“Del camino he aprendido tantas y tantas cosas…”, testimonio de Rocío López, de Baza

Diócesis de Guadixhttps://www.diocesisdeguadix.es/
La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Tan solo han pasado unos días desde que regresé de mi primer Camino de Santiago y ya estoy empezando a asimilar la experiencia tan grande que he tenido, tanto con Dios como con las personas.

Era 28 de Julio, llegaba el día en el que todos preparábamos la mochila y la llenábamos de ilusiones. Partí de Baza a Guadix. En el trayecto empecé a conocer a personas que hoy considero grandes amigos. En Guadix, tuvimos un acto de despedida en el que le pedimos a Dios que nos diera esa fuerza que necesitábamos para recorrer el camino. Y así fue, Dios nos la dio. Comenzó el largo viaje en autobús desde Guadix a Samos. Tenía el corazón lleno de alegría al reencontrarme con amigos que me daban ánimos para empezar a caminar. A pesar de las pocas horas que dormimos en el autobús, teníamos la fuerza para realizar nuestra primera etapa y llegar a Sarria; esa fuerza que demostrábamos en canciones, en risas, en bromas y en ánimos.

Recuerdo la primera oración de la mañana como la más especial. Aquella mañana estábamos rodeados de naturaleza, de un olor característico y de personas especiales que te quitaban el sueño con alguna broma. Cuando empezaba a caminar me daba cuenta de que no estaba sola, estaba rodeada de mis amigos, de sacerdotes y de gente que fui conociendo a lo largo del camino. Todos caminábamos por alguna razón, pero nuestra auténtica meta era llegar hasta Santiago con la ayuda de Cristo. No nos importaba que la cuesta tuviese demasiada pendiente, ni el cansancio, ni el peso en nuestros hombros, ni las ampollas, ni nada de eso, porque con la ayuda de todos pudimos llegar a Santiago. Recuerdo nuestra segunda etapa, cuando ya parecía que habías llegado a Porto Marín te encontrabas con un montón de escaleritas y pensabas: »No puedo»; pero si podías. En ese instante te preguntabas qué fuerza era la que te impulsaba a seguir. Al principio los jóvenes como yo sólo queríamos disfrutar al máximo, pero etapa a etapa nos dimos cuenta de que lo más importante de cada día estaba en la Eucaristía que celebrábamos con don José Antonio. Allí encontrábamos al Señor y le agradecíamos haber podido cumplir una etapa más. Pasaba el tiempo muy rápido, ya habíamos superado Porto Marín, Palas del Rey, Melide.

A lo largo de este viaje, no todo fueron buenos momentos, algún dolor de estómago, aunque no fuera tuyo, te hacía estar triste y preocuparte más por el otro que por ti mismo. Surgió el encuentro con valores como la empatía. Aunque no tuvieses nada con lo que ayudar y te costase, sacabas esa sonrisa para hacer feliz al otro.

Llegó la quinta etapa. Cada paso que dabas te parecía aún más duro que el anterior por el cansancio acumulado de tantos días, pero sin apenas pensarlo seguías caminando para alcanzar la meta. Llegamos a Arzúa y allí nos alojamos en el Pabellón Municipal, donde estaban unos jóvenes del Colegio de la Salle. Celebramos misa en el propio pabellón, y es donde te dabas cuenta de que lo importante no era el lugar sino el motivo que nos reunía allí. Encontré a más jóvenes como yo. Aunque tuvieran otros gustos y preferencias, nos unía Cristo.

Llegó la penúltima etapa hasta O Pedrouzo, y con ella, más ganas de llegar a Santiago pero no de que se terminara esa experiencia.

Cuando estás en la última etapa te das cuenta de que llevas todo el año esperando el Camino de Santiago y cuando llega pasa como un parpadear de ojos. Pero en ese parpadeo te llevas varias cosas que van a servir a lo largo del camino de tu vida.

Del camino he aprendido tantas y tantas cosas. He aprendido que para llegar a la meta tienes que sufrir, siempre hay que ponerse en el lugar del otro y, pase lo que pase, siempre hay que estar alegre. Una de las mejores cosas de esta experiencia ha sido sentir en cada paso del camino la presencia de Él, y sobre todo ver como gente que al principio no es creyente se da cuenta de que lo necesitan en su vida.

En el monte Do Gozo nos reunimos todos para recorrer esos últimos 4 kilometros y llegar juntos a Santiago. Parecía que nunca llegaríamos, pero ya estábamos entrando a la plaza del Obradoiro, entre canciones, risas y aplausos. Aunque nuestras rodillas, nuestros pies y todo nuestro cuerpo se resentía, allí estábamos dando saltos y gritando: »¡Esta es la juventud del Papa!». Los cantos terminaron en un abrazo con aquellas personas que hicieron el Camino con nosotros y decíamos al oído: »¡Enhorabuena!». Fue un abrazo de agradecimiento a todas esas personas que sin su ayuda no hubiera sido posible llegar hasta Santiago.

Después llegaba lo mejor, la misa del peregrino y el abrazo al Santo Apóstol. La obtención de la compostelana hizo llenarme de alegría y ver plasmado todo mi esfuerzo. El momento más emotivo fue cuando te arrodillas ante la tumba del amigo de Cristo, Santiago y un escalofrío recorre todo tu cuerpo.

Doy las gracias al Secretariado de Infancia y Juventud de la Diócesis de Guadix y a todas las personas que han hecho posible este viaje.

En el Rocío ya formamos una familia, y ésta sigue creciendo cada día un poco más gracias a Dios. Espero que lo vivido en el Camino no se quede en el olvido y que nuestra fe y amistad siga creciendo. No os olvidéis de rezar por los peregrinos que inician su Camino.

Gracias a todos por hacer este camino inolvidable y uno de los mejores viajes de mi vida.

En Baza a 10 de Agosto del 2014.

Rocío López Domene,

Estudiante de segundo de Bachillerato. Baza

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