Mensaje de Navidad

Mensaje del Obispo de Guadix, Mons. Ginés Ramón García Beltrán.

“Hoy, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador, el Mesías, el Señor. Y aquí tenéis la señal: encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre” (Lc 2,11-12).

Queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Estas palabras del evangelio según san Lucas nos traen la gran noticia de la Navidad: Nos ha nacido el Salvador. Nos alegramos porque por esta buena noticia hemos conocido el amor preferencial que Dios tiene por el hombre, no en vano es el único ser de la creación que ha sido amado por sí mismo. Y la muestra es que en nuestra naturaleza humana, el Creador ha querido plasmar su misma imagen, dotando a nuestra existencia de la dignidad propia de los que son de Dios.

La Navidad es fiesta de alegría, paz y ternura. Hacemos memoria del acontecimiento histórico que ocurrió hace más de dos mil años, al otro lado del Mediterráneo, en Belén de Judea, y que cambió el curso de la historia.

Como cada año peregrinamos espiritualmente a Belén para contemplar la escena entrañable: Un niño recostado en un pesebre y envuelto en pañales, bajo la mirada de María, su Madre y el bueno de José; y escoltado por un buey y una mula que dan calor al recién nacido. Esta es la señal nos decía el texto evangélico; no hay más señal de la Navidad que la de un niño envuelto en pañales, es la señal de la grandeza que se esconde en la humildad; un niño que necesita ayuda en su pobreza; un niño signo de inocencia y de esperanza. Esta es la Navidad.

Ante el Misterio que contemplamos en Belén, no cabe sino la adoración; el misterio de un Dios que se ha hecho hombre para mostrar al hombre su origen y su destino. Dios es nuestro origen y Él mismo nuestra meta; por el camino de la humanidad llegamos a Dios, porque el Niño de Belén ha abierto una senda que une a Dios con los hombres; un camino que sólo se descubre cuando se acepta que Dios es una realidad en la vida del hombre, que Dios es para el hombre una posibilidad siempre abierta, un horizonte amplio que lo hace mirar más allá, que ensancha el corazón.

El Misterio de la Navidad es el misterio del amor de Dios: “el signo de Dios es la simplicidad. El signo de Dios es el niño. El signo de Dios es que Él se hace pequeño por nosotros. Y este es su modo de reinar. El no viene con poder y grandiosidad externa, Él viene como niño(..) Y pide nuestro amor, por eso se hace niño” (Benedicto XVI. Homilía en la Noche de Navidad de 2006).

Así, Dios no enseña a amar lo pequeño, lo simple; no amar por apariencia sino de corazón. Y nos enseña también a amar a los pequeños, a los débiles. En la Navidad se nos manifiesta la importancia que tienen los niños, especialmente los que sufre, los explotados, de los que se abusan, los nacidos y los no nacidos.

Y es que Navidad es la fiesta de la Vida, la fiesta de la Humanidad. En Navidad el hombre descubre la verdad de su existencia; la grandeza de ser hombre.

En su Nacimiento Cristo se nos da como don y nos enseña que también nosotros hemos de darnos como don a los demás. Estos días son mucho más que los días en que toca cada años ser solidarios con los demás; no, es algo más, no se trata sólo de dar, sino que hemos de darnos, como a hace Dios en su Hijo, Jesucristo.

En estos días hemos de pedir un corazón sencillo y limpio para ver a Dios en medio de nuestro mundo, este mundo grande y magnífico, pero al mismo tiempo, un mundo que sufre y sangra por tantas situaciones de mal y de muerte.

Queridos amigos, Dios sigue naciendo en cada hombre y en cada situación, porque quiere seguir formando parte de la vida de los hombres; la humanidad le interesa a Dios,  no le somos ajenos.

Por eso, es Navidad cuando aprendo a ver a Dios en mi vida y en la vida del mundo. Navidad es, y puede ser, cada día. Navidad es presencia que llena las soledades; es silencio que denuncia tantos ruidos, llenos de palabras huecas y sin sentido; es ternura que cubre la agresividad y los odios que anidan en el corazón humano; es calor en medio del invierno de la pobreza y la marginación de una sociedad poderosa, que tiene los pies de barro, y la que tantos hombres y mujeres deja en la cuneta. Navidad es interioridad frente a tanta vanidad y frivolidad de vidas que se quedan en la superficie. Navidad es libertad, la de vivir en la verdad sobre Dios y sobre el hombre; es paz en un mundo enfrentado y dividido por la violencia siempre absurda y sin sentido. Navidad es amor, mucho amor de un Dios que se nos da.

Me vais a permitir que os pida algo: no matemos la Navidad; no la privemos de su verdadero sentido, no la vaciemos de su autenticidad más profunda. El Salvador viene para los que creen y para los que nos creen; para los que lo reciben y para los que no lo reciben.

En estos días añoramos a los seres queridos que ya no están entre nosotros; pero es el momento de abrir nuestra vida a los que vienen. Dios viene en cada hombre que nos necesita, y en este momento de la historia hay muchos hombres que nos necesitan. Abramos el corazón a aquellos que lo están pasando mal, hagamos que se sientan acogidos entre nosotros. Que cuando hoy viene el Señor, y viene en cada hermano necesitado, no encuentre todas las puertas cerradas, como en Belén; que encuentre abierta la puerta de mi vida para acogerlo.

A todos os deseo de corazón una santa y feliz Navidad del Señor, especialmente a vosotros que pasáis por un momento de debilidad por la pobreza, la enfermedad o la soledad.

Que el Niño de Belén os bendiga y os llene con su amor.

De corazón, ¡Feliz Navidad!

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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