Carta Pastoral en la Jornada Mundial de la Vida Consagrada 2026

Diócesis de Jaén
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La diócesis de Jaén es una iglesia particular española sufragánea de la archidiócesis de Granada. Sus sedes son la Catedral de la Asunción de Jaén y Catedral de la Natividad de Nuestra Señora de Baeza.

«VIDA CONSAGRADA, ¿PARA QUIÉN ERES?»

Queridos hermanos y hermanas de la vida consagrada, queridos fieles diocesanos:

El 2 de febrero la Iglesia celebra la fiesta de la Presentación del Señor. María y José, con la humildad de los pobres y la obediencia de los justos, llevan al Niño al templo para cumplir la ley de Moisés. Reconocen que su Hijo es un misterio recibido y un don ofrecido para la salvación de todos.

La vida consagrada participa de esta lógica evangélica: lo recibido se entrega, y lo entregado se multiplica. Nace del asombro ante un Dios que llama y del consentimiento humilde de quien se deja amar y enviar. Por eso, un consagrado no huye del mundo, es ofrenda para la salvación de todos. Cristo, luz para alumbrar a las naciones, sigue siendo presentado hoy en el templo vivo de la historia a través de vuestras vidas. La vida consagrada es una “llama viva”, llamada a arder hoy, en esta hora concreta de la historia. A veces esa luz es clara y directa; otras, tiembla como una lámpara en medio del viento. Pero no deja de ser luz.

Por ello, la Iglesia ha querido que en esta fiesta ilumine la vocación y la misión de quienes, consagrados al Señor, sirven al Pueblo de Dios desde la riqueza de sus diversos carismas. El lema que nos convoca este año 2026 es una pregunta tan directa como incómoda: «Vida consagrada, ¿para quién eres?» Pues, nos saca de la autorreferencialidad y nos devuelve al corazón de la vocación: no somos para nosotros, sino para Dios y para los demás. Con raíces hondas y alas abiertas, la vida consagrada se deja iluminar por tres rostros  inseparables: es para aquellos a quienes el Señor llama también a través de vuestro testimonio, despertando vocaciones y convocando a vivir el Evangelio con un amor libre y entregado; es para Dios, a quien buscáis cada día con pasión humilde, en ese quaerere Deum que sostiene la obediencia, el discernimiento y el caminar sinodal de la Iglesia; y es para los pobres, a quienes servís con una pobreza que se hace cercanía, consuelo y puerta de esperanza en las periferias geográficas y existenciales. Así, el lema no es solo un eslogan: es la voz del Señor que vuelve a pronunciarse sobre la vida consagrada para mantenerla en salida, en comunión y en misión (Cfr. Mensaje de los Sres. Obispos de la Comisión Episcopal para la XXX Jornada de la Vida Consagrada, 2 de febrero de 2026). La respuesta es exigente, pero en ella está la clave de nuestra alegría.

En el momento presente, la vida consagrada necesita un ejercicio de sincera revisión, para dar respuesta a los signos de los tiempos. Supone mirarnos sin máscaras ante las tensiones personales y comunitarias, cansancios acumulados, desánimos que erosionan la esperanza, la fragilidad vocacional, el peso de la secularización, el envejecimiento de nuestras comunidades y no pocas dificultades en la vivencia y transmisión de los carismas recibidos ante un mundo cada vez más secularizado.  

Para ello, se requiere la conversación en el Espíritu, esa escucha humilde y dócil que nace del soplo sinodal y que nos libra tanto del lamento estéril como del voluntarismo ingenuo. Hablar desde Dios, escucharnos en Dios y dejarnos corregir por Dios. Desde esta luz, quisiera proponeros cinco acentos que pueden ayudarnos a discernir con hondura el hoy y el mañana de la vida religiosa.

En primer lugar, volver a las fuentes y vivir la fidelidad al carisma. Toda forma de vida consagrada nace de una experiencia espiritual concreta, de un encuentro fundante con el Señor que marcó la vida de un fundador y dio origen a un carisma para la Iglesia. Volver a las fuentes no significa idealizar los comienzos ni repetir sin más esquemas del pasado. Significa beber de nuevo del manantial, dejarse interpelar por la intuición original y preguntarse con honestidad si hoy seguimos viviendo de ese mismo Espíritu. La fidelidad al carisma no es rigidez, es coherencia y autenticidad. Cuando se pierde el contacto con las fuentes, la vida consagrada corre el riesgo de debilitarse, pues ha perdido la obra que Dios pensó. Conviene recordarlo con palabras sinceras y directas del Papa León XIV: «Prestar atención a los signos de los tiempos. Sin esta mirada abierta y atenta a las necesidades reales de los hermanos, ninguna de sus Congregaciones habría nacido jamás. Sus fundadores y fundadoras fueron personas capaces de observar, evaluar, amar y luego partir, incluso a riesgo de grandes sufrimientos, incluso a costa de perder lo propio, para servir a los hermanos en sus necesidades reales, reconociendo en la indigencia del prójimo la voz de Dios. Por eso es importante que trabajen en la memoria viva de esos valientes comienzos» (Mensaje a congregaciones e institutos religiosos, 18 de septiembre de 2025).

En segundo lugar, renovar la vida y las estructuras. La renovación auténtica no empieza por los documentos ni por los organigramas, sino por el corazón. No hay reforma posible sin conversión personal, sin una revisión honesta del modo de orar, de vivir los consejos evangélicos, de relacionarnos con Dios y con los hermanos. Pero, también, revisar las estructuras, que están al servicio de la misión, y necesitan ser discernidas a la luz del Evangelio y de la realidad actual.

En tercer lugar, renovar la fraternidad. La vida fraterna en comunidad es un lugar teológico, un espacio donde se encarna el Evangelio. A través de un diálogo sincero, de escucha, humildad y perdón, la vida consagrada tiene que ser capaz de mantener al ideal comunitario: «Los creyentes vivían todos unidos y tenían todo en común» (Hch 2,44). En una sociedad marcada por el individualismo, la prisa y la soledad, comunidades verdaderamente fraternas son una de las profecías más necesarias de nuestro tiempo, un anuncio elocuente del Reino. 

En cuarto lugar, recuperar y fortalecer la voz profética. La vida consagrada está llamada a ser signo de contradicción por su fidelidad al Evangelio. Un consagrado no existe para agradar, sino para señalar a Cristo. Con humildad y bondad, sí; pero también con claridad evangélica. Vuestra voz profética se expresa en una vida sencilla, libre frente al poder y al dinero, cercana a los necesitados, capaz de cuestionar al otro con vuestro testimonio de vida, mostrando que solo Dios basta. Aquí, resuenan con fuerza las palabras del Papa León XIV: «Sean verdaderamente pobres, mansos, hambrientos de santidad, misericordiosos, puros de corazón, aquellos gracias a los cuales el mundo conocerá la paz de Dios» (Homilía en el Jubileo de la Vida Consagrada, 9 de octubre de 2025).

En quinto lugar, repensar la misión. La misión no es un apéndice de un cristiano, es su razón de ser, cuanto más de un consagrado. Las palabras de san Pablo: «¡Ay de mí si no anuncio el Evangelio!» (1Cor 9,16), nos llevan a reflexionar si nuestras comunidades anuncian el Evangelio. Es bueno y necesario que nos preguntemos si la pastoral de la Congregación responde a los signos de los tiempos. Repensar la misión hoy implica dejarse interpelar por nuevas pobrezas, nuevas soledades, nuevas periferias. Implica, también, aceptar que, en algunos lugares, la misión pasa por la presencia humilde, la intercesión silenciosa, la cercanía compasiva más que por la eficacia visible. Implica aceptar que no estamos llamados a hacerlo todo, pero sí a estar donde Dios nos quiere. Y, aquí vuelve a resonar el lema: ¿para quién soy realmente?

Queridos consagrados y consagradas, este momento histórico, con sus luces y sus sombras, es nuestro tiempo de gracia, nuestro kairós. Por ello, os invito a hacer vida las palabras de Santa Catalina de Siena: «Sé lo que Dios quiso que fueras y prenderás fuego al mundo». Ese fuego nace de la búsqueda paciente y fiel de la propia identidad en Dios: descubrir para qué hemos sido creados, aceptar nuestras circunstancias concretas, abrazar la misión confiada y perseverar en ella con un amor constante. Porque solo quien vive según el designio de Dios puede prender corazones.

Nuestra Diócesis de Jaén da gracias a Dios por el don de las comunidades de vida consagrada presentes en nuestra tierra: cerca de medio centenar de casas de religiosos y religiosas de vida activa que, silenciosa y fielmente, tejen cada día el Evangelio en la trama concreta de nuestra historia. En sus conventos, colegios, residencias, hospitales y obras sociales, hombres y mujeres consagrados ofrecen lo mejor de sí mismos, entregando la vida entera a la oración perseverante, al servicio generoso de los más pobres y vulnerables, a la formación de niños y jóvenes, al acompañamiento de los enfermos y mayores, y al anuncio incansable de la Buena Noticia. Como lámparas encendidas en la noche, nos ayudan a levantar la mirada hacia lo esencial y nos ayudan a redescubrir la belleza de una vida vivida para Dios y para los hermanos.

Con mi afecto y mi bendición,

+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén

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