Un libro para ahondar en la advocación de Virgen del Rocío

El patio de Presidencia de la Diputación Provincial fue escenario, la tarde del pasado  martes, 27 de abril, para la presentación del libro del director de Patrimonio de la diócesis, el sacerdote Manuel Jesús Carrasco Terriza, con el título ‘Historia y teología de los títulos Rocío y Blanca Paloma’, resultado de años de estudio que cristalizó en la tesis doctoral dirigida por el doctor Fermín Labarga y defendida en la Universidad de Navarra en septiembre de 2016.            

En este estudio, se ha pretendido estudiar, histórica y teológicamente, el cuándo y el porqué del cambio onomástico, de la advocación de Virgen de las Rocinas a Virgen del Rocío; del cambio eortológico: del traslado de su fiesta principal a la Pascua de Pentecostés; de la aplicación del símbolo de la paloma, propia del Espíritu Santo, a la Virgen María.

Para contestar a las preguntas de cuándo y por qué, se ha hecho una recopilación de la historia rociera, contrastada con las fuentes documentales de los archivos civiles y eclesiásticos, especialmente de Almonte gracias a la colaboración de D. Domingo Muñoz Bort, para concluir que el cambio de nombre de Rocinas a Rocío se produjo paulatinamente en los dos primeros tercios del siglo XVII. A lo largo de dicho siglo, se alternaron épocas de inundaciones o temporadas de sequía. La climatología histórica designa a ese siglo como la Pequeña Edad de Hielo, que los historiadores valoran como una de las causas de la decadencia del imperio español. En aquellos momentos de gran sequía, las cosechas y pastos de Almonte se salvaron gracias a la humedad, el rocío, que procedía de la marisma, cuyo borde queda marcado por el arroyo de las Rocinas, donde se enclava la ermita de la Virgen. Y comenzó a invocarse a la Virgen de las Rocinas como la Virgen que nos trae el rocío, la Virgen del Rocío. La introducción de la nueva advocación se pueden situar entre 1610 y 1635. El uso del nombre de Rocío se difundió entre 1635 y 1650, primero a nivel popular, y progresivamente a nivel de documentos oficiales. El nuevo nombre se aprecia ya consolidado a partir de 1670, desapareciendo definitivamente el toponímico de Rocinas.

A dicha consolidación contribuyó sin duda la general aceptación popular. Pero hizo falta que un docto teólogo, cuyo nombre ignoramos, buen conocedor de la Sagrada Escritura y de la Patrística, comprendiera la carga teológica que llevaba consigo la palabra rocío, y su relación con el Espíritu Santo, hasta el punto de trasladar la fiesta, que se celebraba el 17 de septiembre, al lunes de Pentecostés, dicho año de 1670. Vinculado ya el rocío de la Virgen al rocío del Espíritu Santo, la poesía aplicó a la Virgen el símbolo más importante del Espíritu Santo: la paloma, en el siglo XIX.

Una vez contestadas las preguntas del cuándo y el porqué, intentamos profundizar en el qué, en el significado de los términos rocío y paloma. Siguiendo el método teológico, hemos rastreado su presencia en la Biblia, en los Padres de la Iglesia griegos y latinos (63 autores, con 156 obras), en los teólogos medievales (37 autores, con 66 obras), en las fuentes de los libros litúrgicos, y en los autores espirituales del Siglo de Oro español (31 en total), accesibles en las grandes bibliotecas gracias a los medios digitales y los instrumentos de búsqueda. Especial atención han merecido los teólogos y autores espirituales del siglo XVII español, para intentar comprobar el estado de opinión, o el sentir común de la piedad popular en relación con los símbolos del rocío y de la paloma, en los momentos en que se produce el cambio de advocación.

Concluimos diciendo que los títulos de Rocío y Blanca Paloma, símbolos del Espíritu Santo, se adjudican a la Virgen María, patrona de Almonte, como advocación e invocación, como metáforas perfectamente coherentes con la fe de la Iglesia: hunden sus raíces en la revelación bíblica y son ampliamente comentados y usados por los Padres de la Iglesia y por los teólogos.

Ambos títulos sitúan a María en el misterio de la Trinidad, por cuanto a la Virgen se le agradece el don natural del rocío, que es otorgado por Dios Padre Creador, por el Hijo por quien todo fue hecho, y por el Espíritu Santo Señor y dador de vida. Pero sobre todo, porque ella, Hija del Padre, recibe de lo alto, es decir, de la Trinidad, el rocío del Espíritu Santo, para encarnar en su seno al Hijo de Dios. La paloma, por su parte, además de la pteriofanía del Espíritu Santo, es símbolo de la Amada, referida tanto a la Virgen como a la Iglesia.

Manuel Jesús Carrasco Terriza

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