IV Domingo de Cuaresma. Ciclo B. 14 de marzo de 2021

Diócesis de Guadixhttps://www.diocesisdeguadix.es/
La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

En este Domingo de Cuaresma, conocido también como “Laetare”, de la Alegría, nos encontramos con el relato de Juan en el que se desarrolla un diálogo entre Jesús y el anciano Nicodemo, personaje que sólo aparece en el cuarto autor de los evangelios.

Nicodemo es una de las pocas personas mencionadas en los evangelios que pertenecen a la institución religiosa judía, del que se nos dice que era fariseo, es decir, que buscaba la perfección a través del cumplimiento de la Ley de Moisés, y que era “jefe judío”, es decir, que pertenecía al Sanedrín, el Consejo Supremo judío, constituido por 71 personas bien conocedoras de la Sagrada Escritura, y que era el encargado de administrar la justicia, siendo también un órgano de poder religioso y político como aparece en el relato de la Pasión del Señor. Nicodemo acude de noche, en secreto y a escondidas, al encuentro con Jesús con el que mantiene un diálogo, de maestro a maestro. La noche posiblemente más allá de la noche física también se refiera a la noche espiritual, la noche de la oscuridad de la fe de quien no entienden o comprenden.
Este diálogo tiene una enorme carga teológica, aunque el texto que meditamos hoy es una parte de ese diálogo que corresponde a la intervención de Jesús, por lo que se nos queda en un monólogo.
Comienza haciendo referencia a otro texto del libro de Números que hace referencia al momento en el que Moisés, por encargo de Dios, hace una serpiente de bronce que se eleva sobre un mástil y que con solo mirarla muchos israelitas eran salvados de las picaduras de las serpientes venenosas del desierto, convirtiéndose en un anticipo de ese otro momento en el que Jesús, el Hijo de Dios, es elevado en la cruz como el Salvador universal que nos da vida y nos libra de la muerte a la que nos lleva el veneno de nuestros pecados. Jesús también es elevado en su resurrección, porque en Juan la cruz es el inicio de la glorificación.
Una gran verdad de fe muchas veces olvidada es que el amor de Dios por el mundo y por la humanidad es universal y ha quedado más que demostrado en la cruz, donde nos entrega a quien más amaba, a su Hijo. Es la gran prueba y demostración del amor de Dios por nosotros. Un amor a lo grande, de locura y sin medida. La fe en Jesús es donante de vida para el creyente, de esa vida que no termina con la muerte, sino que se prolonga en la eternidad. El amor inmenso de Dios por ti y por mí también se hace evidente en que nos regala y nos hace formar parte de esa vida eterna. El amor de Dios no condena destructivamente a su criatura más amada, el hombre, sino que ha venido a recuperarlo de su perdición y a hacerlo más grande. La fe en Jesucristo está unida a la salvación. Dicho de otra manera, la fe es el camino que lleva a la salvación. Dios es amor y su amor es origen y productor de vida. Y hoy has de sentir que nadie te ama como Dios, que se desprendió de todo por ti, que lo ha dado todo por ti en su Hijo.
Siglos después nosotros seguimos creyendo en quien un día fue crucificado. Muchos lo miran y no lo entiende, menos en un mundo donde la felicidad se busca por medio de los placeres mundanos. Pero los cristianos cuando adoramos la cruz no defendemos el sufrimiento ni la muerte sino el amor, la cercanía y la solidaridad de un Dios que ha querido compartir nuestra vida y nuestra muerte hasta lo más profundo. Por amor se sufre, cuando se ama de verdad hay momentos que el amor te duele. Ese amor se convierte en esa fuerza que libera, que te hace madurar, que te purifica y que te engrandece. Y es ahí donde está la grandeza de la cruz, de tu propia cruz. No todas las cruces salvan. La que salva es aquella que procura que la cruz del otro sea menos pesada, la del que prefiere sufrir antes que hacer sufrir, la del que sufre simplemente porque ama. Esta es la cruz del Señor, la cruz que da vida y que te hace fuerte. Esta debe ser también tu cruz.
Dios es la Luz, es el Amor, la Verdad y la Vida, y se acerca al hombre a través de Jesús, para iluminarlo, salvarlo, transformarlo. Así le ocurrió esa noche a Nicodemo, que quedó impregnado de esa Luz, de ese Amor, de esa Vida y de la única Verdad.
Juan juega mucho con un lenguaje simbólico para reflexionar sobre realidades que forman parte del misterio. Nos habla de la luz y de la oscuridad o tinieblas. Quien te ilumina es Cristo y quien te oscurece es su ausencia o el estar lejos de él. La fe nos lleva a la luz e ilumina toda nuestra vida y actos. Alegrémonos de haber nacido a una nueva vida por el bautismo, de poder estar cerca del que es la Luz y de poder amar al que es el Amor y la Vida.

Emilio José Fernández, sacerdote
http://elpozodedios.blogspot.com/

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