La celebración del Sacramento de la Penitencia en Cuaresma

A muchos ha sorprendido el gesto del papa Francisco al término de su homilía en la basílica de San Pedro, el pasado viernes en la celebración que dio comienzo a las «24 horas con el Señor». Tras reflexionar sobre la parábola del hijo pródigo y la importancia de la confesión, el Papa Francisco pasó inesperadamente a dar ejemplo. En nuestra diócesis, la celebración de las «24 horas con el Señor» en la Catedral de Huelva, fue una oportunidad para los fieles de Huelva de vivir, en comunión con toda la Iglesia Universal, participaran de este acto penitencial y pudieran confesarse.

El Santo Padre, que recuerda continuamente la misericordia de Dios, ha confesado fieles en la Jornada Mundial de la Juventud de Río de Janeiro y dedica siempre media hora a esta actividad en las visitas a las parroquias que realiza algunos domingos. Ésta ha sido la primera vez que lo hace en la basílica. «El confesionario no es ni una «lavandería» que elimina las manchas de los pecados, ni una «sesión de tortura», donde se infligen golpes», ha dicho en ocasiones el Santo Padre.

En su catequesis continuada sobre los sacramentos, que el Papa lleva a cabo cada miércoles en la Audiencia General, hace pocas semanas hablaba de este modo: «A lo largo del tiempo, la celebración de este sacramento pasó de una forma pública —porque al inicio se hacía públicamente— a la forma personal, a la forma reservada de la Confesión. Sin embargo, esto no debe hacer perder la fuente eclesial, que constituye el contexto vital. En efecto, es la comunidad cristiana el lugar donde se hace presente el Espíritu, quien renueva los corazones en el amor de Dios y hace de todos los hermanos una cosa sola, en Cristo Jesús. He aquí, entonces, por qué no basta pedir perdón al Señor en la propia mente y en el propio corazón, sino que es necesario confesar humilde y confiadamente los propios pecados al ministro de la Iglesia. En la celebración de este sacramento, el sacerdote no representa sólo a Dios, sino a toda la comunidad, que se reconoce en la fragilidad de cada uno de sus miembros, que escucha conmovida su arrepentimiento, que se reconcilia con Él, que le alienta y le acompaña en el camino de conversión y de maduración humana y cristiana».

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