

En el recuerdo agradecido de una tarde de emoción en Pedro Martínez, cuando el obispo entregó la bendición papal a mis padres por sus cincuenta años de casados
La vida de la Iglesia se teje con vocaciones, familias y fidelidades que se sostienen mutuamente. En ese horizonte de gratitud y esperanza, quiero compartir esta noticia sencilla, pero profundamente elocuente: también los padres de los sacerdotes, en esta ocasión mis padres, celebran con alegría y fe sus bodas de oro matrimoniales.
Esa celebración de bodas de oro tuvo lugar el 29 de junio, pero, el pasado sábado 10 de enero, en la Solemnidad del Bautismo del Señor con la que se ponía fin a la Navidad, durante la Misa de las Confirmaciones y la bendición de las nuevas ministras extraordinarias de la Comunión, de Pedro Martínez y Alamedilla, se volvió a revivir. Esa tarde, mis padres, Juan Diego Tapia Quiles y Remedios Pérez Cano, recibieron por sorpresa una especial bendición del papa León XIV, entregada por D. Francisco Jesús, obispo de Guadix, con motivo de sus 50 años de matrimonio.
El obispo conocía que, en pleno Año Jubilar, el pasado 29 de junio, el matrimonio había celebrado sus bodas de oro, tal como ya hicieran hace 25 años con las bodas de plata. Por ello, y aprovechando su visita a la parroquia de Pedro Martínez, quiso entregarles este significativo regalo: una bendición que reconoce una vida compartida, entregada y fecunda.
Para mis padres, Juan Diego y Reme, el 10 de enero fue una sorpresa entrañable y, al mismo tiempo, un volver a hacer presente el júbilo vivido meses atrás. El recuerdo del 29 de junio volvió con fuerza: una jornada marcada por la alegría, la renovación de las promesas matrimoniales, el abrazo de familiares y amigos, y la oración agradecida. Una oración que se elevó por todos —por los presentes y por quienes ya han partido— confiándolos al Padre Dios de la vida.
La alegría de entonces y la de ahora se entrelazan. La de entonces, nacida del camino recorrido juntos durante medio siglo; la de ahora, renovada por el gesto de la Iglesia que bendice, acompaña y da gracias.
Ambas hablan de una fidelidad discreta y luminosa, de un amor que ha sabido crecer con los años y de una familia que ha sido y sigue siendo cuna de vocación y servicio.
Que este testimonio anime a nuestras comunidades a reconocer y celebrar esas historias silenciosas que sostienen la fe y la esperanza de la Iglesia.
Juan Diego Tapia
Párroco de Pedro Martínez y Alamedilla

