
Con este relato de la visita de Jesús a su aldea familiar de Nazaret, Marcos clausura esta primera etapa de la vida pública y de misión de Jesús, que ha consistido en el anuncio del Reino de Dios, con parábolas y milagros. Esta primera etapa de evangelización se inició y se desarrolló en la región de Galilea, tras su bautismo en el río Jordán.
Jesús está pasando unos días de convivencia familiar en Nazaret, acompañado de sus discípulos, y, como buen judío, visita la sinagoga el sábado, como día dedicado a Dios y de oración. Su discurso y palabras, más que despertar entusiasmo y admiración en sus oyentes, provocan el rechazo y la incomprensión de sus paisanos.
Los nazarenos conocen a Jesús desde niño y saben bien quién es: el hijo de María y del carpintero. Uno más de ellos y como ellos. Al no ver más allá de la parte humana de Jesús, los familiares y amigos de toda la vida se quedan en su pasado y no pueden reconocer su grandeza como Hijo de Dios.
También nosotros esperamos ver en Jesús su grandeza extraordinaria para creer en él como el verdadero Hijo de Dios, pero precisamente Dios no se revela siempre de manera portentosa, sino que lo hace de manera oculta, como lo hace en la debilidad de un hombre que será clavado en una cruz y que morirá de la manera más terrorífica. Sin embargo, quienes han tenido fe en él, lo que más les ha seducido ha sido sobre todo su humildad, su entrega y su amor llevado al extremo siendo un hombre como nosotros y al mismo tiempo siendo el Dios que muchas veces pasa desapercibido.
Emilio J. Fernández, sacerdote
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