Homilía Obispo de Guadix en el Domingo de Ramos

Homilía Obispo de Guadix, Mons. Ginés García, en el Domingo de Ramos.

HOMILÍA EN EL DOMINGO DE RAMOS

EN LA PASIÓN DEL SEÑOR

Guadix, 24 de Marzo de 2013

«Cristo, por nosotros, se sometió incluso a la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo levantó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre».

Con esta celebración, en la que hemos hecho memoria de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, comenzamos la semana más grande del año litúrgico cristiano. Siguiendo los pasos del Señor, iremos hasta el Calvario para ser testigos de su amor hasta el extremo; nos uniremos a su sufrimiento y a su muerte para poder compartir también su victoria, el gozo de su resurrección.

Jesús, como hemos proclamado en el evangelio de san Lucas, sube a Jerusalén. El camino de su vida terrena lleva a Jerusalén, la ciudad de David, el signo de las promesas que Yahvé hizo al pueblo elegido y que hoy cumple en su Hijo. El camino de Cristo es también el camino de los cristianos. Jesús, el autor de nuestra salvación, es imagen y modelo del camino de la humanidad. Por eso, haremos bien en mirar con atención, y en un clima de recogimiento y oración, el camino que la liturgia de la Iglesia nos presenta en estos días. Porque en la pasión, muerte y resurrección del señor está encerrado el misterio de nuestra propia vida, y en la luz de Cristo se ilumina nuestra propia existencia llenándola de sentido. Como afirma el concilio Vaticano II: «El misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado» (GS 22). Recorrer el camino pascual de Nuestro Señor es recorrer meditativamente el camino de nuestra propia existencias, es descubrir el sentido más profundo de lo que he vivido y vivo, también de lo que he de vivir en el futuro, y descubrir que todo tiene su sentido, que todo, en Cristo, me lleva a la salvación, como dice el apóstol San Pablo, «sabemos que a los que aman a Dios todo le sirve para el bien» (Rom 8,28).

La contemplación de los misterios de la pasión y muerte del Señor, que hoy hemos proclamado, se ve iluminada por la experiencia de San Pablo, que de un modo tan bello se nos transmite en el himno cristológico de la carta a los Filipenses. Este es himno es también Palabra de Dios. Es la revelación de Dios encarnada en la experiencia humana de Pablo de Tarso, que pide a los cristianos de Filipo, enfrentados por envidias y afán de ser los primeros, que tengan los mismos sentimientos de Cristo Jesús. Porque el Hijo de Dios no hizo alarde de su categoría, al contrario, se despojó de su rango y se hizo uno de nosotros, se identificó con nuestra humanidad hasta llegar a la muerte, y no a cualquier muerte, sino a una muerte ignominiosa, la muerte de los criminales. Así nos hizo participes de su victoria, porque sólo él es Señor. Es curioso, frente a una humanidad que ha cifrado el secreto de la felicidad en el ascenso, en la búsqueda de poder y en la autoafirmación de sí misma, mediante el recurso al dinero, al placer, a la posesión de bienes materiales y al destierro, como sea, del dolor y el sufrimiento, Dios ha elegido el camino del descenso, de la humildad que viene por la humillación. No hace alarde, porque sólo alardea el que no tiene lo que presume. Él es Dios y no necesita demostrarlo, lo único que quiere demostrarnos es que nos quiere, que nos ama con un amor infinito, que por nosotros, como haría cualquier amante verdadero, es capaz de entregarlo todo, hasta la propia vida. La fama, el qué dirán, el sentirme reconocido y valorado en lo que soy y en lo que hago, es vanidad que desdibuja la verdadera humanidad. La humanidad es sed de vivir en plenitud, es decir, según la vocación para la que fuimos creados; es la capacidad de ser para los demás, de compartir lo que soy y lo que tengo. Humanidad, en definitiva, es ser y vivir como criatura de un Dios que es amor y me llama al amor como único camino de realización y plenitud.

Desde esta experiencia, mis queridos hermanos, hemos de entender todo lo que vamos a celebrar y vivir en estos días. Desde el despojo de sí mismo, desde la entrega libre y hasta las últimas consecuencias, entraremos con corazón libre y bien dispuesto a celebrar la Pascua del Señor.

El relato de la pasión según San Lucas nos lleva a la experiencia personalísima del mismo Jesús; por decirlo con más claridad, nos lleva al corazón mismo de Jesús. Y el lenguaje del corazón sólo lo entiende el corazón. Esta Palabra del Señor quiere ir de corazón a corazón. Muchas cosas podríamos decir de la trama humana que sirve de hilo conductor del plan de Dios para salvarnos, incluso de los elementos teológicos y espirituales de la pasión, muerte y resurrección del Señor, pero no se trata de eso. Lo importante es entrar en este misterio sintiéndome protagonista en él. Todos somos protagonistas de esta historia, pues se realizó por nosotros, por cada uno de nosotros. La identificación con el Señor sufriente, crucificado y muerto en la cruz es el camino de la fe, el camino de la salvación.

La pasión y muerte de Jesús no es fruto del azar, de la trama humana de la historia; es, sobre todo, el cumplimiento del plan de salvación de Dios, plan proyectado antes de la creación y preparado a lo largo de la historia. Este momento es el de la plenitud de los tiempos. En el comienzo del relato hemos escuchado cómo Jesús habla del deseo de comer «esta comida pascual». Jesús no sólo sabe, también desea pasar por este momento, porque el amor no teme, el amor es arriesgado, el amor es sacrificado. Sólo se puede decir que se ama verdaderamente cuando se sufre por la persona amada, cuando el otro forma parte de mi vida, cuando no me da lo mismo si le va bien o le va mal. El amor quiere el bien del amado.

El amor de Dios, como nos muestra la Palabra que se nos ha proclamado, vive en nuestra historia, y no sólo en la historia universal, en la historia común, sino en nuestra pobre historia personal, en la tuya y en la mía. Es el amor que vence al mal, y lo hace llegando hasta lo profundo, a lo profundo del mal para sembrar allí el bien. Sólo el bien vence al mal. No lo olvidemos, ni nos engañemos, el mal sólo puede ser vencido por el bien. Los males personales y sociales no los venceremos con acuerdos o consensos nacionales o internacionales, no serán suficientes las medidas sociales tomadas por los poderosos; no se trata de volver a la situación anterior que nos engañó y nos trajo hasta donde estamos. No, el mal está en el corazón del hombre, es el corazón lo que hemos de cambiar, y sólo cambiará en el bien. Este el amor de Dios que celebramos en esta Semana Santa.

El mismo Señor nos dice: «Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve». Es su lección de para vivir como auténticos cristianos, y para recorrer el camino de fe de estos días en comunión con el Hijo de Dios, que por nosotros se entregó a la muerte y una muerte de cruz.

Ahora hemos de continuar celebrando la Eucaristía, memorial de la pasión, muerte y resurrección de Jesús, en comunión con María, la Virgen, con todos los santos y con la Iglesia que peregrina en este mundo entre pruebas y dificultades y los consuelos de Dios.

+ Ginés García Beltrán

Obispo de Guadix

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