La portada manuelina de Almonaster

Nos ocupamos hoy de la iglesia parroquial de San Martín, y en especial de su famosa portada de poniente, llamada también Puerta del Perdón, de estilo manuelino1 . El templo, en su complejidad arquitectónica, manifiesta el proceso constructivo, que comienza a mediados del siglo XIV por la cabecera, como denotan las semicolumnas y capitelillos vegetales, que recuerdan los de San Antón de Trigueros, y continúa en el siglo XV. Dispone de tres naves cubiertas con bóveda de cañón apuntado, sobre pilares cruciformes y arcos apuntados. Las portadas laterales son de tipo mudéjar, de arco apuntado. La torre mudéjar, de planta rectangular, nos recuerda a la de Villalba, que también tenía chapitel piramidal sobrepuesto.

Intervención del cardenal Manrique de Lara.

La portada que comentamos está presidida por el blasón del cardenal Alonso Manrique de Lara. Nacido en Segura de León (Badajoz), fue obispo de Badajoz, de 1499 a 1516, donde ya adquirió fama de constructor, por haber levantado el claustro de la catedral y la capilla del Cristo. En 1516 fue nombrado obispo de Córdoba, y en 1518 arzobispo de Sevilla. Clemente VII lo eligió para el Colegio Cardenalicio en 1531. Falleció en Sevilla el 18 de diciembre de 15382. En el claustro de la catedral de Badajoz y en Segura de León, su pueblo natal, ya mostró su afición al estilo manuelino de la vecina Portugal, caracterizada por la exuberancia de formas y, en la decoración escultórica, por los elementos extraídos del mundo de la navegación, y por una interpretación naturalista-simbólica de temas eruditos o tradicionales.

El escudo del cardenal que corona la portada ostenta los emblemas de la familia: dos calderas con asas levantadas y sierpes, leones pasantes y castillos. Sobre él campea la divisa: “ALTA A LONGE COGNOSCIT”, tomada del Salmo 138, 6: “El Señor es sublime, se fija en el humilde y de lejos conoce al soberbio”.

La Puerta del Perdón

La composición arquitectónica de la portada responde al modelo habitual en el gótico flamígero, y, de modo especial, al estilo manuelino popular, propio de las iglesias rurales del Alentejo portugués3. Un arco carpanel ligeramente abocinado es coronado por un gran escudo cardenalicio, bajo un baquetón conopial policéntrico, y albergado por dos pilares en alto. El exterior tiene el aspecto de una gruesa maroma –típico elemento marino–, y el interior es liso. Entre ambos corre una faja de decoración figurada. Una enorme águila de corvo pico ataca a un hombre desnudo, que, en movido escorzo, se defiende con una clava. Arriba, un dragón, híbrido de ave y reptil, presenta las alas entreabiertas y plumaje imbricado; cuello, cabeza y cola larga de ofidio que se enrosca en torno a las patas.

El intradós del arco continúa la misma teoría decorativa. El salmer, o dovela basal, lo ocupa otro dragón, que, retorcido, muerde su propia cola. Cabeza de delfín, cresta puntiaguda, cuello largo y cuerpo de león. La dovela siguiente repite el tema de hojas carnosas de acanto. Más adelante, un hombre, también desnudo, parece haber arrebatado de un extraño arbusto un fruto que esconde en su mano derecha. Las dos últimas dovelas que descansan en la clave vuelven a la fábula animal: una cabeza, especie de lobo, con puntiagudas orejas, devora una guirnalda de frutas, mientras que una fiera, con testa de león y apéndice defensivo de unicornio, ataca a un reptil de cabeza canina. La clave ostenta una cruz trebolada, de brazos iguales, que preside todo el conjunto.

La sección izquierda del repertorio decorativo comienza en la contraclave, con un hombrecillo semidesnudo, un juglar, cubierto sólo el torso con una prenda festoneada. Parece que lleva en la mano derecha una máscara del teatro y con la izquierda agarra la cola de un león, que vemos en la dovela siguiente. El felino aparece derribado, boca arriba, por un monstruoso animal con cabeza de roedor. A continuación, se aprecia otro animal grotesco, cabeza de perro de ojos hundidos, hocico largo y orejas puntiagudas; el espinazo se ve recorrido por una cadena de bucles; con las garras sujeta un cáprido al que devora furiosamente. En la dovela contigua, desde un motivo vegetal, hojas de acanto atadas por dos aros, surge león, de cabeza muy naturalista, con melena ensortijada, que cae sobre un oso, quien a su vez retiene entre sus garras a un hombre caído.

La jamba izquierda prolonga el motivo del árbol, por cuyo tronco trepa un bufón en busca de frutos. Este cubre su cabellera, de pelo rizado, con una caperuza de orejas de asno, y se engalana con chal de cascabeles. Abajo, otro albardán de cómicas vestiduras y brutales facciones, lucha con un puñal contra un reptil monstruoso. Bajo sus rodillas, unas hojas de cardina presentan rasgos humanoides.

Iconografía.

Hemos de partir de una intencionalidad didáctica, que adelanta a la fachada el mensaje religioso y moralizante que ha de escucharse en el interior del templo. Es como una llamada de atención al viandante despreocupado por el destino de su vida. Podríamos interpretar que se trata de una ilustración alegórica del Perdón, que da nombre a esta puerta. A través de varios elementos se desarrolla el tema de la lucha agónica del hombre contra las fuerzas adversas del mal (mundo, demonio y carne), lucha en la que algunos son derrotados, pero en la que la mayoría puede vencer si emplea los medios hasta alcanzar el perdón, la salvación y la paz por la cruz.

Las cardinas representan el ámbito natural del hombre, el paisaje de espinas y abrojos, fruto del pecado original. Los animales son representaciones del diablo, que acosa al hombre para devorarlo. Diablo que adopta formas híbridas, falsas, antinaturales, como padre de la mentira y del engaño. La soberbia del mundo, los vicios del hombre y de la sociedad se hallan figurados en los locos juglares. En esa lucha por vencer al diablo y por alcanzar la vida inmortal están comprometidos todos los hombres, que se enfrentan al enemigo con el dramatismo de la propia desnudez.

La Cruz es la clave del arco. Es el equilibrio en esa conflagración caótica e incierta entre el hombre y las fuerzas telúricas dañadas por el pecado original, las potencias infernales del ángel caído, o la presión de los pecados del mundo. La Cruz es la victoria y la esperanza de la resurrección.

Conclusión

La Puerta del Perdón, de la iglesia parroquial de Almonaster la Real, puede considerarse como una importante obra del estilo manuelino de la época gótico final renacentista. Por su situación geográfica y por los caracteres formales, puede atribuirse al círculo de canteros que trabajan en torno a Francisco de Arruda. Por la heráldica, debe fecharse en el pontificado del cardenal Alonso Manrique de Lara, entre abril de 1531 y diciembre de 1538. La iconografía nos presenta, con elementos de tradición medieval y de la nueva crítica reformista del Humanismo, un programa abierto, cuyo contenido se refiere a la lucha del hombre contra los poderes adversos al alma, mundo, demonio y carne, tensión agónica, que alcanza el perdón, la victoria y la paz en la cruz.

Manuel Jesús CARRASCO TERRIZA

  1. PÉREZ EMBID, Florentino, “La portada manuelina de Almonaster la Real (Huelva)”, en Archivo Español de Arte XVII (1944) 270-279. ↩
  2. Biografía eclesiástica completa, t. XIII, Madrid-Barcelona, 1862, pág. 687. A. y A. GARCÍA CARRAFA, Enciclopedia Heráldica Hispano-Americana, t. XLVI, Madrid, s.f, pág. 218. RUBIO, Pedro, “Manrique de Lara, Alonso”, en Diccionario de Historia Eclesiástica de España, t. II, Madrid, CSIC, 1972, pág. 1408. ↩
  3. BENDALA, et alii, Almonaster la Real, Huelva, 1991, pág. 119. ↩

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