Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimento: «Contra la pérdida y el desperdicio de alimentos. Actuar sin dilación»

Diócesis de Jaén
Diócesis de Jaénhttp://diocesisdejaen.es/
La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

El Día Internacional de Concienciación sobre la Pérdida y el Desperdicio de Alimentos en la presente edición llega con un lema que no debe sonar a tecnocracia ni a fría consigna de despacho: «El potencial transformador de la innovación y las tecnologías para reducir la pérdida y el desperdicio de alimentos». Una resolución adoptada en 2019 durante el 74º período de sesiones de la Asamblea General de la ONU emplaza esta jornada en el calendario cada 29 de septiembre. Una fecha que debiera ser muesca en la conciencia, ceniza sobre la frente de un mundo que satisface sus fantasías mientras deja caer, desde la mesa opulenta, las migajas de la indignidad. Ante este panorama no podemos mirar hacia otra parte ni hacer oídos sordos. Es urgente nombrar esa herida que sangra a diario en nuestras cocinas, en las trastiendas de los grandes hipermercados, en las cunetas olvidadas de la agroindustria, en nuestros banquetes opíparos. La pérdida y el desperdicio de los alimentos oculta demasía e incuria, sobras y malgasto, irresponsabilidad y sinrazón.

El grano que nos interpela
Donde no hay justicia no hay paz, y donde no hay alimento compartido no hay humanidad verdadera. Un trozo de pan arrojado al cubo de la basura no es simplemente un residuo orgánico; es un sacrilegio contra la tierra y contra el hermano. Es un alarido mudo que sube hasta el cielo reivindicando reparación.

Tal vez hemos perdido la costumbre de contemplar las cosas pequeñas, las cosas humildes. Un tomate que se arruga en la cesta. Una manzana con una peca oscura que el consumidor melindroso rechaza en el anaquel. Frente a ello, el sol poniente cae sobre el surco. El campesino, con la espalda doblada de fatigas, padece porque el fruto de su labor se pudre en el camión. Las leyes implacables del mercado —ficticias muchas de ellas, creadas por la avaricia de unos pocos— han decidido que hoy es la apariencia lo que realmente cuenta. El resto no vale nada. Ahí está la tragedia. En la prisa del mercado. En el olvido del origen. En cambio, los esfuerzos cotidianos de quienes cultivan la tierra con sudor, las voces cansadas y entrañables que huelen a rastrojo, a confianza silente y a dignidad rural, nos han de llevar a recordar el sentido sagrado del aprovechamiento. En tiempos de nuestros abuelos no se tiraba nada. Nada. Las sobras del cocido eran las croquetas de mañana; el pan duro de tres días se transformaba en migas amables o en sopas de ajo para espantar el frío. Aquella no era la cultura de la miseria, no; era la sabiduría del respeto a la creación. Era saber que el trigo ha costado lluvia, ha costado lomos rotos, ha costado la bendición misteriosa de la tierra. Hoy hemos sustituido la sabiduría del anciano por el celofán brillante y plástico. Compramos con los ojos ciegos de la ocurrencia y despilfarramos con la mano helada del descarte.

El grito de la tierra y el grito de los pobres
¿Cómo callar ante el contraste atroz? En un extremo del planeta, o al final de nuestra propia calle, descubrimos atónitos estómagos vacíos que sueñan con un puñado de arroz. En el otro extremo, contenedores rebosantes de comida perfectamente consumible, desechada por nimias imperfecciones estéticas, por fechas de caducidad mal entendidas, por sobreproducción irracional. Esto no es un simple problema logístico o ecológico. Es un problema ético. Es un pecado estructural. Tirar comida es un insulto hacia los pobres, un agravio a su sed no saciada, a sus ojos tristes, a su carencia de sustento. Arrojar alimentos al basurero es contaminar las aguas que regaron esa cosecha inútil. Es erosionar el suelo para nada. Es quemar el gasoil de los transportes para alimentar los vertederos.

La innovación debe ser, ante todo, una conversión de la mirada. ¿A qué innovación nos referimos? No a la que perpetúa el privilegio, sino a la que democratiza la abundancia. Nos referimos a la innovación en la cadena de frío y conservación: se trata de procurar sensores accesibles y sistemas de almacenamiento solar para los pequeños agricultores del Sur global, aquellos que pierden hasta el cuarenta por ciento de sus cosechas antes de llegar al mercado porque no tienen medios para conservar el fruto de su trabajo. Estamos pensando en la innovación que suministra plataformas digitales de redistribución: aplicaciones y redes que conectan en tiempo real el excedente de un restaurante, de un colegio o de un supermercado con los comedores sociales, con las familias en riesgo, con los bancos de alimentos del barrio. Se trata de la biotecnología y del envasado inteligente: materiales biodegradables que extienden la vida útil de los alimentos sin perjudicar la casa común, indicadores de frescura reales que evitan el descarte prematuro. Aludimos también a la gestión de datos para la justicia: algoritmos puestos al servicio de la logística humanitaria y de la previsión de demanda, para no producir a ciegas ni hipertrofiar los mercados. Todo esto nos está diciendo que la tecnología, cuando se impregna de ética, se vuelve milagro multiplicado: los cinco panes y los dos peces organizados por la inteligencia colectiva para que coman todos y aún sobren cestos.

Esta jornada internacional del 29 de septiembre no puede quedar reducida a un manifiesto bienintencionado, a una foto institucional de políticos engalanados. Debe encarnarse, descender a las manos, al plato, a las decisiones de cada día. Seamos más concretos. A nivel individual y familiar, aprendamos a volver a mirar lo que tenemos antes de gastarnos el dinero en lo que se nos antoja. Compremos con paciencia azoriniana, contemplando el origen de cada cosa. Busquemos reconciliarnos con la imperfección, es decir, no desechemos la fruta fea, la hortaliza curva, la pieza que la tiranía del estándar estético condena al ostracismo. Sabe igual, nutre igual, salva vidas. Seamos diestros en el arte del aprovechamiento, recompongamos la cocina del sentido común: guardar, congelar, transformar. Convirtamos el pan en memoria y el sobrante en generosidad. Eduquemos el paladar y el alma: enseñemos a los niños que la comida se respeta, que no se juega con ella, que detrás de cada bocado hay hombres y mujeres que trabajaron arduamente la tierra. Y en el plano comunitario y político, exijamos a los que legislan marcos normativos estrictos que prohíban a las grandes superficies la destrucción de alimentos aptos para el consumo y las obliguen a canalizarlos hacia entidades sociales. Facilitemos el compostaje y la economía circular: lo que ya no pueda ser consumido por el ser humano debe volver a la tierra como abono, cerrando el ciclo sagrado de la vida, sin jamás ir a parar a vertederos emisores de metano. Promovamos compras públicas sostenibles: que las escuelas, los hospitales y las instituciones sociales se abastezcan de productores locales, fomentando cadenas cortas de distribución donde el derroche se reduzca de forma natural. Implantemos redes de vecindad e innovación social: en muchos lugares están proliferando las despensas comunitarias y los refrigeradores compartidos en los barrios, donde la solidaridad derrota al aislamiento egoísta.

Que la jornada no pase en vano
Si estás leyendo estas líneas en la comodidad de tu estudio o en el ajetreo de tu trabajo, ojalá no te sea indiferente este Día Mundial contra la pérdida y el desperdicio alimentario. Es una iniciativa que viene en ayuda de muchos seres humanos a los que la vida no les sonríe. Es una efeméride que, por desgracia, pone de relieve una infausta división. De una parte, están los que se atiborran en un banquete absurdo, en una mesa saturada. La otra mitad agoniza de inanición en la penumbra. Detrás del millón trescientos mil millones de toneladas de alimentos que se despilfarran cada año en el mundo existen rostros aciagos, vidas truncadas. Hay niños con las cuencas de los ojos hundidas por la desnutrición. Hay madres que se acuestan con el vientre pegado a la espalda. Hay campesinos que emigran porque el precio de su cosecha no pagó ni la semilla. Nos reclaman cuentas, y tienen razón en su rabia clara. «No más», nos dicen. Su voz es incisiva, como una daga que atraviesa las excusas de la burocracia. No piden consuelos abstractos ni promesas de salón. Exigen la eliminación rotunda de esta lacra, de esta máquina perversa que esquilma al planeta y humilla a la persona humana. Nos señalan con el dedo pulcro de quien no ha vendido todavía su conciencia. Hay en su protesta una nostalgia de la belleza no contaminada, una voluntad de vivir en un ámbito donde el deseo y la realidad no estén separados por la grieta del desprecio. No quieren ser los herederos de una cultura que mide el progreso por la cantidad de basura que acumula. Imploran sensibilización, un estremecimiento de la inteligencia que impida repetir las prácticas destructivas que nos han traído hasta este sombrío espectáculo. Porque la verdadera desesperanza no es no tener nada, sino tenerlo todo y arrojarlo al cubo de la inmundicia con la fría naturalidad del idiota.

Erradiquemos de una vez, con la ley, con el corazón y con la conducta cotidiana, el flagelo del desperdicio de alimentos. Antes de que sea la propia tierra, cansada de tanta afrenta, la que nos niegue para siempre su pan. Si continuamos con un consumo caprichoso, con un derroche ilimitado de comida, con pérdidas agrícolas que se eternizan por falta de medios, nos estamos jugando el futuro, y también el alma. O compartimos la mesa con sobriedad y justicia, o el festín de nuestra codicia desmedida terminará por devorarnos a todos. Que la tecnología sea luz y no encubrimiento. Que la innovación sea pan para el indigente y no mero negocio para unos pocos. Levantemos las manos, pero no para aplaudir discursos triviales, sino para amasar un porvenir donde nada se pierda, todo se comparta y la tierra cante por fin la canción de la fraternidad.

Miremos el pan. Que no vuelva a caer al suelo.

Mons. Fernando Chica Arellano

Contenido relacionado

Los seminaristas comienzan el curso con unos Ejercicios Espirituales

En la semana del 6 al 12 de septiembre, los seminaristas...

Enlaces de interés

ODISUR
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.