

Jesús, después de nacer y de regresar con su familia a Nazaret, vivirá y crecerá como todo judío practicante hasta hacerse adulto. Este periodo de años que no se mencionan en los evangelios se conoce como la vida oculta de Jesús.
Mateo sitúa en su evangelio el bautismo de Jesús como un antes y un después de su vida, como un momento decisivo: el inicio de su misión y vida pública.
Juan el Bautista cree que el Mesías es un enviado de Dios grande y poderoso; y Jesús viene como enviado de Dios en humildad y servicio, es el Siervo de Dios. En el diálogo entre ambos se observa el desconcierto de Juan que ve cómo Jesús, siendo superior y más grande, se deja bautizar por él.
El cielo se abre porque con Jesús en medio de los hombres el cielo y la tierra se unen y Dios se revela de manera trinitaria. Jesús, el Hijo de Dios, recibe la presencia del Espíritu Santo que lo unge y permanecerá con él en su misión de anunciar el Reino de Dios. Dios Padre confirma que Jesús, su “Hijo amado”, es su verdadero enviado y que todo lo que hará a partir de ahora será en su nombre, aunque nos cueste entenderlo por sus formas de obrar.
Nuestro bautismo es un nacer a la fe que nos hace experimentar que somos hijos amados de Dios. Sin esta experiencia vital y existencial, nuestra vida cristiana no tiene sentido.
Emilio J., sacerdote
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