
El año 1919 nacía Elizabeth Anscombe, una de las filósofas más relevantes del siglo XX. Fue la principal discípula de Wittgenstein quien la eligió albacea de su obra. Ejerció su docencia en la Universidad de Cambridge en la que ocupo la cátedra que ocupara Wittgenstein desde el año 1970 hasta su jubilación en 1986.
De niña no había recibido ninguna formación religiosa, pero a partir de los 12 años comenzó un camino espiritual que finalmente le llevaría al catolicismo. Cuando dijo a sus padres que quería hacerse católica, éstos la enviaron a un clérigo anglicano para ver si la convencía de que en el anglicanismo estaba «todo lo bueno» del cristianismo. Un hecho muy significativo aconteció cuando el pastor anglicano le habló de la eucaristía afirmando que los anglicanos creían que en la eucaristía recibían a Cristo en el pan “como un modo de hablar”. Ella cuenta como tras escucharlo atentamente le pregunto: «Pero después de la consagración, ¿sigue siendo pan?». El clérigo respondió que pensaba que todavía era pan, a lo que replicó que la eucaristía había sido transubstanciada para que nosotros pudiéramos ser transformados, y que ella quería ser transformada en Cristo, no en pan. De hecho, el pastor anglicano terminó recomendando a sus padres que la dejaran bautizarse como católica, ya que ella mantenía las creencias católicas con más firmeza que nadie que hubiera conocido en su vida.
Anscombe fue, sobre todo, una pensadora de la verdad, adoptando una distancia crítica de las modas dominantes en el pensamiento. Para ella la filosofía debía encarnarse en la vida. Desde la óptica de la filosofía analítica (filosofía del lenguaje) tocó campos como el de la ética, la filosofía de la mente, la metafísica o la teoría del conocimiento destacando por ser la fundadora de la teoría contemporánea de la acción y por ser decisiva en el renovado interés en la ética de las virtudes. Lo importante no son los resultados de la acción sino la intención con la que se realiza.
En la mejor tradición de los filósofos cristianos, aspiró a comprender más a fondo su fe procurando que la razón y la fe pudieran servir para afrontar los graves problemas que afligían a la humanidad. La historia más conocida que refleja esa actitud sucedió en 1956 cuando la Universidad de Oxford propuso conferir el doctorado “honoris causa” al presidente norteamericano Harry S. Truman. Anscombe se opuso enérgicamente por la responsabilidad de Truman en el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki. Consideraba que semejante masacre de población civil era un acto perverso y su responsable no debería recibir honores, sino más bien lo contrario. En la reunión oficial del 2 de mayo de 1956 expresó su “non placet” y preguntó qué criminal sería el siguiente en recibir aquella distinción. En respuesta a los reproches que recibió escribió un artículo: “Mr. Truman’s Degree”. El núcleo de su posición puede sintetizarse así: elegir matar a un inocente como medio de alcanzar tus fines es siempre asesinato. Los medios inmorales no pueden ser justificados por supuestos fines morales. De hecho, ella criticó abiertamente a los filósofos cristianos y los sacerdotes que intentaban utilizar el dogma católico para justificar ciertos tipos de violencia, que, según ella, eran totalmente contrarios a la ética cristiana. Esto nos enseña que no deberíamos utilizar el cristianismo de modo instrumental para intentar justificar nuestra visión de las cosas o nuestra propia ideol
Cualquier tipo de utilitarismo, o consecuencialismo (establecer lo moral por las consecuencias del acto), derivarían finalmente en la claudicación de toda ética. Como ella misma dijo una sociedad dispuesta a bombardear civiles no tendría dificultad ninguna para institucionalizar el aborto y la eutanasia. Desgraciadamente sus palabras han sido proféticas.
Es destacable la capacidad que tuvo para enfocar y tratar los problemas filosóficos más dispares, y para mantenerse fiel a su pensamiento en temas que resultaban muy impopulares, hoy diríamos políticamente incorrectos. Esta unidad, originalidad y fortaleza de su pensamiento se debía en gran parte a su fe cristiana. Ella es un luminoso ejemplo para todos los cristianos de hoy que se sienten llamados al trabajo filosófico, y que aspiran a forjar una articulación de las convicciones cristianas y de la creatividad filosófica dando respuesta, desde la esperanza, a las cuestiones que la vida suscita.
Anscombe murió, rodeada de sus hijos y de su esposo, el 5 de enero de 2001, a los 81 años, mientras rezaba los misterios dolorosos del rosario. Fue enterrada en una antigua tumba, próxima al lugar donde Wittgenstein había sido enterrado medio siglo antes. Como señala John M. Dolan en las palabras finales de su obituario en First Things: “El mundo ha perdido a una notable filósofa, tan notable por la grandeza moral de su vida y su pensamiento como por la originalidad y el poder de su intelecto: una filósofa que vivió la verdad”.
Juan Jesús Cañete Olmedo
Sacerdote diocesano y Profesor de Filosofía
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