

En el corazón de su Evangelio, Mateo coloca las bienaventuranzas: una proclamación mesiánica, un anuncio de que el Reino de Dios ha llegado.
Jesús se encuentra en la montaña, lugar bíblico en el que Dios se revela y en el que también Moisés escribe el decálogo (los diez mandamientos).
Sentado, como hacían los maestros de la época, y rodeado de la multitud, el Maestro enseña a sus seguidores, a todos nosotros.
Mateo en las bienaventuranzas nos va dando las claves que conducen a la verdadera felicidad, tan añorada por todo ser humano. No se trata de un cambio de orden social ni de situaciones concretas, sino de unas actitudes que han de encarnar los destinatarios del Reino de Dios, aunque sean pobres, hambrientos, perseguidos…
En cada una de las bienaventuranzas hay una tensión entre la situación presente y la que está a punto de brotar. Se va a producir un cambio porque la situación que vivimos no es la que Dios quiere.
Jesús muestra las bienaventuranzas desde su propia experiencia personal junto a los pobres, marginados y dolientes de los que siempre se ha rodeado. Pero en otro monte, el Calvario, las va a vivir todas en primera persona, crucificado.
Las bienaventuranzas son un compromiso con los demás y un canto a la esperanza.
Emilio J., sacerdote

