
Entre mis frecuentes, gracias a Dios, contactos continuos con personas muy mayores en encuentros cotidianos, me topo con «unos ojos claros y serenos, alabados de un dulce mirar», que dicen antiguos madrigales. Son de una mujer muy, muy longeva, con casi un siglo de vida. Me dice: «Don Manuel, le voy a recitar un poema que me enseñó mi abuela»…, considerando su edad, el poema ha de tener unos doscientos años, los suyos y los de su abuela, yo me echo a temblar; pues a veces, las historias y poesías de los mayores son de todo menos breves. Este, para mi sorpresa, tiene solo dos versos admirables y fértiles. Me dice: «Pecador: si perdonas a tu enemigo, obligas al mismo Dios a ser tu amigo». Después, mi anciana con ojos de niña hermosa me pregunta: «¿Le gusta a usted?».
Bien sabe Dios que no sólo me gusta, sino me ha dado hechos varios sermones de esta cuaresma a cofradías de Granada, Darro o Huéscar, a retiros matrimoniales de los Equipos de Nuestra Señora de Granada o a feligreses de la parroquia y de las organizaciones Teresianas de Las Cuevas.
Estamos ante una originalísima omnipotencia humana. Podemos obligar al mismo Dios a ser nuestro amigo si perdonamos a nuestro enemigo, de suerte que el Señor se ha comprometido a amigarse con quien practica el perdón. El Padre Nuestro toma vida en quien pone en práctica la misericordia y disculpa para ser disculpado, comprende para ser comprendido y tolera para ser tolerado. Esta divina ecuación de sobrenatural matemática, establece un modo directo de unión con Dios cuyo trámite no puede ser más simple: Dios te perdona cuando tú perdonas.
Nuestras cofradías están, como toda la realidad humana, convocadas a esta misericordia, mayor amor, obediencia o resurrección, en razón directa de sus propios títulos. Tan sólo considerando cómo denominamos a Cristo o a María, poseemos argumentos de razón suficiente para saber si somos hermanos de la Virgen de los Dolores o de los dolores de la Virgen, de la Virgen de las Lágrimas o de las lágrimas de la Virgen, de la Virgen de la Soledad, o de la soledad de Nuestra Señora… perdonando, somos cofrades de María, sin comprensión nos constituimos en causa del dolor, lágrimas o penas de la Madre.
De manera, que ahí tienes.
Manuel Amezcua Morillas
Delegado episcopal de Hermandades y Cofradías. Guadix