Hijo de Dios, se ha hecho hombre, ha compartido nuestra existencia hasta los detalles más concretos, como bien sabemos, haciéndose servidor de los más pequeños y abandonados: leprosos, ciegos, personas de mala vida, enfermos… Él, que no tenía donde reclinar su cabeza, fue condenado a morir en una cruz. Éste es el Rey que celebramos.

5. Sin duda que esto puede parecer desconcertante, y lo es para no pocos, aun llamándose cristianos. No debe serlo para un hermano cofrade que conoce bien el trono de Cristo, es una cruz y que servir es reinar.

Los que hemos recibido el don maravilloso de la fe, nuestro mayor tesoro, el don de encontrarnos muchas veces con el Señor Resucitado, como en esta mañana, de escuchar sus palabras y alimentarnos con la Eucaristía, su presencia, sentimos también en nuestro interior, si esto es cierto, de anunciarlo a los demás. La iglesia existe para comunicar estas Buenas noticias y vivir esta gran verdad y novedad desde nuestra libertad.

Os invito con esta ocasión y en esta Fiesta a fortalecer nuestra fe en Jesucristo y a ponernos en sus manos para ser testigos de su luz y su verdad. Feliz jornada y saludos a sus Consiliarios y sacerdotes, a sus hermanos cofrades y a sus familias. Que así sea.

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