Cultivar la tierra, custodiar la vida:  la mujer rural en la lucha contra el hambre

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

A partir de 1977, cada 8 de marzo, por acuerdo de la ONU, se celebra el Día Internacional de la Mujer. Detrás de esa iniciativa están las luchas de mujeres trabajadoras a principios del siglo XX por mejores condiciones laborales y el derecho al voto. El Papa Francisco, en diversas ocasiones, destacó que las mujeres son un pilar fundamental en la agricultura familiar y el mundo rural. En concreto, en los países en desarrollo ellas no son solo beneficiarias, sino las verdaderas protagonistas del progreso social y económico como brújulas seguras para sus familias y un apoyo firme para las economías domésticas y comunitarias. Por su parte, al visitar la FAO el pasado 16 de octubre, el Papa León XIV no dudó en señalar que “las mujeres son las primeras en velar por el pan que falta, en sembrar esperanza en los surcos de la tierra, en amasar el futuro con las manos encallecidas por el esfuerzo. En cada rincón del mundo, la mujer es silenciosa arquitecta de la supervivencia, custodia metódica de la creación. Reconocer y valorar su papel no es solo cuestión de justicia, es garantía de una alimentación más humana y más duradera”.

Cultivar la tierra y custodiar la vida: en esa doble tarea, tan antigua como el relato del Génesis, se cifra hoy una de las claves más decisivas en la lucha contra el hambre. Allí donde la inseguridad alimentaria golpea con mayor dureza, allí donde el cambio climático erosiona suelos y cosechas, allí donde la pobreza amenaza la mesa cotidiana, millones de mujeres rurales sostienen con su trabajo silencioso el equilibrio frágil entre escasez y esperanza.

Cultivar la tierra no es solo una actividad económica. Es un acto de confianza en el futuro. Cada siembra entraña una promesa: que la semilla germinará, que la lluvia llegará a tiempo, que el esfuerzo dará fruto. En amplias regiones de África, Asia o América Latina, son las mujeres quienes preparan el terreno, seleccionan las semillas, diversifican cultivos y aseguran la transformación básica de los alimentos. Su conocimiento práctico —transmitido de generación en generación— constituye un patrimonio agronómico de enorme valor, especialmente en contextos de vulnerabilidad climática.

Pero custodiar la vida va más allá del campo cultivado. Significa velar por la nutrición de los hijos, administrar recursos escasos, priorizar la alimentación familiar incluso en situaciones de carestía. Numerosos estudios internacionales confirman que cuando las mujeres disponen de mayor acceso a ingresos y recursos productivos, mejora la calidad de la dieta familiar y disminuye la malnutrición infantil. No se trata de un dato accesorio: es una evidencia estructural. Donde la mujer rural es fortalecida, el hambre retrocede.

Cultivar la tierra, custodiar la vida: el binomio expresa también una responsabilidad ecológica. En muchas comunidades campesinas, las mujeres desempeñan un papel decisivo en la conservación de semillas autóctonas, en la rotación de cultivos y en el uso sostenible del agua. Recuerdo cómo, en un pequeño proyecto cooperativo del Sahel, un grupo de agricultoras introdujo técnicas sencillas de captación de agua de lluvia y recuperación de suelos degradados. En pocos años no solo aumentó la productividad agrícola, sino que la comunidad logró estabilizar su abastecimiento alimentario. El cuidado del ecosistema y la seguridad alimentaria se revelaron inseparables.

Desde la perspectiva de la Doctrina Social de la Iglesia, esta realidad interpela directamente al principio del desarrollo humano integral. No basta con incrementar la producción global de alimentos si no se garantiza el acceso equitativo a los recursos productivos. En demasiados lugares las mujeres rurales carecen de títulos de propiedad sobre la tierra que trabajan, tienen dificultades para acceder a créditos, formación técnica o mercados justos. Esta desigualdad no es únicamente una injusticia; es también una ineficiencia. Limitar el protagonismo femenino debilita la capacidad colectiva para erradicar el hambre.

El Santo Padre, en un Mensaje dirigido a la 30ª Sesión de la Conferencia de los Estados Partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP30), que tuvo lugar en Belém (Brasil), en noviembre de 2025, subrayó la necesidad de articular justicia social y sostenibilidad ambiental en los sistemas alimentarios. No habrá paz duradera si persisten estructuras que generan exclusión y degradación de la casa común. Aplicada al ámbito rural, esta afirmación adquiere una concreción inmediata: promover el acceso de las mujeres a la tierra, a la formación y a la participación en la toma de decisiones no es una concesión, sino una condición para la estabilidad social y alimentaria.

Cultivar la tierra implica, asimismo, innovación. Muchas mujeres campesinas están adoptando prácticas agroecológicas, técnicas de agricultura regenerativa o formas cooperativas de comercialización que reducen intermediarios y fortalecen economías locales. Custodiar la vida significa entonces construir redes: asociaciones, cooperativas, espacios de formación donde el saber tradicional dialogue con conocimientos técnicos actuales. Allí se teje una resiliencia comunitaria que protege frente a crisis climáticas o económicas.

Ahora bien, junto a las políticas públicas necesarias, se requiere un cambio cultural profundo. El trabajo agrícola femenino no ha sido siempre suficientemente apreciado; por el contrario, con frecuencia ha sido invisibilizado o considerado secundario. Reconocer su centralidad supone revisar patrones sociales, promover la corresponsabilidad y valorar la cultura del cuidado como auténtica contribución al bien común. No es posible hablar de sistemas alimentarios justos sin integrar plenamente la dignidad y el liderazgo de la mujer rural.

Cultivar la tierra, custodiar la vida: la expresión resume una vocación que sostiene cotidianamente a millones de personas. En parcelas pequeñas, en mercados locales, en hogares humildes, la mujer rural articula producción y cuidado, economía y solidaridad, técnica y sabiduría ancestral. Allí donde ella dispone de medios adecuados y reconocimiento efectivo, florece no solo la cosecha, sino la comunidad entera.

Si la erradicación del hambre constituye una exigencia moral inaplazable, fortalecer el protagonismo de la mujer rural se revela como uno de sus caminos más fecundos. En sus manos, la tierra se convierte en promesa y el alimento en derecho compartido. Apoyar, acompañar y promover esa misión no es una opción secundaria: es apostar por un mundo en el que cultivar la tierra sea siempre custodiar la vida. Que este 8 de marzo nos recuerde este reto.

Fernando Chica Arellano
Observador Permanente de la Santa Sede ante la FAO, el FIDA y el PMA

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