
Con ocasión del Día del Seminario, que celebramos en torno a la solemnidad de san José, quiero dirigirme a toda nuestra Iglesia diocesana de Jaén. Brota en mi corazón un sentimiento espontáneo de gratitud porque, incluso en medio de un tiempo complejo como el nuestro, Dios no deja de llamar y su gracia continúa actuando silenciosamente en el corazón de muchos jóvenes.
Doy gracias al Señor por nuestros sacerdotes, por su entrega cotidiana y a menudo escondida, por su servicio fiel en parroquias, hospitales, residencias de ancianos, en nuestros pueblos y ciudades. Doy gracias, también, por nuestros veintidós seminaristas, signo visible de que el Señor sigue sembrando vocaciones al ministerio presbiteral en medio de su pueblo. Y, agradezco a las familias, catequistas, profesores, maestros y comunidades cristianas que acompañan con fe y cariño el crecimiento de este germen vocacional.
Vivimos en una época marcada por profundas transformaciones culturales. Muchos hombres y mujeres buscan sentido, seguridad y horizonte en medio de una sociedad acelerada, fragmentada y a menudo inquieta. En este contexto, la pregunta por la vocación —por la identidad de la propia vida— se nos impone. No es una pregunta que nazca del vacío, sino en el seno mismo del corazón humano, creado para el amor y para la comunión.
Precisamente por eso, el Día del Seminario no es una jornada destinada únicamente a rezar por los seminaristas, sino una invitación a toda la Iglesia a redescubrir que la vida cristiana es, en su raíz más profunda, respuesta a una llamada. Dios no irrumpe en la historia como una fuerza impersonal, sino como Alguien que te conoce, te ama y te llama por el nombre (cf. Is 43,1). Y cuando Él llama, lo hace siempre para la plenitud de la persona y para el bien los hermanos.
Contemplamos, así, el sacerdocio como una forma particularmente hermosa de vida entregada, como un don imprescindible para el presente y el futuro del pueblo de Dios. Allí donde hay un sacerdote, hay una comunidad que puede escuchar la Palabra, celebrar los sacramentos, experimentar el perdón y crecer en la fe. Allí donde hay un sacerdote, Cristo sigue haciéndose cercano.
Por eso, el Día del Seminario es, ante todo, una llamada a la esperanza. El Señor no abandona a su Iglesia. Sigue suscitando corazones generosos, sigue despertando inquietudes profundas, sigue ofreciendo caminos de plenitud que, a veces, sorprenden incluso a quienes los recorren. Nuestra tarea es la de crear un clima espiritual, familiar y comunitario donde esa voz pueda ser acogida y cultivada.
1. Una pregunta decisiva: «¿Quién soy?»
Quiero dirigirme en primer lugar a vosotros, queridos jóvenes. En vuestro corazón —y, en realidad, en el de toda persona— late una pregunta fundamental: «¿Quién soy?». No es una pregunta superficial, sino un interrogante que cuestiona radicalmente la propia existencia.
La fe cristiana ofrece una respuesta luminosa a esta inquietud universal: el ser humano descubre quién es verdaderamente cuando se sabe amado y llamado por Dios. No somos fruto del azar ni simples piezas de un engranaje social. Cada persona es querida, pensada y llamada por su nombre desde toda la eternidad.
La vocación sacerdotal nace, precisamente, de esta experiencia. Antes de ser una elección personal, es un encuentro. Antes de ser un proyecto, es una llamada. El Evangelio muestra con gran claridad que Jesús no busca colaboradores anónimos, sino personas concretas a las que mira, porque las conoce y las ama. «Ven y sígueme» (Mc 10,21) no es una invitación impersonal, sino una invitación dirigida al corazón.
Cuando un joven percibe esa llamada comienza un camino de discernimiento en el que va comprendiendo que su vida puede convertirse en un don para los demás. Descubre que su identidad no se agota en lo que hace o en lo que posee, sino en el amor que recibe y que está llamado a transmitir. El sacerdote es, en lo más profundo de su ser, un hombre para los demás, configurado con Cristo Buen Pastor. Por eso, la respuesta a la llamada del Señor no nos saca del mundo, sino que nos resitúa en él, con una forma nueva de habitarlo: desde la entrega, la gratuidad y el servicio.
2. «Dejar las redes»: una invitación a los jóvenes
El lema evangélico que inspira esta jornada —«Deja tus redes… y sígueme» (cfr. Lc 5,11)— posee una fuerza extraordinaria. No es una propuesta dirigida solo a los primeros discípulos, sino una palabra viva que sigue resonando hoy, especialmente en el corazón de los jóvenes.
Las «redes» de los pescadores simbolizan aquello que da seguridad, identidad y sustento. Para cada generación adoptan formas distintas: proyectos personales, expectativas sociales, vínculos afectivos, hábitos de vida, aspiraciones profesionales. También, hoy existen muchas redes que sostienen pero que, a veces, también nos atrapan: el deseo de éxito, la búsqueda de reconocimiento y aprobación, la presión ambiental, el miedo a equivocarse o a quedarse atrás.
Jesús se acerca a nosotros para invitarnos a salir de una lógica centrada exclusivamente en uno mismo y entrar en la aventura del amor que se entrega. No dice «deja de ser quien eres», sino «atrévete a más». Cristo amplia nuestros horizontes. Su llamada no empobrece, sino que ensancha la vida.
Queridos jóvenes: el Señor sigue pasando por la orilla de vuestra existencia. Quizá en medio de estudios, trabajos, amistades, proyectos o incertidumbres. Su mirada no fuerza ni presiona, simplemente invita. Y lo hace porque sabe que vuestro corazón está hecho para algo grande, para una felicidad que no se agota en lo inmediato.
Responder a esta llamada no significa tenerlo todo claro desde el principio. Los primeros discípulos tampoco sabían adónde les conduciría el camino. Lo único decisivo fue la confianza en Aquel que los llamaba. Por eso, la vocación no se descubre en solitario, sino en un proceso acompañado, iluminado por la oración, la escucha de la Palabra y el diálogo con personas maduras en la fe.
Si en lo profundo de tu corazón sientes una inquietud, un deseo de entrega total, una atracción por la vida sacerdotal, no la ignores ni la silencies. Puede ser el inicio de un camino precioso. Atrévete a preguntarte con sinceridad delante de Dios: «Señor, ¿qué quieres de mí?» Y permite que esa pregunta vaya configurando tu vida.
3. «Una fidelidad que genera futuro»: el valor de la vida sacerdotal para nuestro mundo y para las vocaciones
Hace unos meses, el papa León XIV ha ofrecido a toda la Iglesia, con motivo del aniversario Decretos Optatam totius y Presbyterorum ordinis, una hermosa reflexión sobre el ministerio ordenado en la carta apostólica «Una fidelidad que genera futuro». En ella recuerda que los presbíteros están llamados hoy a una fidelidad fecunda, capaz de abrir horizontes y suscitar esperanza (cfr. n. 1). Esta perseverancia en la misión apostólica no solo sostiene el presente de la Iglesia, sino que se proyecta hacia el mañana y ayuda a otros a descubrir la belleza del sacerdocio y «a percibir la alegría de la vocación presbiteral» (ibid.).
Este planteamiento esclarece el sentido del Día del Seminario. Las vocaciones no nacen de cuidadas estrategias de marketing, sino del testimonio. Cuando un joven encuentra sacerdotes cuya vida es coherente, cercana y entregada, descubre que el Evangelio puede vivirse de verdad y que la entrega total no conduce a la pérdida, sino a la plenitud.
El papa León comienza su carta dando gracias por el testimonio de tantos presbíteros que ofrecen su vida con generosidad: celebran la Eucaristía, anuncian la Palabra, perdonan los pecados y sirven con dedicación a los hermanos, especialmente a quienes más sufren (n. 4). En estas acciones sencillas y cotidianas se manifiesta la cercanía de Cristo. Allí donde hay un sacerdote que escucha, acompaña, consuela y sostiene, la Iglesia se vuelve casa y hospital de misericordia.
Esta fidelidad tiene una fuerza generadora. Nuestro mundo, aunque a veces no lo exprese, tiene sed de testigos creíbles del amor de Dios. Cuando la gente encuentra sacerdotes disponibles, humildes, cercanos y perseverantes, percibe que la fe no es una idea abstracta, sino la presencia vivificadora del Resucitado que transforma la vida. Y de ese encuentro pueden brotar nuevas vocaciones.
Por eso, podemos afirmar con certeza que, la fidelidad de los sacerdotes es un bien no solo para la Iglesia, sino para toda la sociedad. Allí donde un pastor permanece junto a su pueblo, celebrando, anunciando, sirviendo y acompañando, se construye humanidad, se sostiene la esperanza y se abre el futuro. Una vida entregada no se pierde: se multiplica.
4. Promover las vocaciones: responsabilidad de toda la Iglesia
Pero el futuro del seminario y del sacerdocio no depende solo y exclusivamente de quienes ya sienten la llamada, sino de toda la comunidad cristiana. Las vocaciones nacen en familias creyentes, en parroquias vivas, en grupos juveniles comprometidos, en ambientes donde la fe se vive con alegría y coherencia.
El Santo Padre recuerda que la escasez de vocaciones exige revisar nuestra capacidad de proponer caminos exigentes y liberadores, especialmente a los jóvenes, y mantener siempre viva la perspectiva vocacional en toda la pastoral (cfr. n. 28). La Iglesia necesita comunidades que no tengan miedo de invitar a la entrega total.
Os invito a todos a asumir esta responsabilidad compartida. A los padres y madres, para que eduquen a sus hijos en la generosidad y la apertura a la voluntad de Dios. A los catequistas y educadores, para que presenten con naturalidad la posibilidad de la vocación sacerdotal. A los jóvenes, para que se acompañen mutuamente en la búsqueda de sentido. Y a toda la diócesis, para que sostenga con la oración y el cariño a nuestros seminaristas y a nuestros sacerdotes.
Pidamos al Señor que suscite nuevas vocaciones y que fortalezca a quienes ya han respondido. Él no deja de llamar. Y la Iglesia necesita pastores que anuncien la esperanza, ofrezcan el perdón y acompañen a las personas en su camino hacia Dios.
5. Conclusión
Quiero concluir con una referencia a la Misión Mariana Diocesana que, como sabéis, estamos celebrando en nuestra diócesis. Es un tiempo de gracia singular. La imagen de la Virgen de la Cabeza Peregrina, que está recorriendo nuestra geografía jienense, nos recuerda, precisamente, que toda vocación comienza con una iniciativa de Dios acogida en la fe. María, la mujer llamada por su nombre cfr. Lc 1,27), es figura de toda respuesta creyente: en Ella contemplamos lo que significa abrir la vida a un proyecto mayor que uno mismo
Queridos hermanos y hermanas, confiemos nuestro Seminario a la intercesión de la Virgen de María, Madre de los sacerdotes, y a san José, custodio fiel de la Iglesia. Que ellos acompañen a nuestros seminaristas, sostengan a nuestros presbíteros y ayuden a muchos jóvenes a escuchar la voz del Señor y a responderle con generosidad.
Con afecto y esperanza, os bendigo de corazón.
+ Sebastián Chico Martínez
Obispo de Jaén
Jaén, 29 de enero de 2026
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