
«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (Jn 10,10).
Queridos fieles diocesanos:
Cada año la Iglesia vuelve a la aurora del primer día de la semana. Las mujeres caminan hacia el sepulcro todavía con el corazón herido por la cruz, llevando aromas para un cuerpo que creen vencido por la muerte. Sin embargo, lo que encuentran no es un cadáver que venerar, sino una tumba abierta y una palabra que cambia el destino del mundo: «Ha resucitado. No está aquí». Jesucristo, el Crucificado, vive para siempre, y su Resurrección inaugura para el mundo una vida nueva; con Él ha nacido para la humanidad una paz que el mundo no puede dar ni arrebatar, la paz del sepulcro vacío, que nos abre a todos el horizonte como renacidos para la Vida.
En la Vigilia Pascual, la liturgia nos invita al más profundo gozo porque, por la resurrección de Jesucristo, «se une el cielo con la tierra, lo humano con lo divino». Cristo resucitado, «como lucero matinal, brilla sereno para el linaje humano, y vive glorioso por los siglos de los siglos». «Goce, pues, la tierra inundada de tanta claridad y que, radiante con el fulgor del Rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero» (Pregón Pascual de la Vigilia de Resurrección); así, todo queda transfigurado por la luz pascual, iluminados y recreados como hijos llamados a la Vida.
Como bien conocéis, Pascua significa «paso». Se trata del paso del Señor de la muerte a la vida; se trata, también, del paso del Señor entre nosotros rompiendo las ataduras del pecado y de la muerte: «Si por un hombre vino la muerte, Adán; por un hombre-Cristo Jesús ha venido la resurrección; si por Adán murieron todos, por Cristo todos volverán a la vida» (1Cor 15,22); se trata, en definitiva, de la vida de Cristo que se desborda sobre todos aquellos que se acercan con fe al Crucificado-Resucitado acogiéndolo en su vidas como su Señor y Maestro. Este tiempo es una invitación a vivir en plenitud; a sembrar vida en nuestro alrededor; a defender la vida como don precioso del Creador, llamados a ser sembradores de Vida.
Por todos lados se nos habla de bienestar, de progreso, de calidad de vida; sin embargo, al mismo tiempo, crece silenciosamente un fenómeno inquietante como es la soledad, la confusión o la falta de sentido. Son innumerables las personas que, aun teniéndolo casi todo, en lo material, experimentan un vacío profundo como si les faltara aquello que plenifica su vida. Porque, en el fondo, lo que escasea no son los bienes ni las oportunidades, sino una razón sólida y concreta para vivir, un fundamento que sostenga el alma en medio de las tormentas. Así, el hombre contemporáneo corre el riesgo de tenerlo todo al alcance de la mano y, sin embargo, caminar sin rumbo, como quien avanza sin saber hacia dónde, con el alma sedienta de algo que ni el consumo ni el éxito logran saciar. Queremos felicidad y progreso, pero la cultura de la muerte pone en cuestión el derecho fundamental a existir precisamente de quienes encarnan la esperanza del mañana. Reclamamos comprensión, respeto y tolerancia, pero, cuando descendemos al terreno concreto de la vida diaria, surge una contradicción dolorosa: el valor de la persona parece medirse por su utilidad. Aquellos que no encajan en nuestros planes, que no aportan según nuestros criterios o que simplemente incomodan, corren el riesgo de ser relegados, ignorados o descartados, como si no fueran dignos de la Vida.
Como nos ha recordado el papa León XIV, en el inicio de su pontificado: «en nuestro tiempo, vemos aún demasiada discordia, demasiadas heridas causadas por el odio, la violencia, los prejuicios, el miedo a lo diferente, por un paradigma económico que explota los recursos de la tierra y margina a los más pobres» (Inicio del ministerio petrino, 18 de mayo de 2025). ¿Nos queda alguna esperanza que no nos defraude? La respuesta es sí, y se llama Jesús de Nazaret. Su resurrección nos enseña la verdadera dignidad del hombre: no somos pura materia, somos hijos de Dios que encierran la semilla de la eternidad en el alma, conseguida con su pasión y muerte. No hemos sido creados para yacer postrados, sino para hacer, hacer obras grandes y comprometidas, transidas por el amor, llamadas a engendrar Vida.
Esta vida nueva que anhelamos no es una ilusión ni un ideal reservado para unos pocos. Es una realidad viva, concreta, que ya ha comenzado a ser derramada sobre nosotros. No estamos condenados a esperar pasivamente; podemos participar de ella aquí y ahora, porque Dios mismo se nos comunica sin cesar a través de los sacramentos. En ellos, y de manera eminente en la Eucaristía, esa vida divina no solo se promete, sino que se nos entrega verdaderamente. «Aquesta eterna fonte que deseo, en este pan de vida yo la veo; aunque es de noche», como cantó San Juan de la Cruz. En este misterio aprendemos a beber de la fuente y a vivir como quienes se alimentan de la Vida.
Por nuestra parte, ante tanta grandeza y misericordia recibidas, no cabe una respuesta tibia ni superficial, sino una adhesión firme, visible y constante, coherente con la fe que profesamos y confesamos con los labios. La vida cristiana no puede quedar reducida a un puro sentimentalismo o a una intimidad sin fruto; está llamada, por su propia naturaleza, a irradiar luz. Como nos exhorta el Señor: «Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos» (Mt 5,16). Esa luz no es otra cosa que el testimonio concreto de una fe encarnada en la vida diaria, hecha obras de caridad, justicia y verdad; que nos convierte en reflejos de la Vida.
Ser cristiano implica, por tanto, asumir con responsabilidad y determinación la promoción de una auténtica cultura de la vida. La dignidad de la persona «es un valor intrínseco que exige ser reconocido, protegido y promovido en toda circunstancia. Por ello, la respuesta verdaderamente humana ante el sufrimiento no puede ser provocar la muerte, sino ofrecer cercanía, acompañamiento, cuidados adecuados y apoyo integral» (Nota de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida, 26 de marzo de 2026). Se trata de un compromiso real y exigente: defender la vida humana en todas sus etapas, custodiar su dignidad en cada circunstancia, y alzar la voz —con caridad y claridad— allí donde esta se vea amenazada o despreciada, comprometiéndonos sin reservas como defensores y custodios de la Vida.
El apóstol nos lo recuerda con fuerza: «Arrimemos nuestro hombro a las cargas de los demás» (Gál 6,2). Este mandato adquiere hoy una urgencia particular ante el sufrimiento, la soledad, la pobreza y la incertidumbre que pesan sobre tantos de nuestros hermanos. No podemos permanecer indiferentes ni refugiarnos en una cómoda pasividad; el amor cristiano es siempre activo, creativo y sacrificado. No sería coherente llamarnos cristianos si, ante las heridas de nuestro tiempo, optáramos por cruzarnos de brazos o mirar hacia otro lado. La fe verdadera nos inquieta, nos saca de la comodidad y nos envía al encuentro del otro, especialmente del más frágil, haciéndonos cirineos de la Vida.
La Virgen María, nuestra Madre, es para el mundo entero «fuente de vida» porque nos dio a Jesús, el verdadero y único pan de vida con el que los fieles nos alimentamos. En nuestra geografía diocesana, casi todas las imágenes que la representan sostienen en su regazo la imagen del Niño Jesús ofreciéndonoslo como único «Camino, Verdad y Vida» (Jn 14,6) Acojamos su don e imitemos su actitud de apertura a la vida de Dios y al deseo de felicidad de los demás (cf. Lc 1,39), aprendiendo de ella a ser centinelas de la Vida.
Que al contemplarla e imitarla en su coherencia con el evangelio, seamos testigos del Dios vivo, del Dios de la vida, para «decirle al mundo, con humildad y alegría: ¡mirad a Cristo! ¡Acercaos a Él! ¡Acoged su Palabra que ilumina y consuela! Escuchad su propuesta de amor para formar su única familia: en el único Cristo nosotros somos uno» (León XIV, 18 de mayo de 2025), para que seáis «irreprochables y sencillos, hijos de Dios sin tacha, en medio de una generación perversa y depravada, entre la cual brilláis como antorchas en el mundo» (Flp 2,15), como testigos fieles de la Vida.
Para todos, mi saludo fraterno y mi bendición.
+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén
Jaén, 25 de marzo de 2026
Solemnidad de la Anunciación del Señor
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