VI Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

VI Domingo del Tiempo Ordinario – Ciclo A

El pasaje evangélico de este VI Domingo del Tiempo Ordinario (Mt 5, 17-37) nos sitúa en el corazón del Sermón de la Montaña. No se trata de una simple corrección moral, sino de una revelación decisiva sobre el sentido último de la Ley. Jesús no se presenta como un reformador que relativiza el pasado, sino como quien lo lleva a su plenitud. La Ley y los Profetas no quedan abolidos: quedan cumplidos, es decir, conducidos a su verdad más profunda.

La primera lectura, tomada del libro del Eclesiástico (Eclo 15, 15-20), afirma con claridad la libertad humana: “Si quieres, guardarás los mandamientos”. Dios no fuerza la voluntad del hombre; propone el camino de la vida. El bien y el mal están ante nosotros, pero la elección es real. Esta afirmación prepara el terreno para comprender la radicalidad de las palabras de Cristo. La exigencia que Él plantea no es una carga añadida, sino la manifestación plena de lo que el corazón humano está llamado a ser.

Cuando Jesús contrapone el “Habéis oído que se dijo… pero yo os digo”, no anula el mandamiento antiguo, sino que lo interioriza. “No matarás” alcanza su raíz en la cólera; el desprecio verbal es ya una forma germinal de violencia. La reconciliación precede al culto: no hay verdadera ofrenda si el hermano permanece herido por nuestra causa. El altar queda subordinado a la comunión fraterna. Así, la justicia que se pide no es formal ni externa, sino una justicia que brota de un corazón reconciliado.

Lo mismo sucede con el mandamiento sobre el adulterio. La mirada codiciosa revela que el pecado comienza en la intención. Cristo desplaza el centro desde el acto visible hacia la interioridad. No se trata de una moral de vigilancia obsesiva, sino de una pedagogía de la pureza del corazón. El lenguaje hiperbólico —“arráncate el ojo”, “córtate la mano”— subraya la urgencia de cortar con aquello que conduce al pecado. No se propone la mutilación física, sino la decisión radical de apartarse de lo que degrada la dignidad propia y ajena.

En la cuestión del repudio, Jesús remite implícitamente al designio original de Dios. La concesión mosaica aparece como una tolerancia ante la dureza del corazón; ahora, en cambio, se proclama la fidelidad como expresión del amor auténtico. La alianza matrimonial no es un contrato revocable a conveniencia, sino una comunión que participa de la fidelidad divina.

Finalmente, la enseñanza sobre los juramentos conduce a la simplicidad de la verdad. No es necesario reforzar la palabra con invocaciones solemnes cuando el corazón es recto. El “sí” y el “no” transparentes expresan una vida unificada, sin doblez. Lo que excede esa claridad nace de una fractura interior.

La segunda lectura (1 Cor 2, 6-10) ilumina todo el conjunto: la sabiduría de Dios no es la de este mundo. Lo que Cristo propone supera la lógica meramente legal. No es una ética mínima para evitar sanciones, sino una transformación interior que solo puede comprenderse desde la acción del Espíritu. Dios ha preparado “lo que ni el ojo vio ni el oído oyó” para quienes le aman; la plenitud de la Ley se descubre, por tanto, no en la letra aislada, sino en la comunión con Él.

Este Evangelio no invita a un perfeccionismo ansioso, sino a una conversión profunda. La justicia mayor que la de escribas y fariseos no consiste en multiplicar preceptos, sino en dejar que la Ley se inscriba en el corazón. Allí donde la cólera se convierte en reconciliación, la mirada en respeto, la palabra en verdad y el vínculo en fidelidad, la Ley alcanza su plenitud y el hombre entra en la libertad de los hijos de Dios.

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