V Domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 7 de febrero de 2021

Diócesis de Guadixhttps://www.diocesisdeguadix.es/
La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Este pasaje del Evangelio es continuación del pasaje de la semana pasada. Seguimos situados junto a Jesús en la localidad pesquera de Cafarnaún, en donde él ha intervenido con su palabra y ha sanado a un endemoniado en la sinagoga.

Después, acompañado de algunos discípulos, Jesús se dirige a la casa de Simón y de Andrés, tal vez fuese este el hogar en donde se hospedaba en aquellos días. En un ambiente familiar sana de fiebre a la suegra de Pedro y la incorpora de la cama. Los adelantos de la medicina de nuestro tiempo no son los de entonces. Pero la fiebre nos recuerda la debilidad del cuerpo y la indisposición que sentimos, en un estado febril, para llevar una vida con normalidad. En esos momentos no sentimos ganas ni fuerzas para hacer nada, estamos inactivos, dependemos de los demás. La acción de Jesús sobre esta mujer produce un cambio que permite que, una vez curada y levantada de la cama, atienda al huésped y pueda realizar su trabajo de servicio a los suyos. También nosotros necesitamos muchas veces que el Señor nos llene de energía y de ánimo para trabajar por el reino de Dios. La monotonía de los años y de las tareas, y tantos otros inconvenientes, nos pueden llevar a una cierta pasividad o apatía. Ya se notan también estos síntomas en algunos de nosotros a consecuencia de esta pandemia mundial que estamos padeciendo. Necesitamos que el Señor nos estimule, provoque en nosotros nuevamente el deseo por el reino de Dios y así podamos servirle a él como verdaderos discípulos.
Terminado ese encuentro familiar y finalizando el día, como en los pequeños poblados todo se hace público de inmediato y las noticias vuelan, son muchos los que se agolpan junto a la casa de Pedro para ser atendidos por el Nazareno en su variedad de necesidades. Tenemos enfermos y endemoniados que aspiran a ser sanados de cuerpo y de espíritu. Todo ello subraya la presencia ya del reino en medio de nosotros y pone de manifiesto el poder del Hijo de Dios.
Después del descanso nocturno, muy temprano comienza la jornada del Señor. Y comienza el día en oración, retirado en soledad y en silencio. En un mundo como el nuestro, de prisas y de carreras, de un activismo a veces frenético, este espíritu orante de Jesús nos llama la atención. A pesar de tener una agenda intensa de trabajo y de comunicación constante con los demás, desde el servicio y la entrega, él saca tiempo para estar con el Padre. La oración se nos muestra aquí como esencial. Jesús tiene tiempo para todo, y también para orar. La oración es más que una obligación, es una necesidad cuando el Padre se hace deseo en lo más profundo del corazón humano. Sin oración no hay una constantes conversión, una sana tarea evangelizadora ni una auténtica vida de entrega y servicio a los demás. Cuando no nos sostenemos en la oración ni en Dios, y todo se sostiene en nosotros, en nuestro ego…, terminamos desgastados, cansados y, cuando nos asfixian los problemas, terminamos, como se dice hoy, “quemados”. Jesús alterna la contemplación y la acción. Dentro de la Iglesia hay quienes sienten una llamada más fuerte a una de estas dos dimensiones, que han de estar presentes en cada bautizado, pero siempre, seamos más contemplativos o seamos más activos, todos necesitamos de la oración y de la caridad fraterna para ser verdaderos misioneros y testigos del reino de Dios.
Cuando Jesús se enteran de que la gente lo busca al amanecer, se traslada a otro lugar. No es una huida de los problemas de las personas, sino una evasión de quien no busca la fama, el reconocimiento, el acomodamiento… Jesús no se pone límites ni se encierra en un círculo de personas que lo han acogido bien porque han valorado sus prodigios. El desea seguir haciendo el bien, llegar a cuanta más gente mejor, estar siempre en camino. La Iglesia y el Evangelio han de ser universales, han de hacerse presentes en todos los rincones del planeta. Es la acción incansable de Cristo, y ha de ser también nuestro empeño. Vemos un Jesús itinerante, de un lugar para otro. Dios no se cansa ni para, porque su deseo es que todos se salven. Continuemos nosotros su sueño, su proyecto y su misión. No nos cansemos tampoco nosotros por muchas olas que tengamos en contra, por mucho rechazo que haya en nuestro tiempo a la palabra de Dios o por muchas incomodidades que nos encontremos en estos tiempos de pandemia. No estamos solos, Cristo nos acompaña en la oración.
Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com

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