Homilía en la ordenación de un diácono

Mons. Ginés García, Obispo de Guadix, en la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María.

Queridos hermanos sacerdotes.

Sres. Vicarios general.

Rectores de los Seminarios de San Torcuato de Guadix y San Fulgencio de Murcia y formadores

Sr. Cura Párroco y sacerdotes de la parroquia.

Querido hijo, Alfonso, que vas a recibir el Orden sagrado de diaconado.

Queridos familiares del nuevo diácono y los que lo acompañáis de otros lugares.

Queridos seminaristas.

Queridos consagrado, hermanos y hermanas en el Señor.

Ha sido la Providencia quien ha hecho coincidir esta ordenación de diácono con la solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Bendita Providencia que pone ante nuestros ojos, y especialmente ante los ojos del nuevo diácono, la figura preciosa de la Virgen Madre, por la que hemos recibido al autor de la Vida, Cristo Señor nuestro.

Será también esta misma fiesta la que, a través de la Palabra de Dios, nos irá mostrando el sentido más profundo del ministerio de los diáconos al que accede hoy uno de nuestros seminaristas

1 «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo». Estas hermosas palabras de Gabriel a la Virgen nazarena hoy resuenan en cada uno de nosotros con una fuerza especial. María es presencia de Dios en nuestra carne, es signo de salvación para todos los que acogen la Palabra en su corazón. La alegría de María es nuestra alegría si acogemos la voluntad de Dios con libertad y disponibilidad. Miremos cuál es la causa de la alegría de María. La causa de la alegría de María es que Dios está con ella. Jesús es la alegría de María. Sí, Jesús es la alegría de María, y tiene que ser nuestra alegría. Tener a Jesús, hacer lo que Él quiere es la mayor y la mejor causa de nuestra alegría.

La expresión del saludo del ángel «llena de gracia» es la explicación de la alegría de María. Ambas palabras, gracia y alegría, tienen la misma raíz lingüística. La alegría proviene de la gracia. La alegría brota de la comunión con Dios. María vive la alegría porque ha abierto su vida de par en par a la acción de Dios, se ha puesto en sus manos, sin límites. En María se demuestra que la alegría más plena está en la entrega total a los planes de Dios.

Una condición para vivir esta apertura con alegría está en la capacidad de escucha. María tiene una actitud de escucha, está atenta a los signos que nos hablan de la voluntad de Dios, es la mujer orante que espera paciente el cumplimiento de las promesas de Dios, y lo hace con la sencillez y el silencio del creyente que confía. Ese es el ejemplo de María que hoy, nuevamente, queremos recoger en el marco de esta celebración; ella se sometió libremente a la Palabra, a la voluntad de Dios, en la obediencia de la fe.

2. En el principio siempre hay una llamada. Dios llamó a Adán cuando estaba en el jardín, como llamó a María, una humilde mujer de Nazaret, y nos llama a nosotros, como nos ha dicho san Pablo. Sí, en el principio siempre hay una llamada. La iniciativa es de Dios, como es también su amor el primero. Todo lo que existe, también nosotros, fuimos elegidos por Dios antes de la creación del mundo. La realidad que nos envuelve, cada hombre, es fruto del amor de Dios. Todo ha salido de las manos de Dios, menos el mal y el pecado. Es conmovedor comprobar que cada uno de nosotros forma parte del plan de salvación de Dios. Nada se escapa a su amor.

Qué bien había preparado el Creador a la que había elegido para ser su Madre, preservándola de toda mancha de pecado en previsión de la Encarnación y de la Pascua del Hijo. «Purísima había de ser, la Virgen que nos diera al Cordero que quita el pecado del mundo», rezamos hoy en el Prefacio de la Misa.

Esta misma elección se realiza en cada uno de nosotros que hemos sido llamado a la vida de la gracia por el sacramento del bautismo; y entre los bautizados, algunos también llamados al ministerio ordenado, como Alfonso, nuestro hermano, que voy por la imposición de mis manos recibirá la gracia del sacramento del Orden. Los caminos de la existencia del hombre son complicados, muchas veces incomprensibles, pero si uno se deja llevar por Dios, si hace caso a su llamada, siempre encontrará la respuesta a lo que Dios quiere, a lo que nos tiene destinados. Basta, como María, fiarse y obedecer para que Dios realice en cada uno de nosotros su obra, como la quiere realizar en el nuevo diácono.

¿Por qué a mí y no a otro?, es la pregunta que muchas veces nos hemos hecho al considerar el misterio de la vocación. A esta pregunta, no hay respuesta, pues forma parte del misterio que se encierra en Dios. No se trata de tener aptitudes; la vocación no es un deseo que parte del hombre, sino una llamada sobrenatural, a la que se responde sin hacer muchas preguntas, como hizo la Virgen Santísima. «Llamó a los que Él quiso» (Mc, 3,3), nos dice el Evangelio para resumir el origen amoroso y misterioso de la llamada de Dios.

Querido hijo, esto ha de mover en tu alma un sentimiento de agradecimiento que llegue hasta la eternidad. No dejes nunca, cada día, de dar gracias a Dios por su llamada. Haz que tu corazón exulte de alegría por la predilección que Dios ha tenido contigo, y en medio de tu pecado y de la fragilidad no desees más que su gracia para ser instrumento suyo entre los hombres.

3. Nos eligió para que fuésemos santos. El fin de toda llamada es la salvación. El estado de vida de cada cristiano es un camino que nos lleva, al menos nos debe llevar, al encuentro con el Señor en el Cielo. Cada día hemos de vivir para buscar a Dios, para avanzar en el camino de la santidad, que es el deseo incansable de hacer la voluntad de Dios en nuestra vida.

Si todos los cristianos estamos llamados a la santidad, los ministros ordenados –obispo, presbítero, diacono- lo estamos por un título especial. Es verdad que somos pecadores, y que tenemos debilidades, por eso, cada día, hemos de pedir la gracia para ser y vivir según lo que somos. Nuestra persona, nuestra vida, está puesta en la atalaya de la Iglesia para ser signo, sacramento de la presencia de Dios delante del pueblo. La santidad en nuestra vida no puede ser algo extraordinario, sino lo más ordinario. El mismo Jesús le dice a Pablo: «Te basta mi gracia» (2 Cor 19,9).

El libro del Génesis nos ha recordado que el mal es consecuencia de una vida apartada de los planes de Dios; cuando se arrincona a Dios, cuando se le excluye de la vida del hombre, llega el mal y marca una existencia sin Dios, sin horizonte. La estrategia del demonio es la mentira que exagera y confunde, desorienta y desconcierta. El Maligno pretende hacernos ver que el mal no es tan malo ni el bien tan bueno, así nos invita a relativizar. De esta tentación ninguno estamos dispensados. Y no caigamos en la trampa de pensar que esto nunca me ocurrirá a mí, mientras acuso a los demás Somos pecadores, también nosotros hermanos sacerdotes, por eso hemos de luchar contra el mal a fuerza de bien. Hemos de poner los medios que Jesucristo ha dejado a su Iglesia. Sabemos que en el origen del pecado está también el anuncio de la salvación que se ha realizado por una mujer. Vivir la centralidad de Dios en la vida es el principio que arroja de nosotros el mal.

Querido Alfonso, nunca te sientas seguro de ti, ni pongas la confianza en tus fuerzas. Que sea el Señor tu delicia, el centro sobre el que gira cada segundo de tu existencia. Para ello no olvides la oración diaria delante del Señor, oración que escucha y dialoga con el Amigo, oración apostólica que pone ante el Maestro la suerte de tu pueblo. Lee y medita la Palabra para ser antes que anunciador testigos, sólo transmiten de verdad los testigos que han gustado y experimentado lo que ahora anuncian. Participa cada día en la Eucaristía que será tu alimento, vive y saborea el don de la presencia del Señor que ha querido quedarse con nosotros. Acude con frecuencia al Dios de la misericordia, mediante el sacramento de la Penitencia; la experiencia del perdón de Dios es la garantía de un ministerio fiel y fecundo, porque en el dolor de haber pecado encontrarás la misericordia que los demás esperan de ti. Reza siempre la Liturgia de las Horas unido a toda la Iglesia, aunque lo hagas en la soledad, en ella encontrarás el bálsamo que hará suave el ejercicio del ministerio que hoy recibes. Una vida espiritual seria y encarnada hará que vivas en presencia de Dios; así toda tu vida, lo que eres, tienes y haces será testimonio para los que te rodean.

En este ministerio para el que ahora eres ordenado, has de vivir de modo célibe. El celibato es la expresión de un corazón indiviso. No permitas que esta condición de tu vida se convierta en una carga pesada; lo que es don no puede ser una carga. Puede ser que algunos no te comprendan, incluso que tu corazón humano, en alguna ocasión, encuentre también dificultades para aceptar una vida célibe, siempre abrázate a la cruz del Señor y pon en Él tu gozo y tu recompensa, Dios nunca falla. El dicho popular: «Cuídate y te cuidaré» es oportuno; apártate de lo que no te conviene y vive en coherencia lo que eres, el Señor pondrá lo demás. No olvide nunca, querido Alfonso, que en la vida cualquier cosa sólo alcanza sentido por el amor. Si el celibato no es por amor no tiene sentido, sólo se deja un amor por otro mayor, solo se renuncia a lo penúltimo por lo último.

4. Al recibir la llamada de Dios y aceptarla, María dejó de poseerse, se convirtió en la Esclava del Señor. Los ministros ordenados no nos pertenecemos, somos del Señor. La vocación siempre conlleva la misión. Somos llamados para ser enviados.

Hoy, este joven, por la imposición de las manos del Obispo y la oración consecratoria se convierte en sacramento de Cristo, Siervo de los hombres. Su persona se ha de identificar con Cristo teniendo sus mismos sentimientos. Como Cristo vino a servir y no a ser servido, Alfonso ha de hacer de su vida un servicio al pueblo que el Señor le encomienda; ha de cuidar con mimo a cada uno de los que se acercan a su ministerio y salir a buscar a los que todavía no han descubierto lo bueno que es el Señor.

Querido Alfonso, no te olvides nunca de los pobres. Que la acogida, la cercanía y la misericordia para los que te necesitan sea un distintivo en tu vida. Aprende a ver en el rostro de los pobres, los marginados, los enfermos y los que están solos el rostro del Señor Jesús.

Nuestro ministerio es un oficio de amor, decía san Agustín. Si el ministro no ama a su pueblo poco tiene que hacer. Hemos de amar al pueblo encomendado como Dios lo ama. Son muy iluminadoras las palabras del Papa Francisco: «Todo ser humano es objeto de la ternura infinita del Señor, y Él mismo habita en su vida. Jesucristo dio su preciosa sangre en la cruz por esa persona. Más allá de toda apariencia, cada uno es inmensamente sagrado y merece nuestro cariño y nuestra entrega. Por ello, si logro ayudar a una sola persona a vivir mejor, eso ya justifica la entrega de mi vida» (EG, 274). Cada persona es digna de nuestra entrega.

El amor a la Iglesia, a nuestro pueblo, significa amor a esta Iglesia concreta y a este pueblo concreto. En este sentido hemos de vencer una doble tentación que se puede dar en nuestra vida de ministros ordenados: la condición y el futuro. Tenemos la tentación de poner condiciones: si fuera en otra diócesis, si tuviera otra parroquia, si la gente fuera más receptiva y más cercana. No hemos de dar ni darnos con un sí condicional, hemos de entregarnos por entero a esta iglesia, a esta parroquia y a esta gente; de lo contrario siempre tendremos motivos para hacer lo mismo. La otra tentación es el futurible: cuando esté en una parroquia mejor, pues entonces no harás nada si no lo haces aquí. No enterremos el Evangelio, ni nuestro ministerio, en excusas. Nada de lo que hagamos, por pequeño que sea quedará sin dar fruto. Hemos venido a entregar toda nuestra vida, y hemos de hacerlo sin condiciones.

Volvamos nuestra mirada a la Virgen Inmaculada, y pidámosle que acompañe el camino que ahora comienza Alfonso, que Ella acompañe también el camino de la Iglesia para que sea fiel al Señor que la llama y la envía a ser signo de su amor. Que la juventud y la hermosura de la Madre de Dios llene el corazón de los jóvenes para que estén bien dispuestos a escuchar la llamada del Señor.

+ Ginés, Obispo de Guadix

Huéscar, 8 de diciembre de 2014

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