Laudato Si’: La Ecología Humana y el Cuidado de la Creación

En el discurso dado en el 2011 ante el parlamento alemán, el Bundestag, el Papa Benedicto XVI argumentó que el crecimiento del movimiento medioambiental en la Alemania de los 70 fue «un grito que anhela aire fresco, un grito que no se puede ignorar ni rechazar.» El Papa Francisco ha retomado este grito con pasión en su encíclica Laudato Si’.

Laudato Si’ comienza describiendo su génesis en las enseñanzas papales anteriores, mostrando cuidadosamente la continuidad esencial de su propuesta con aquella de los pontífices anteriores. El primer precedente se sitúa con el Papa San Juan XXIII y su determinación con la encíclica Pacem in terris de dirigirse a todos los hombres y mujeres de buena voluntad para impedir la catástrofe que amenaza a la humanidad en la forma de crisis nuclear. En este mismo espíritu de enfrentarse a una acechante catástrofe global desde donde Francisco ha escrito LS.

«Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan». (LS 23)

El inicio específico de enseñanzas papales sobre el medioambiente, como bien sitúa Francisco, comenzó en 1971 con la publicación de la Carta Apostólica Octogesima Adveniens del Papa Pablo VI, la cual fue retomada y profundizada por Juan Pablo II en varios mensajes y escritos suyos pero, sobre todo, en Centesimus Annus y Sollicitude Rei Socialis. Sin embargo, el Papa Benedicto ha sido quien anticipa Laudato Si’, sobre todo en Caritas in veritate y en el ya mencionado mensaje al Bundestag. Más de treinta veces cita Francisco a Benedicto recogiendo dichas referencias al papa emérito principalmente de dichos dos textos.

Tanto para Benedicto como para Francisco, el cuidado por «el ambiente»—lo que los cristianos llamamos «la creación»—es constitutivo de lo que significa ser humano. Y esto tanto en el sentido de lo que el ser humano está hecho (el sistema de interrelaciones en el cual él debe vivir y descubrir su humanidad) como en cuanto a su vocación (la tarea que Dios ha dado al hombre de custodiar el mundo). El ser humano es creado, como el libro del Génesis nos dice, del mismo barro. El hombre pertenece a la tierra incluso si su destino está escrito en el cielo. Y así, tal como nos dice Francisco, «nosotros mismos somos tierra (cf. Gn 2,7). Nuestro propio cuerpo está constituido por los elementos del planeta, su aire es el que nos da el aliento y su agua nos vivifica y restaura.» (LS 2). El ser humano está así llamado a cultivar la creación, trayéndola a su florecimiento, y por eso tiene la responsabilidad de evitar su uso inapropiado. El trabajo humano del cultivo y cuidado de la creación cumple uno de las tareas centrales dadas por Dios a Adán desde el principio: labrar y cuidar la tierra (cf. Gn 2, 15; cf. LS, 66).

La constitución teológica del ser humano permite entonces al cristiano oír el «grito que anhela aire fresco» del medioambiente como un grito que corresponde a su propia humanidad, a su ser hecho del barro y a su vocación como hombre a preservar la tierra. Y, sin embargo, una auténtica ecología cristiana introducirá una diferencia radical en las distintas iniciativas ecológicas del ecologismo secular. Para los católicos, la dignidad de la creación está unida a la dignidad de la persona humana y esto significa que, como Francisco nos aclara, «un verdadero planteo ecológico se convier¬te siempre en un planteo social, que debe integrar la justicia en las discusiones sobre el ambiente, para escuchar tanto el clamor de la tierra como el clamor de los pobres» (LS 49). Esta interrelación entre el grito de la tierra y el grito de los seres humanos más vulnerables significa, para Francisco, que es un error comprender, en el nombre de la ecología, a los seres humanos como un «problema a resolver». «Culpar al aumento de la población y no al consumismo extremo y selectivo de algunos es un modo de no enfrentar los problemas» (LS 50).

Lo anterior sugiere que, en su raíz, la crisis ambiental es una crisis del corazón humano. Una crisis de identidad y de cultura. En sus comentarios a los periodistas abordo del avión cuando regresaba de Bosnia unos días antes de la publicación de Laudato Si’, el Papa Francisco dijo que su encíclica, aún cuando se preocupaba del medioambiente, se dirige a tratar el ambiente natural dentro de un todo que incluye otros temas como el «relativismo» y el «consumismo»—ambos descritos como una especie de «cáncer de la sociedad.» El todo dentro del cual el medioambiente debe ser entendido es el todo del ser humano y la crisis que está ahora acorralándole en su humanidad.

Para Francisco, centrándose en la cuestión humana de la crisis ecológica, hay un fuerte vínculo entre el «relativismo» filosófico y moral, nuestra reciente cultura capitalista del «consumismo», y el «paradigma tecnocrático» de la sociedad secular moderna. Mientras que la constelación de estos tres paradigmas supone un cáncer para la tierra, prendiendo la llama de la crisis ecológica global, estos tres paradigmas comienzan y están enraizados en un cáncer que se encuentra en el mismo corazón del hombre. Constituyen un cáncer que corroe y se extiende desde la destrucción de una ecología humana integral. La cuestión de la «ecología humana,» que fue acuñada por primera vez por Juan Pablo II en Centesimus annus, es el núcleo real de LS puesto que el cáncer ecológico desencadenado por el abuso de los hombre en la creación refleja, y al mismo tiempo emana, de este cáncer previo de la condición humana como tal. En este sentido, la propuesta de Francisco amplía precisamente el argumento de Benedicto XV tal como él lo presentó en el Bundestag en 2011:

«La importancia de la ecología es hoy indiscutible. Debemos escuchar el lenguaje de la naturaleza y responder a él coherentemente. Sin embargo, quisiera afrontar seriamente un punto que – me parece – se ha olvidado tanto hoy como ayer: hay también una ecología del hombre. También el hombre posee una naturaleza que él debe respetar y que no puede manipular a su antojo. El hombre no es solamente una libertad que él se crea por sí solo. El hombre no se crea a sí mismo. Es espíritu y voluntad, pero también naturaleza, y su voluntad es justa cuando él respeta la naturaleza, la escucha, y cuando se acepta como lo que es, y admite que no se ha creado a sí mismo. Así, y sólo de esta manera, se realiza la verdadera libertad humana».

La crisis ecológica—el hecho del cáncer que vemos ahora está destruyendo nuestro mundo—nos llama concretamente y en primer lugar a ir más allá del «relativismo», del «consumismo», y del «paradigma tecnocrático.» Hay un solo camino para la humanidad: aceptar los verdaderos límites de la realidad para así descubrir la genuina libertad de la humanidad dentro de los mismos límites del hombre como hombre y de la creación en sí misma. Solo de esta forma podrá florecer una ecología humana y con ésta una auténtica ecología global.

Desarrollando esta idea de la ecología humana integral, LS nos estimula a confrontar asuntos importantes, por ejemplo, cómo nuestra cultura consumista y relativista ha dado lugar a una cultura que no es sólo una degradación del medioambiente en su sentido más amplio sino también, y en primer lugar, una degradación de la humanidad en nuestros ambientes sociales. El tráfico de personas, la institucionalización de los ancianos, la idea del aborto como «derecho»—cada uno de estos fenómenos de la cultura contemporánea siguen el rastro y tienen su raíz en las patologías consumistas y relativistas de hoy, las cuales inciden solo en el ego y en la destrucción de los límites morales. Todo lo asociado con la «cultura de la muerte» es ahora identificada por Francisco como integral para la crisis de humanidad y fundamento de la inminente catástrofe ecológica. Para responder de verdad a la crisis ecológica tiene entonces que proponerse una cultura de la vida tal y como dice el Papa:

«Es preocupante que cuando algunos movimientos ecologistas defienden la integridad del ambiente, y con razón reclaman ciertos límites a la investigación científica, a veces no aplican estos mismos principios a la vida humana. Se suele justificar que se traspasen todos los límites cuando se experimenta con embriones humanos vivos. Se olvida que el valor inalienable de un ser humano va más allá del grado de su desarrollo. De ese modo, cuando la técnica desconoce los grandes principios éticos, termina considerando legítima cualquier práctica. Como vimos en este capítulo, la técnica separada de la ética difícilmente será capaz de autolimitar su poder». (LS, 136)

La encíclica clarifica que el relativismo y el consumismo son partes de una más amplia «cultura del descarte» que es endémica a la propia modernidad (LS, 20-22). De esta manera, LS se coloca junto a aquellas serias advertencias papales contra la modernidad que salieron en los pontificados de Pío IX y Pío X.

La ecología católica de LS forma parte de una crítica católica más amplia a la modernidad que difiere del ecologismo secular. En su base, una ecología católica empieza preguntándose las devociones de la cultura moderna, la economía, la política, la filosofía y la «tecnologización» de la vida humana. El abanico amplio de citas que Francisco usa en la encíclica del libro de Romano Guardini Das Ende der Neuzeit testimonia lo dicho y vincula al Papa con una larga tradición de crítica católica sobre el alejamiento que la modernidad tiene de la tierra y el medioambiente, y que encontramos en figuras históricas tales como Hilaire Belloc, G. K. Chesterton, Catherine Doherty y E. F. Shumacher. Para todos estos pensadores, el triunfo del secularismo moderno supone tanto olvido de Dios como alejamiento de la tierra y del cosmos. El hombre moderno es un ser alienado de una rica «ecología» de interrelaciones con Dios, con otros hombres, y con la creación de la que es parte y está él mismo, vocacional y ontológicamente, constituido. Esto lleva a pensar en la provocación de LS a que pensemos en términos de una ecología del cuerpo humano. ¿Qué quiero decir con esto?

La ilimitada, «tecnologizada», y decadente «cultura del descarte» que el tardío capitalismo consumista ha creado, de diversas formas, una cultura cíborg de deseos y realidades transhumanas. En los campos de la filosofía, la medicina, la sexualidad reproductiva, el ser humano, gracias a la tecnología, está siendo repensado como un ser capaz desde su libertad de construir, destruir, o reconstituir su identidad y su cuerpo a voluntad. La cultura cíborg es tanto una cultura eminentemente burguesa, de los más ricos y más hábiles consumidores, como una ideología política que aboga por un hombre totalmente emancipado e ilimitado. En su raíz, esta cultura es un rechazo al cuerpo humano como signo visible de la donación de la persona humana. Por lo que el Papa Francisco propone:

«La aceptación del propio cuerpo como don de Dios es necesaria para acoger y aceptar el mundo entero como regalo del Padre y casa común, mientras una lógica de dominio sobre el propio cuerpo se transforma en una lógica a veces sutil de dominio sobre la creación. Aprender a recibir el propio cuerpo, a cuidarlo y a respetar sus significados, es esencial para una verdadera ecología humana. También la valoración del propio cuerpo en su femineidad o masculinidad es necesaria para reconocerse a sí mismo en el encuentro con el diferente. De este modo es posible aceptar gozosamente el don específico del otro o de la otra, obra del Dios creador, y enriquecerse recíprocamente. Por lo tanto, no es sana una actitud que pretenda « cancelar la diferencia sexual porque ya no sabe confrontarse con la misma» ». (LS, 155)

A la luz de lo anterior, LS nos ayuda a ver que una sana ecología debe comenzar de una disposición positiva de la persona a recibir el mundo como un don, un don que deber ser cuidado como signo de su significado intrínseco y cuya dignidad se asegurará respetando en primer lugar la dignidad del ser humano. El punto hasta el cual la tecnología, la conveniencia política, la ideología consumista del mercado han obscurecido nuestra capacidad humana de recibir con alegría la donación original del mundo y su cuidado, es el punto de deshumanización al que ha llegado nuestro mundo. El Papa Francisco nos ayuda a entender cómo las imágenes espectaculares de la reducción del nivel del Mar Aral, las noticias constantes de botes repletos de inmigrantes apresados en las costas de Italia, y la portada de Julio de 2015 de la revista Vanity Fair, son todas duras imágenes de la crisis ecológica. El ser humano ha sido creado para labrar y trabajar la creación y también para cuidar el mundo como originalmente nos ha sido dado.

Aaron Riches

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