VI Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 14 de febrero de 2021

Diócesis de Guadixhttps://www.diocesisdeguadix.es/
La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Nuevamente el Evangelio de Marcos nos transmite el testimonio de otro signo o milagro que Jesús realiza. Una vez más se nos muestra así la llegada del reino de Dios a este mundo terreno, imperfecto, caduco, con presencia del mal y del pecado. Cristo aparece como sanador y libertador, reflejo de la misericordia del Padre que se compadece de cada uno de sus hijos.

En este caso se trata de un leproso, una enfermedad que tal vez a nosotros se nos quede lejana en el tiempo, pero que era muy frecuente en otras épocas pasadas, donde la falta de higiene y de los adelantos científicos actuales la hacían muy común y contagiosa.
La lepra es una infección en el cuerpo que va haciendo que la piel y la carne se vayan pudriendo, por lo que deforma el aspecto físico de una persona. Una persona con lepra pierde su belleza en las partes afectadas. Un enfermo de lepra siente cómo su cuerpo va muriendo lentamente, de tal manera que el leproso se considera y lo consideran un muerto viviente.
Al dolor físico que producen las heridas, hay que añadir el sufrimiento humano que supone sentirte rechazado y marginado socialmente. Un leproso no podía acercarse a la población y debía estar a distancia de la gente sana, viviendo fuera de las ciudades, a veces agrupados entre ellos, y caminar en solitario por los caminos, avisando de su presencia a los demás.
La soledad es la enfermedad asociada a la lepra, el dolor que se siente en el corazón cuando los demás no te valoran, no te quieren y te desprecian. Un leproso se alimentaba de las limosnas y de la basura, y así mismo él se consideraba eso: basura. Una vida en tristeza y con el desenlace final de la muerte. No poder abrazar ni dejarte abrazar, y a veces no dejarte mirar por los otros porque tú, leproso, les resultas repugnante.
La lepra, relacionada con la suciedad y la corrupción, se asemeja a otra enfermedad espiritual: el pecado. El pecador es aquel que vive en la soledad, provocada también por la distancia que el pecado le hace sentir de la comunidad creyente y del mismo Dios. El pecado ensucia y estropea el alma, nos deja una herida de dolor profundo y de tristeza humillante. El pecado nos puede llevar a la muerte espiritual, a la no salvación de nuestra existencia.
Marcos no nos sitúa en ningún escenario concreto y parece como si en este episodio sólo se encontraran Jesús y el referido leproso. Todo se centra en ellos dos para que no nos distraigamos con otros detalles. No es un encuentro casual, sino que la iniciativa del encuentro parte del leproso que es el que busca al Señor, se siente necesitado de él y de su ayuda. Acude a Cristo porque tiene fe en él, animado también por las noticias y la fama que va adquiriendo por haber curado a otros. La fe le hace superar miedos y barreras, la fe ayuda a esperar en la compasión y la misericordia divina. Sabe que Cristo lo puede curar, le puede solucionar su problema de salud, que puede darle una nueva vida, y lo afirma convencido: “Si quieres, puedes curarme”.
Jesús se compadece hasta tal punto que incluso lo toca, no tiene miedo a contagiarse al tocarlo o que lo rechacen a él los demás por haber tocado a un leproso y que se le considere impuro por ello. Cristo supera todo tipo de condenas, críticas, prejuicios… En ese momento tan sólo le importa esa persona enferma y necesitada de salud, necesitada de amor y de comprensión. Jesús se acerca, lo toca, lo acoge. Así es la misericordia que sana, la que perdona nuestros pecados, la que nos dignifica como hijos de Dios.
Una vez curado el leproso, éste es invitado a realizar los ritos establecidos de agradecimiento a Dios por haber recuperado la salud, y también Jesús le invita a la discreción y a guardar en secreto su experiencia. El leproso, llevado por la impresión y por la alegría de lo que le ha sucedido, no puede callarse y anuncia a gritos lo acontecido. Quiere que los demás lo sepan, se enteren que Cristo es la Buena Noticia, es el Salvador al que todos deben conocer, especialmente los que necesitan y esperan ser salvados. Cuando uno ha encontrado un bien quiere que los demás lo conozcan para que también se beneficien. La fe y la experiencia de Dios que podemos sentir en nuestras vidas nos impide ser mudos. Por eso la fe se comparte, se anuncia, y se contagia cuando de verdad estamos convencidos de lo maravilloso que es Dios y de las maravillas que hace.

Por eso, anuncia día a día las maravillas que Dios ha hecho y hace en tu vida. Por eso, cuando te sientas leproso por tu pecado, busca en el Señor, a través del sacramento de la Penitencia, tu sanación y siente la misericordia de un Dios que te ama sin medidas. Como el leproso, reconoce que tú también eres pecador, porque mientras no reconozcas tu debilidad te vas a negar a pedir ayuda y dejarte sanar.
A su vez, este texto te invita a ti también a tener misericordia y compasión con los leprosos que te rodean, porque la peor de las lepras es la falta de misericordia.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com 

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