«Patas arriba», comentario al Evangelio del XXIX Domingo del Tiempo Ordinario − B

Foto: Cristo, Varón de Dolores. Luis de Morales (1566). Museo del Prado, Madrid.

El evangelio de Marcos de este domingo (Mc 10,35-45) propone una de esas frases de Jesús que descolocan: «el que quiera ser grande, sea vuestro servidor; y el que quiera ser primero, sea esclavo de todos». En este sentido, no solo Jesús lo dice para los demás, sino anticipa a sus discípulos y recuerda a los lectores actuales cómo vivió su servicio: «el Hijo del hombre no ha venido para que le sirvan, sino para servir y dar su vida en rescate por todos». Por eso, este domingo comenzaremos el comentario por el final, no podía ser de otra manera si se titula “Patas arriba”.

Algunos textos bíblicos, como el cántico de Ana (1Sam 2,1-10) o el Magnificat de María (Lc 1,46-55) comparten lo que se puede denominar “mundo al revés” (mundus inversus). Este concepto representa una inversión del mundo ordinario y ofrece alternativas que escapan de lo lógico en el ámbito natural, cultural o religioso. En este sentido deben entenderse no pocas frases de las Escrituras: «Hay más alegría en dar que en recibir» (Hch 20,35); «El que cree en mí, aunque muera, vivirá» (Jn 11,25); «los últimos serán primeros y los primeros serán los últimos» (Mt 19,30); «porque la locura divina es más sabia que los hombres, y la debilidad divina, más fuerte que los hombres» (1Cor 1,25). Todo esto indica que el Evangelio ‒el proyecto de amor de Dios‒ pone el mundo “patas arriba”.

No es lógico que después de la propuesta de los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan, Jesús concluya poniendo como primer puesto el lugar del servidor. Tampoco tiene sentido, desde un cierto punto de vista, las palabras de María: «a los hambrientos los colma de bienes y a los ricos los despide vacíos» (Lc 1,53). Ciertamente, el Magnificat solo se recoge en boca de María, dentro del evangelio de Lucas, pero contiene la misma idea sobre el servicio, cuando a modo de acción de gracias se indica que «derriba del trono a los poderosos y enaltece a los humildes» (Lc 1,52).

La pregunta inicial de Jesús en el evangelio de este domingo, «¿Qué queréis que haga por vosotros?», requiere de una respuesta personal y eclesial. A nivel personal, cada uno sabe qué realidades deben invertirse, cambiarse, transformarse en su propia vida. De esta manera lo posible se convierte en imposible y lo imposible se hace realidad; los cercanos se encuentran lejos y los lejanos son acercados; los ricos se convierten en pobres y los pobres llegan a ser ricos. O lo que es lo mismo, que quien quiera ser grande sea el servidor.

A nivel eclesial, la respuesta que pudiéramos dar, especialmente en estos momentos que vivimos, es tomarnos en serio la “sinodalidad”. Una palabra que en la definición de la RAE incluye solo a obispos, eclesiásticos, ministros y clero. Sin embargo, es necesario que todos nos sintamos parte. Una palabra que deriva de sínodo, que etimológicamente significa el camino que recorren juntos los miembros del Pueblo de Dios. Caminar juntos –enseña el Papa Francisco– es el camino constitutivo de la Iglesia. O caminamos juntos o quizás no nos estamos moviendo de nuestro sitio.

La sinodalidad no es contraria a los carismas o los ministerios de la Iglesia, pero sí recuerda la necesidad de servicio de todos, cada uno desde la vocación que ha recibido. Sería atrevido decir que la sinodalidad ‒el caminar juntos‒ es poner patas arriba la Iglesia. Sin embargo, es necesario que vivamos todos y siempre desde el servicio: una Iglesia que no sirve, no sirve como Iglesia.

Isaac Moreno Sanz,
Dr. en Teología Bíblica y rector del Seminario Diocesano de Huelva.

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