Testimonios de fe en la cárcel

El pasado 28 de junio, una treintena de personas, presos del Centro Penitenciario de Albolote recibieron el Sacramento de la Confirmación en una celebración presidida por el Arzobispo, Mons. Javier Martínez. Según los testimonios que les ofrecemos a continuación, que nos han remitido los mismos presos, fue una celebración muy emocionante y un momento en el pudieron sentirse libres entre los muros de la cárcel y que les ha ayudado a tener paz y tranquilidad ante el gran sufrimiento de no tener libertad.

Fue un motivo para mí mágico, por una hora y poquito que duró, yo personalmente no me sentí encarcelado. Nunca me he considerado una persona que debiera esconder su condición de preso. Por delante estaba mi fe, saber que Jesucristo fue un cautivo también, inocente, juzgado al igual que yo pero con la diferencia que era inocente, siendo su pena la muerte que sirvió para nuestra redención.

El ratificarme en la fe en él, en Dios, en María, en lo que una vez, me hicieron de pequeño en el Sacramento del Bautismo, pero esta vez, siendo yo mismo el que respondía mi renuncia al mal que dicho sea de paso en mi corazón de preso no hay mal, y sí a Dios.

Cuando el señor Arzobispo me ungió, me impuso las manos, noté el amor, la paz, el sosiego de mi alma y sin querer brotaron de mis ojos las lágrimas lógicas a tan bella sensación. Lágrimas por mi padre fallecido al que por la magia de ese día note a mi lado, por mis hijos y sus madres, por mi pobre madre enferma y lo más importante… porque me sentí perdonado por primera vez en mucho tiempo. Aunque mis delitos no fueron de sangre, sino económicos, pasé por 17 causas de estafa, declarándome culpable en todas y cada una de ellas como creía que marcaban los cánones de la educación y moralidad recibida por mis mayores, mi conciencia no estaba en paz. Hasta ahora, me siento perdonado, y sé perdonar.

Desde el día de mi Confirmación, cada noche desde la soledad de mi celda miro al cielo, que a él no se le ponen ni muros, ni barreras, ni alambradas, siendo común para todos, los de dentro y los de fuera. Doy gracias a Dios por sentirme arropado en él, a María por ser mi madre y la de mis hermanos, que sé que vela por nosotros. Me siento persona, me siento vivo. Me siento un preso, pero con la tranquilidad de tener el alma arropada por el amor de Dios. AMOR, mucho AMOR, que compartí con mi compañero preso José Luis cuando al término de la ceremonia nos fundimos en un eterno abrazo. Doy gracias a Don Evelio y Sorín, capellanes de prisión, confesores y amigos, a Doña Vicky, nuestra catequista, que supo prepararnos también para este momento y a todos los voluntarios y voluntarias que nos acompañan, siendo a veces ya de nuestra familia.

El 28 de junio del 2014 me sentí libre siendo un preso cautivo. Tuve la suerte de ser elegido para escribir una oración a María, que fue leída en el Sacramento de ese día, y dice así:

Ave María del Cautivo

Ave María

María, reina del firmamento

atiende mi súplica

que brota de un corazón prisionero

Ave María

Que mi familia no sufra en lamentos

que tu hijo Jesús los proteja

que mis hijos sonrían jugando

aunque su padre esté tras estas rejas

y por eso por las noches te rezo llorando

para que mi alma vuele al alba

siempre amparado por tu manto

Ave María

Tu hijo también sufrió cautiverio

sufriendo la pena de una madre buena

como la mía, que te reza un lamento

porque sabemos que tú eres la puerta

junto con tu hijo que me da aliento

que vosotros vida y esperanza plena

sois y seréis los que acompañen mi camino

camino de fe, de rezos al cielo, camino a la libertad

libertad que ahora siento, porque sé que os tengo.

Alfonso Mendoza Gómez

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La experiencia de haber tomado la confirmación ha sido muy positiva, y a la vez agradable. Era necesaria en mi vida.

Por desgracia mi vida pasada era bastante mala, llena de oscuridad y sufrimientos. No tenía sentido, estaba vacía. Ahora he elegido a Jesús en mi vida, y Él me ha dado la oportunidad de conocerlo. Me ha rescatado de todo lo que me tenia atrapada y me ha salvado. Mediante la oración, la lectura y el cumplimiento de su Palabra, le he dejado entrar en mi vida. La confirmación ha fortalecido mi fe. Ha sido y es un paso más, que como cristiana he deseado dar.

El día de la confirmación, cuando el Señor Obispo, me ungió, sentí paz y seguridad. Y desde entonces, veo las cosas de otra manera. Busco al Señor en cualquier cosa, momento y situación. Y mi vida ha cobrado sentido.

En mis oraciones diarias y lectura de su palabra le pido con fuerza al Espíritu que entre en mi corazón, lo llene de amor, derrame su gracia y me transforme, para que cada día sea más como el Señor quiere de mí. Todo esto no es fácil en prisión.

Es duro hacer frente a las adversidades y problemas que surgen diariamente en las convivencias, pero me he «enganchado» al Señor, y junto a Él todo es más llevadero. Cuando estoy triste, tenerle a Él es mi mayor alegría y cuando estoy cansada o atribulada, el me consuela y hace que todo sea más llevadero. El me da las fuerzas y valor necesario para seguir luchando, y soportar la dureza de este lugar.

¡Gracias, Señor Jesús! Jamás hubiera pensado que te iba a encontrar en este lugar. Me has liberado y sacado de la oscuridad. Paradójicamente, ahora soy libre. Señor, tú que me conoces, mejor que nadie, has sabido iluminar mi vida, y darle sentido. ¡Gracias por tanto bien como me has hecho!

Victoria P.R.V

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Renovar los votos de cristiandad, la doctrina de Jesucristo, aceptarlo como nuestro redentor, rechazar a Satanás, o sea, al mal. Confirmar en un nuevo Sacramento lo que en su día mis padres dijeron por mí en un sitio como éste. Para mí fue un día emocionalmente imborrable de mi memoria.

Cuando se es preso y sensible, y no quieres que estos muros te conviertan en un pasea-patios, confirmarse en una fe que desde pequeño has mamado tiene mucho significado. Por suerte, hoy en día, por mi trayectoria profesional y deportiva, muchos me dicen «maestro», cuando yo prefiero que me llamen por mi nombre. Después de más de un año en prisión me he dado cuenta que algunos de mis compañeros presos me están llamando «maestro». Para mí, el verdadero maestro de este mundo es Jesucristo, así que a un hombre corriente como yo, que siempre ha intentado llevar una vida de amor por los demás, amor a los míos, disciplina deportiva, ese calificativo es un orgullo y si modestamente he cambiado rumbos negativos en vidas, o mi hombro ha servido para el apoyo de un hombre caído y derrumbado, o mis palabras tienen sentido en un sitio como éste y me las tienen en cuenta, bienvenido sea el calificativo de «maestro».

El 28 de junio, a pesar de no estar respaldado y acompañado por mi familia en un Sacramento tan importante, noté cómo el Espíritu Santo me invadió el alma notando a todos y cada uno de mis seres queridos.

Tuve una madrina de lujo, Adelaida, una voluntaria mayor que además tiene la magia de recordarme a mi anciana madre junto a mí. Lágrimas brotaron durante la ceremonia, alegrías y penas se juntaron con el amor y el perdón de Dios, un Dios que noté dentro de mí. Volé tras estos muros, no me sentí en un teatro de una prisión, me sentí en la iglesia de mi pueblo, donde fui bautizado. Sentí a mi padre fallecido renovando una vez más junto a mí los votos del Sacramento de la Confirmación. ¡Fui libre! Estoy lleno de paz y fuerzas para seguir luchando por conseguir más pronto que tarde la línea de meta, que es la libertad. Lo sé, sé que lo conseguiré, porque haciendo mía la oración que mi compañero leyó y escribió para esta ocasión: Camino de fe, de rezos al cielo, camino a la libertad, libertad que ahora siento, porque sé que os tengo. Jesús y María.

También hago míos unos versos de Peman, que dicen:

El nos enseña a tener

Siempre el alma apercibida,

y a esperar y ano temer,

y dar su justo valor

a las cosas de la vida.

Doy gracias al Señor Arzobispo Don Javier por traerme la magia del Espíritu Santo dentro de estos muros y gracias a sus alas pude volar el 28 de junio y sentirme libre.

José Luis Chinchilla Marruecos

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Sabéis de esas veces que te ocurre algo o has vivido algo y luego te paras y dices… que bien lo he pasado, o las cosas que surgen sin esperarlas son las mejores… ¿A que te ha pasado alguna vez? Pues algo parecido me ocurrió el pasado día 28 de junio.

Todos sabíamos que íbamos a asistir a la Confirmación de alguno de nuestros compañeros, que llevaban preparándose tiempo para recibir este importante Sacramento. Lo que no sabíamos es que lo que ocurrió en el salón de actos del Centro Penitenciario , engalanado como una preciosa capilla, iba a ser tan bonito. Y es que se podía sentir al Señor en cada uno de los asistentes, la felicidad de los confirmandos, el orgullo de los padrinos, el buen hacer de los capellanes, el cariño de los voluntarios y la humildad y el amor que puso el Sr. Arzobispo de Granada, Javier. Las canciones, la música, las lecturas y las peticiones, las gracias, la paz… todo unido dio con una celebración preciosa y memorable, de las que no olvidaré y por la que no tengo sino que dar las gracias por haber estado y darme la oportunidad de transmitiros mi felicidad y entusiasmo.

Muchísimas gracias

P.G.V.

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UN DÍA DE LUZ

Este pasado sábado 28 de junio, en el Centro Penitenciario de Albolote, hemos celebrado la ceremonia donde se ha impartido el sacramento de la Confirmación, en la cual nos hemos confirmado 24 internos de este Centro.

Durante los meses de preparación en la catequesis impartida por la capellana del Centro Penitenciario, María Victoria, los internos fuimos conscientes de la importancia de este hecho de confirmación de fe, de esta oportunidad de acercamiento y convivencia con Jesucristo y del profundo valor de la oración. Todos estos dones de conocimiento y estudio del hecho de ser católicos, fueron recibidos en la preparación de forma accesible y comprensible para todos, y si estos dones suponen para cualquier creyente los pilares básicos para su experiencia cristiana, aquí alcanzan su plena razón de ser. Porque cuando vives una situación de pérdida de libertad, de encierro impuesto como castigo por el error cometido, en este lugar y bajo estas circunstancias, el hecho de ser cristianos se convierte en el madero del náufrago, en la luz que nos guía en la más terrible oscuridad.

En prisión todos los sentimientos se magnifican, las emociones alcanzan una magnitud insospechada para cualquier persona que desconozca la realidad carcelaria. Por esta razón la ceremonia de Confirmación supuso un estremecimiento de las almas y los corazones de los confirmandos, sentimiento compartido por sus padrinos y compañeros, testigos de nuestra profesión de fe.

Nuestros capellanes, Evelio y Sorín, sacerdotes del Centro Penitenciario, que concelebraron esta misa, y de los cuales debemos destacar por su trabajo en prisión, y no sólo en cada sábado con la celebración de la misa, sino también por su labor, que trasciende a lo más humano, cuando visitan cada semana los módulos que componen el Centro Penitenciario, sin distinguir entre católicos o no, generosos ambos con el tiempo, el trabajo y la ilusión de ayudar a quien lo necesita.

A todo el equipo de la Capellanía del Centro, María Victoria, Evelio y Sorín, agradecerles que ofrecieran a nuestro Obispo acompañarnos en esta importante jornada. La presencia del señor Arzobispo de Granada, D. Javier Martínez Fernández, sumó un elemento más de certeza en nuestra unión con la Iglesia. Gracias a su presencia nos sentimos queridos, «tenidos en cuenta» por la comunidad cristiana. Gracias a monseñor fuimos menos presos en esta mañana de principios de verano.

Es muy justo destacar, de una ceremonia plena de emoción y profunda comunión con la fe, las palabras de la homilía de D. Javier, palabras llenas de fuerza espiritual, de humanidad y de respeto, de comprensión y, sobre todo, de esperanza en el amor de Dios.

Al finalizar la celebración, varios internos se acercaron a D. Javier, intimidados por la siempre imponente presencia de un dignatario de la Iglesia, y preguntaron como debían dirigirse a él, cual debía ser el tratamiento, y D. Javier, haciéndonos el último regalo de este día, nos contestó que le llamásemos «padre, sencillamente padre, que es la mejor forma de llamar a cualquier servidor de la Iglesia». Es increíble la fuerza y el valor que adquieren las palabras en determinados momentos de nuestras vidas, creo que D. Javier no fue consciente de la dimensión que alcanzaron sus palabras, porque gracias a ellas tenemos otro padre, un padre que nos trajo la palabra de Dios, que nos impuso las manos, que nos ungió con el óleo sagrado, y que nos marcó indeleblemente con su grandeza humana, con la fuerza de su fe, y todo desde una sonrisa sencilla y cálida, tan necesaria para nuestros corazones acerados y hambrientos de amor.

Alfredo,

interno del Centro Penitenciario de Albolote, Granada.


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