Cuarto domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo B. 31 de enero de 2021

Diócesis de Guadixhttps://www.diocesisdeguadix.es/
La diócesis de Guadix es una sede episcopal sufragánea de la archidiócesis de Granada, erigida en 1492 y, según la tradición, procedente de la diócesis de Acci, fundada por San Torcuato en el siglo I. Su sede es la catedral de Guadix.

Jesús sigue en la región de Galilea y se encuentra con sus discípulos en la localidad pesquera de Cafarnaún, junto al lago Tiberíades. Allí solían ir periódicamente como lugar de descanso y para pasar unos días. El relato de hoy sucede en la sinagoga, edificio de oración al que acudían los judíos, especialmente el sábado, para escuchar y meditar la Sagrada Escritura y sus enseñanzas.

Jesús es admirado por los que se han reunido en la sinagoga, porque sus palabras tienen una enorme fuerza y carga de autoridad: la que se tiene cuando se habla desde el corazón y cuando te acompaña la coherencia, al aplicar a tu vida lo que dices hasta llevarlo a la práctica y a las últimas consecuencias.

Hasta aquí todo correcto, pero se van a juntar dos hechos que lo van a cuestionar ante la mirada observadora de los que miden cada uno de sus pasos, de sus palabras y de sus actuaciones. El sábado se considera un día sagrado dedicado a Dios y, por lo tanto, según la Ley, no se podía trabajar ni realizar actos que requiriesen esfuerzo físico. Jesús parece no respetar este precepto cuando se atreve a atender a una persona necesitada, y no será la única vez que actúe así. Se siente tan libre que da preferencia al ser humano, porque viene a enseñarnos que la misericordia divina no tiene barreras, ni líneas rojas, ni tiene espera. Hacer el bien es un precepto, siempre que se pueda, que alguien te lo pida o lo necesite.

Jesús aparece como libertador que rompe las cadenas de quien se siente oprimido por el mal, de quien necesita recuperar la salud espiritual y de quien necesita volver a sentirse libre. Pero es el libertador porque tiene poder sobre el mal y sobre quien lo representa. Jesús es el Bien que vence al Mal y al Maligno. Todo el que está dominado por el mal rechaza a Dios, lo desobedece y se convierte en un peligro para la sociedad, porque provoca la división, el odio y la destrucción.

Ante este exorcismo de un endemoniado, Cristo está manifestando y revelando su naturaleza divina, porque es más que un profeta, porque hace cosas que no las puede hacer nadie más que Dios. Pero a su vez está haciendo visible que el reino de Dios ha llegado con él, ya que el bien y la misericordia divina es un hecho palpable entre los hombres y en los lugares en donde el Hijo de Dios se hace presente.

Nosotros también necesitamos ser liberados de nuestros pecados, que nos llenan de mal y nos corrompen, que nos impiden ser libres y que nos impiden estar cerca del bien y de lo sagrado, mediante lo cual Dios nos santifica.

El amor y la misericordia hacia el otro nos empujan a la acción y a la defensa del bien. Cuando Cristo está en mí y yo me siento su discípulo, el otro, mi prójimo, no sólo es persona: es, ante todo, un hijo de Dios y mi hermano, por lo que no puedo ser indiferente o mirar para otro lado cuando sufre, va por mal camino, solicita ayuda… Hacer el bien no tiene calendario ni días fijados. Y la fe verdadera nunca nos aparta del otro ni nos impide amarlo, más bien todo lo contrario. Fe y buenas obras van de la mano para vencer al mal.

La oración es la escucha de la Palabra de Dios, los sacramentos son la presencia de la gracia del Señor en nuestras vidas y la caridad fraterna purifica el corazón de los egoísmos. Necesitamos estas de tres medicinas para vencer al mal que nos acecha y para santificar nuestra vida.

Emilio José Fernández, sacerdote

http://elpozodedios.blogspot.com/

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