“Quiero ver limpia mi alma, ¡purifícame, Señor!”

“Quiero ver limpia mi alma, ¡purifícame, Señor!”

En este mes de mayo, me gustaría que nos fijásemos en la pureza de la Santísima Virgen. En relación con esta virtud, me ha llamado mucho la atención esta frase de Sta. Teresa de los Andes, carmelita descalza: “Entonces, la Santísima Virgen me dijo que me abría su maternal corazón para que leyera en él hasta dónde llegó su pureza virginal, para que, imitando esta virtud, pudiera llegar a la total unión con Dios”. Es decir, la medida de la pureza de corazón nos habla del grado de unión con Dios que podemos alcanzar.

Esta unión total con Dios puede conllevar la visión beatífica de Dios, como nos promete esta bienaventuranza: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. En el caso de la Madre Luisa Sosa, ya en su vida terrena, y en varias ocasiones, llegó a la visión de su “Dulce Jesús Nazareno”.

Era muy llamativo el anhelo de la Madre Luisa de imitar en todo al Corazón Inmaculado de María, especialmente, en su pureza de corazón. Ella quería estar siempre en gracia, purificando su alma para preparar una morada digna de la Santísima Trinidad.

 Tal era su afán por conseguir esa pureza, que para ello siempre estuvo dispuesta a pagar un precio muy alto, demasiado alto, podríamos decir: el ofrecimiento continuo de sus sufrimientos, como se puede ver, por ejemplo, en estos versos:

Me visitaste, Señor

Cuando menos lo esperaba
me visitaste, Señor,
con aquel dolor agudo
prendado de puro amor.

Y como vi en su agudeza
tu visita celestial
te pedí con entereza
que aumentaras más mi mal.

Que aumentara, aún era poco,
más podía resistir
que, aunque el dolor era inmenso
no me hacía sucumbir.
Y en el momento en que fuerte
mis sentidos trastornó
y decaía mi ánimo
y faltábame el vigor
sentí que, sobre mi frente,
llena de frío y sudor,
pusiste tu mano ardiente
incendiándome en tu amor.

Señor, te dije, ya puedo
resistir cuanto Tú quieras
mándame más, que yo quiero
morir, si quieres que muera,
pero morir de dolor
sin un momento de calma.
Quiero ver limpia mi alma
¡purifícame, Señor!

Además, podríamos añadir algunos ejemplos paradigmáticos que hablan de su búsqueda de la pureza, como que siempre hacía examen de conciencia después de cada conversación, y si le cabía alguna duda, preguntaba humildemente a las Hermanas si había faltado en algo.

Las Hermanas de la Obra de Jesús Nazareno atestiguan que «la confesión de sus pecados, que siempre pensaba que eran muchos, le proporcionaba una paz enorme; no le importaba otra cosa para su alma que estar en paz con Dios; solo así se sentía aliviada. ¡La confesión! En ella derramaba todo su ser y abría su alma para poder sentirse perdonada por el Señor y perdonar a quienes le ofendían».

Otro detalle que destaca lo que la Madre valoraba esta virtud es su preocupación por las jóvenes: «Siempre me había preocupado mucho por las jóvenes que habían perdido o estaban en peligro de perder su pureza»[1]. El Señor le permitió ver cumplido su deseo de acoger en su casa a un grupito nutrido de jóvenes, a las que cuidó y atendió como a propias hijas.

Termino con estos versos entresacados de su poesía Quiero estar en tu presencia, Señor, quenos remiten al primer párrafo con el que comenzábamos, que resume perfectamente lo que fue la vida de la Madre Luisa (“…para que, imitando esta virtud, pudiera llegar a la total unión con Dios”):

“Quiero estar en tu presencia
tu presencia noche y día
y así yo conservaría
siempre limpia mi conciencia.
Siempre limpia, siempre en gracia,
siempre contigo soñando,
siempre tu amor anhelando,
ese amor que nunca sacia…”

Celia Hierro Fontenla

Postuladora de la Causa de beatificación
y canonización de la M. Luisa Sosa


[1] La Madre Luisa Sosa, testigo y apóstol de Jesús Nazareno, p. 138

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