

Fonelas ya late distinto. Se nota en el ambiente, en las calles, en el silencio orante de su gente. Se acerca su día grande, su esperado Viernes de Dolores, y el pueblo entero se está preparando con un septenario que está siendo, sencillamente, sobrecogedor, fervoroso y multitudinario.
Cada tarde, la iglesia se llena. No es solo asistencia: es fe viva. Es un pueblo que se reúne para mirar a su Madre, para rezar con Ella, para aprender a sufrir con esperanza. El septenario en honor a la Virgen de los Dolores está congregando a numerosos fieles que, con recogimiento y emoción, acompañan a María en sus siete dolores.
Distintos sacerdotes de la diócesis están pasando cada noche por Fonelas. Sus palabras, sencillas y profundas, están ayudando a poner nombre al dolor, a iluminar las heridas, a recordar que el sufrimiento, unido a Cristo, nunca es estéril. Cada celebración se convierte en un momento de gracia, de consuelo y también de conversión.
Pero hay algo más. No es solo lo que se escucha. Es lo que se reza. Cada día, el pueblo medita los dolores de la Virgen. Y en ese ejercicio humilde y constante, muchos están descubriendo que María no es una figura lejana, sino una Madre que comprende, que acompaña y que sostiene en los momentos más duros.
Fonelas no solo está celebrando unos cultos. Está viviendo una experiencia de fe profunda. Está dejando que el corazón se ablande, que las lágrimas hablen, que Dios actúe.
Y así, paso a paso, día a día, el pueblo se encamina hacia su Viernes de Dolores. No como una fecha más, sino como un encuentro esperado. Porque cuando un pueblo reza unido, cuando mira a María con verdad, algo cambia por dentro.
Fonelas ya se está preparando. Y se nota. Se siente. Se vive.
Tito Martínez Heredia

