En la Solemne Función Votiva del Rocío Chico

Homilía de D. Santiago Gómez, obispo de Huelva, en el Rocío Chico

Homilía de la Solemne Función Votiva del Rocío Chico

Queridos hermanos y hermanas:

Saludo a los sacerdotes y los diáconos, a los religiosos y religiosas, y a todos los agentes pastorales.

Saludo al señor Presidente y a los miembros de la junta de gobierno de la Hermandad Matriz de Almonte y de las hermandades Filiales.

Doy las gracias por su presencia a las distinguidas autoridades, a la Señora Alcaldesa de Almonte y a las demás autoridades civiles, militares, judiciales y académicas, y a las personas que ostentan la representación de nuestras instituciones sociales más señeras, a cada uno de vosotros os saludo con afecto.

También dirijo un saludo muy especial a los enfermos y ancianos, y a cuantas personas que por la limitación del aforo del templo parroquial en las actuales circunstancias sanitarias se unen a esta celebración a través de la radio, la T.V. y las redes sociales.

Renovamos en esta mañana el Voto de acción de gracias que, como es conocido, realizó el pueblo de Almonte en 1813, cuando en el contexto de la invasión de España por el ejército de Napoleón sus tropas amenazaban al pueblo con el exterminio, como represalia por la resistencia que éste mostró frente al invasor. En esos aprietos los almonteños acudieron con fervor a la Virgen del Rocío y aquella amenaza no llegó a consumarse. El Ayuntamiento, el Clero y la Hermandad Matriz de Almonte acordaron el Voto que hoy cumplimos, celebrando en la mañana del 19 de agosto solemne Misa, normalmente, en la Ermita, en acción de gracias por el favor recibido por mediación de la Santísima Virgen.

El pueblo de Almonte experimentó a la Virgen del Rocío como auxilio de los cristianos. El año siguiente al Voto, en 1814 el papa Pio VII, que había sido sacado de Roma por la fuerza y secuestrado en Fontainebleau, fue liberado y estableció una fiesta en honor de la Virgen María bajo la advocación de “Auxilio de los cristianos”. Una vez más, la Iglesia universal como la de este pueblo experimentó la ayuda de la Madre de Dios en las persecuciones promovidas por los enemigos de la fe cristiana.

La primera lectura de la Misa nos ha recordado la gran batalla que se libra en la historia desde sus orígenes entre la Mujer y el dragón.

En la Mujer la Iglesia contempla a la Virgen María. Llamándola “Mujer” evoca el relato de la creación de Eva. Adán, en medio de la creación, como ser humano se siente solo. Entonces Dios crea a Eva, y en ella Adán encuentra la compañera que buscaba y le da el nombre de «mujer». Así, esta Mujer del Apocalipsis representa a María, la nueva Eva, la mujer definitiva, nuestra Madre, asociada al Redentor.

Juan introduce un nuevo personaje en la escena: «Un enorme dragón rojo», que identifica el mismo texto sagrado un poco más adelante diciendo que es: «El gran dragón, la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás» (Ap 12:9) (Ap 20:2) De aquí proviene la enemistad entre Satanás y el descendiente prometido a Eva, que no es otro que Nuestro Señor Jesucristo.

La batalla ha sido ganada por el Hijo que ha dado a luz la Mujer, Cristo, pues desde su Pascua la Iglesia puede decir “ahora se estableció la salud y el poderío, y el reinado de nuestro Dios, y la potestad de su Cristo”. Sin embargo, la guerra sigue en la tierra, pues “despechado el dragón por causa de la mujer, se marchó a hacer la guerra al resto de su descendencia, a los que guardan los mandamientos de Dios y mantienen el testimonio de Jesús.”

Por su parte el evangelio que hemos escuchado muestra el auxilio que la santísima Virgen presta sin cesar a la Iglesia. María se da cuenta de una carencia: “no les queda vino”. En las sencillas palabras de la Madre de Jesús podemos apreciar su preocupación por los hombres, la atención propia de la Madre que la lleva a percibir los problemas de los demás. Vemos su bondad y su disponibilidad para ayudar. Esta es la Madre a la que nuestros antepasados acudieron y a la que tantos devotos rocieros visitan en peregrinación. A ella confiamos nuestras preocupaciones, nuestras necesidades y nuestras fatigas.

Y la Virgen hace de su descubrimiento una petición a su Hijo e invita a los sirvientes a escuchar esa Palabra de Jesús: «Haced lo que Él diga». Les propone a los sirvientes, en el fondo, lo que ha sido su vida desde que libremente respondió al ángel Gabriel: «hágase en mí según tu Palabra». Ella propone a los otros algo que no le es extraño, su propia experiencia de relación con Dios.

La Virgen María nos enseña a rezar, a acudir a su Hijo en nuestras penurias. Ella no quiere afirmar su voluntad y deseos, por muy razonables que le parecieran, sólo presenta la necesidad y deja que Jesús decida lo que quiera hacer. De este modo aprendemos de María la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros.

Así la Virgen María socorrió en sus necesidades a los que participaban en aquella boda en Caná y propició que creciera la fe de los discípulos de Jesús. Así siempre, la Virgen María nos socorre en nuestras necesidades y fortalece nuestra fe.

Nosotros estamos ante la Santísima Virgen del Rocío cumpliendo una promesa de nuestros antepasados, pero desde nuestra experiencia actual, que nos trae ante Ella para pedirle, hoy también, que sea nuestro auxilio, auxilio de los cristianos. Porque nuestro tiempo no es fácil, como en las bodas de Caná, parece que falta el vino de la fiesta. No estamos celebrando este Rocío chico en la Aldea, no pueden estar presentes todos los que quisieran, la alegría de la devoción rociera no ha podido manifestarse exteriormente, seguimos viviendo la amenaza del virus que azota al mundo desde hace meses y se extiende un velo de incertidumbre sobre el futuro.

Sin embargo, no se trata sólo de la tragedia sobrevenida de improviso por la pandemia que padecemos. Falta el vino y la alegría de la fiesta también a una cultura que tiende a prescindir de criterios morales claros. No escuchamos la indicación de la Virgen «Haced lo que Él diga». Su

voluntad está expresada en los Diez Mandamientos de la Ley de Dios, y éstos con frecuencia no son referencias para orientar y juzgar nuestras acciones, a veces, ni entre los propios bautizados, instalados como muchos de nuestros conciudadanos en un relativismo moral, en el que cada cual se rige por su propia opinión sin mayor discernimiento. También los proyectos de vida se vuelven provisionales, expuestas a ser revocados cuando a cada uno le parezca, y esto a menudo se considera expresión de libertad, mientras que señala más bien la esclavitud del capricho. Una cultura privada del vino y la alegría de la fiesta, también, cuando aparentemente exalta el cuerpo, pero en realidad banaliza la sexualidad y tiende a vivirla fuera de un contexto de comunión de vida y de amor.

Falta el vino y la alegría de la fiesta cuando nuestra sociedad tiende a ver como natural la exclusión social severa y la pobreza, conviviendo con esta realidad, cruzándonos en la calle con personas que sufren estas situaciones de exclusión y de precariedad, asumiendo que esta realidad es natural y que poco se puede hacer para cambiarla. En nuestra cultura actual se ensalzan los valores de la solidaridad, pero se defiende por encima de todo el propio bienestar. Por eso no se habla de deberes, ni de renuncias, ni de sacrificios, para favorecer el bien de los demás. Sin embargo, como hemos escuchado en la lectura del Apocalipsis, en la batalla contra el mal en el mundo “ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron, y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.”

Con frecuencia, a nuestro mundo le falta el vino y la alegría de la paz, de la ternura; de la fe, de la esperanza y del amor, de la verdad, de la búsqueda sincera y compartida del bien común. Cuando faltan estos vinos, la vida se «avinagra». Surgen los intereses personales y partidistas, la corrupción económica, la mentira como herramienta de comunicación que traslada interesadamente un mundo ficticio, la búsqueda de dinero abundante y fácil –¡que cerca de nosotros se producen noticias sobre tráfico de drogas! -, la violencia.

La Virgen María vio la carencia en la boda, la hizo suya, y se puso manos a la obra. No se quedó en contar y lamentase por lo que falta o va mal. María nos enseña a tomar conciencia de lo que nos falta, a arrimar el hombro en lo que de nosotros depende, a obedecer a la Palabra de Jesús, que es nuestra fuerza y nuestra luz. Termina el Evangelio diciendo que «creció la fe de sus discípulos en él” (Jn 2,11) El final es que habiendo vino, hubo fiesta, y los discípulos viendo el signo, el milagro, creyeron en Jesús.

Necesitamos acudir, como lo hacemos hoy, a la Virgen del Rocío para que venga en nuestro auxilio intercediendo ante su Hijo. El amor a la Virgen nos llevará a Cristo. Él será capaz de despertar en nosotros una mayor entrega, nos hará obediente a su Palabra y perseverante en su seguimiento, y nos impulsará a servir a los demás con el ejercicio continuo de la caridad.

Virgen del Rocío, al cumplir el Voto de nuestros antepasados, ¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los aquellos esposos! Auxílianos en nuestras necesidades y guíanos siempre a tu Hijo, el Pastorcito Divino, nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina inmortal y glorioso por los siglos de los siglos. Amén.

+ Santiago Gómez Sierra, obispo de Huelva

19 de agosto de 2020 Parroquia de Ntra. Sra. de la Asunción, Almonte

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