Homilía en la Misa funeral por las víctimas del accidente ferroviario

Majestades,

hermanos Obispos, sacerdotes y diáconos,

familias de los fallecidos y heridos,

autoridades civiles nacionales, autonómicas, provinciales y locales, militares, judiciales y académicas,

hermanos y hermanas, amados por el Señor:

Hoy nos reunimos con el corazón abatido. La tragedia del accidente ferroviario enAdamuz ha irrumpido en nuestras vidascomo un golpe inesperado, dejándonossumidos en el duelo por las víctimas mortales y con la preocupación por los heridos y los familiares. A vosotros, sus seres queridos, deseamos abrazaros con respeto y expresaros nuestra cercanía y nuestro pésame. Y queremos rezar por los que han muerto, para que Dios les conceda el descanso eterno y los abrace en su infinito amor.

Majestades, en vuestra presencia reconocemos un gesto de cercanía y solidaridad con las familias de las víctimas y con toda la sociedad onubense. También a las demás autoridades y a quienes prestan su servicio a la comunidad agradecemos su presencia en estos días de dolor compartido.

Estamos aquí porque el sufrimiento humano necesita ser acompañado, y porque creemos que, incluso en la noche más oscura, levantando los ojos a Dios podemos vislumbrar un rayo de luz y de esperanza.Dios nos habla en muchas ocasiones y de muchas maneras, como lo hizo con su pueblo elegido y, ahora, nos dirige su palabra por su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, la Palabra hecha carne.

La Palabra de Dios no ignora el sufrimiento de su pueblo. El libro de las Lamentaciones, que hemos escuchado en la primera lectura, nace de la experiencia de un pueblo devastado, desconcertado: He perdido la paz, me he olvidado de la dicha…Recordar mi aflicción es ajenjo y veneno; no dejo de pensar en ello, estoy desolado, dice el profeta. Estas palabras podrían ser hoy las nuestras. Son las lágrimas de quienes han perdido a un ser querido; el sentimiento de muchas comunidades cristianas y de la propia sociedad española, que no encuentra explicaciones fáciles ni respuestas rápidas.

Pero en medio de ese lamento, la Sagrada Escritura nos brinda un mensaje: el dolor no es falta de fe. La pregunta, la queja, incluso el silencio, caben en el corazón creyente. Dios no se escandaliza de nuestro llanto ni de nuestras preguntas; al contrario, las acoge. El dolor de las víctimas y de sus familias no es un dolor anónimo: ha sido visto, escuchado y recogido por el Señor. Dios no es indiferente al sufrimiento; camina con nosotros cuando atravesamos cañadas oscuras. Por eso, como sigue diciendo la Palabra escuchada, hay algo que traigo a la memoria, por eso esperaré: Que no se agota la bondad del Señor, no se acaba su misericordia.

También el Evangelio según san Marcos nos lleva hoy al Calvario. Al llegar la hora sexta toda la región quedó en tinieblashasta la hora nona. El Evangelio no disimula la oscuridad, no abrevia el final, no suaviza el drama. Hay tinieblas, hay un grito, hay muerte. La exclamación de Jesús,Dios mío, Dios mío ¿por qué me has abandonado? es la voz de todo ser humano que experimenta la pérdida inesperada y el vacío que deja la muerte. Dios mismo, en su Hijo, ha pronunciado ese grito.

Y es precisamente allí, al pie de la cruz, cuando un centurión, un hombre pagano, al ver morir a Jesús, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios. Esta confesión defe no nace de la contemplación del éxito ni de la gloria del Nazareno, sino de vislumbrar en el Crucificado el amor llevado hasta el extremo, descubriéndolo incluso cuando todo parecía perdido.

Pero el Evangelio no termina con la muerte de Jesús. Hemos escuchado también el anuncio que cambia la historia: No tengáis miedo. ¿Buscáis a Jesús el Nazareno, el crucificado? Ha resucitado. No está aquí. El Resucitado es el mismo Crucificado. No es otro. Lleva consigo las heridas, el dolor atravesado, la vida entregada. Y esto nos atañe a todos nosotros, pues como nos dice el apóstol san Pablo: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él (Rm 6, 8). Por eso creemos que las personas por las que hoy oramos no se han perdido, atrapadas en el sinsentido de una muerte inesperada. Sus vidas, sus nombres y sus historias están ahora y para siempreen las manos del Dios de la Vida, que se nos ha dado a conocer en la muerte y resurrección de Jesucristo, nuestro Señor.

Hoy, en este funeral diocesano, no venimos a negar la herida que habéis sufrido, queridas familias de las víctimas, ni a cubrirla con hermosas palabras. Venimos a incorporar el nombre de los que han perdido su vida temporal y vuestro propio dolor al sacrificio de Cristo. Para que, aun desde el sufrimiento, como dice la carta a los Hebreos: cobremos ánimos y fuerza los que buscamos refugio en él, aferrándonos a la esperanza … la cual es para nosotros como ancla del alma, segura y firme, que penetra más allá de la cortina (Heb 6, 18-19), de la muerte temporal.

En este momento de dolor, queremos también detenernos para dar gracias. Gracias a quienes acudieron los primeros, a los vecinos de Adamuz, a los equipos de emergencia, sanitarios, fuerzas de seguridad, voluntarios y personal de apoyo. Gracias a quienes han acompañado con una presencia discreta y cercana: a los sacerdotes y tantas personas que han ofrecido tiempo, escucha, recursos y oración. En cada gesto de ayuda hemos podido percibir un reflejo de la compasión de Dios.

Y junto a la gratitud nace también un compromiso. Porque el sufrimiento de estas familias no va termina cuando se apaguen los focos o se acallen las noticias de este luctuoso suceso. Acompañarlas en su dueloy reparar las consecuencias del daño que han recibido será una tarea larga y exigente. Compromete a la sociedad entera y también a quienes tienen responsabilidades públicas. Es necesario esclarecer la verdad de lo ocurrido y actuar con justicia, para que su sacrificio no sea olvidado y para que, en la medida de lo posible, se eviten tragedias semejantes en el futuro.

Antes de concluir, ponemos todo lo que somos y todo lo que hoy nos duele bajo la mirada maternal de María, la Virgen de la Cinta, nuestra Madre y Patrona, a quien Huelva ha acudido siempre en los momentos de gozo y de aflicción.

Santa María, Virgen de la Cinta,
Madre del Crucificado y Resucitado,
acoge bajo tu amparo a quienes han perdido la vida
y preséntalos a tu Hijo.

Consuela a las familias que lloran,
sostén a quienes se sienten abatidos,
y danos un corazón atento y compasivo
para acompañar con respeto y cercanía.

Virgen fiel, que permaneciste al pie de la cruz,
enséñanos a confiar, incluso en la noche del dolor,
en la promesa de Dios.

Santa María de la Cinta,
ruega por nosotros.
Amén.

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