Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en la Catedral, el 25 de octubre de 2026.
Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,
Querido diácono,
Queridos seminaristas, acólitos,
Queridos hermanos y hermanas,
Queridos congresistas en este Congreso de Cronistas Oficiales de España y de México,
Queridos hermanos todos y también quienes nos seguís a través de la televisión,
Estamos en el domingo XXX del tiempo Ordinario y la palabra de Dios enlaza con lo que se nos exponía hace una semana, el pasado domingo. Era la pregunta… Que son muy importantes las preguntas en el Evangelio y sirven a Jesús para darnos enseñanzas fundamentales. Y esta pregunta, que le hacían la semana pasada, si era lícito pagar tributo al César o no. Jesús, por lo que nos cuenta el evangelista san Mateo, los dejó absolutamente asombrados con su respuesta. Malintencionada, ciertamente, para pillar a Jesús en alguna salida con la que acusarle ante las autoridades.
Con aquella respuesta clásica en la teología política y en la moral cristiana de dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios. Pidiendo que le mostraran con una moneda y preguntando por la efigie del César impresa en ella. Después le hacen otra pregunta. En esta ocasión es un doctor de la ley que le pregunta cuál es el mandamiento principal. Los israelitas tenían en la ley de Dios más de 600 prescripciones, más de 600 leyes. Tenían para todo. Y así viene descrito, especialmente en el libro de Levítico, en el Antiguo Testamento. Esas leyes afectaban a todas las dimensiones de la vida, desde las dimensiones físicas de higiene hasta las dimensiones de convivencia y relación con Dios en que está, especialmente en el Decálogo, expresada la voluntad de Dios, en esa alianza que Dios hace con Moisés y esa expresión, precisamente de esa ley inscrita en el corazón del hombre, que es la ley natural o la gramática de la naturaleza, que llamaba el Papa Benedicto XVI. Ese sentido moral que tiene el ser humano, que se resume en buscar hacer el bien y evitar el mal. Pero que después va concretándose, saliendo de esa oscuridad a la que lleva el pecado original al ser humano, que muchas veces pone el bien donde no es, donde no está y al mismo tiempo busca el mal.
A veces, como dice san Pablo, “Con esa debilidad que veo claro el bien que hago, que tengo que hacer. En cambio, hago el mal que no quiero”. Ese sentido de debilidad, consecuencia del pecado que acompaña al ser humano. Pero el Señor ha querido mostrar claramente qué espera de nosotros. Y lo que espera por encima de todo, por encima de todas esas leyes… Ciertamente está el Decálogo, esa expresión de lo que hace referencia a nuestros deberes para con Dios, en nuestros deberes para con los demás y en nuestros deberes también para con nosotros mismos. Expresión sintética de la vida moral, de la vida ética del ser humano. Que nos sirven para ordenar conforme al bien, conforme a la verdad, la vida del ser humano, que no le basta con tener cosas o conseguir cosas, o un puro progreso material, sino que busca las razones por las que vivir. Busca el sentido de su existencia y cuando cegamos ese sentido, cuando se pierde personalmente y en sentido también colectivo, en el sentido de una sociedad, la referencia al bien y al mal. O cuando está a merced de mayorías, que está a merced de intereses políticos, o estratégicos, o de modas. Entonces peligra un referente moral, que es el que sustenta también la vida de los seres humanos. Y es la dignidad de toda persona, que es inalienable, imagen y semejanza de Dios. Esto constituye lo fundamental en el principio ético y moral de las personas y de las sociedades.
Pero, el Señor nos pide más. El Señor nos muestra… Y ante esta pregunta de este doctor de la ley, “¿cuál es el mandamiento principal de todos los que tenemos?” Y Jesús le dirá “Amarás al Señor tu Dios. Este es el primero. Con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas”. Es la oración que repiten los judíos varias veces y que ponen en la entrada de sus puertas.
Es el Shema Israel. Escucha Israel. El Señor es solamente uno. La unicidad de Dios. Hay un único Dios, el Señor es uno. Y amarás al Señor tu Dios con todas tus fuerzas. Dios no puede ser algo marginal en la vida del ser humano. La vida del ser humano está orientada fundamentalmente a esa dimensión trascendente. A Dios. Nos hiciste, dice san Agustín, el gran buscador de Dios. Nos hiciste Señor, para ti. Nuestro corazón estará inquieto hasta que no descanse en ti.
Y es esa búsqueda, es esa búsqueda de Dios, esa ese deseo que va más allá de llenarnos de cosas, de tener esa plenitud del ser que anhela el ser humano, de trascendencia, de romper el techo de la muerte. De buscar unos valores por los que la vida merece la pena ser vivida y que trasciende en lo puramente material del tener o del bienestar. Que, por desgracia, es el objeto de vida.
Claro que tenemos que tener bienestar. Claro que tenemos que tenerlo, y a ser posible, que todos participen de ese bienestar y no haya brechas en nuestra sociedad. Y cuando hay una sociedad sustentada ética y moralmente sobre el fundamento de Dios, sobre el fundamento de la ley natural, sobre el fundamento de los principios éticos fundamentales de la dignidad inalienable del ser humano.
Entonces, una sociedad es próspera. Entonces en una sociedad no habrá desigualdades sociales. Y entonces ese reparto, esa justicia estará y tiene que ser consecución. Por eso el Señor añade a ese primer precepto, el segundo también como primero. Y el segundo es semejante a este “Amarás al prójimo como a ti mismo”. Es más, Jesús, en el Evangelio de san Juan, nos dará el mandamiento nuevo “Os doy un mandamiento nuevo. Que os améis los unos a los otros, como yo os he amado”.
¿Y cómo nos ha amado Jesús? Que nos muestra el amor de Dios. Que es la personificación… Que es esa Persona divina, la segunda Persona de la Santísima Trinidad. Que se hace hombre y nos muestra el amor misericordioso de Dios. Eso es lo que expresa la devoción al Corazón misericordioso de Cristo. Pues ese Cristo nos habla de que hemos de amar con su corazón, con su amor. Como yo os he amado.
Por eso, las exigencias del cristianismo van mucho más allá de una reciprocidad. Van mucho más allá de un puro altruismo, de una ONG. Por eso el amor cristiano lleva hasta el heroísmo. Ese amor es el amor de las bienaventuranzas, es el amor del Sermón de la Montaña. Es el amor que lleva a poner la otra mejilla, a perdonar a quien nos ha ofendido. Ese amor es el que nos lleva a superar el concepto de amigo y enemigo, porque todos tienen que ser amados con el amor de Dios. Y ese amor que cuesta, que es difícil, necesita la ayuda de la gracia del Señor. Y el ejemplo permanente y la referencia a quien nos ha amado hasta el extremo, que es el mismo Jesucristo. Que se pone a los pies de sus discípulos, lavándole los pies como un Dios.
“¿Habéis visto lo que yo he hecho con vosotros? También vosotros debéis lavar los pies unos a otros”. Con eso les está mostrando que tienen que vivir ese amor que nace del servicio. “El Hijo del Hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en rescate por muchos”. Es el amor de Cristo en la cruz. El que da la vida por nosotros.
“Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos”. Luego, queridos amigos, esa es la medida. La medida es Cristo. Y de esto vamos a ser examinados. Vamos a ser examinados de tal manera que en cristiano no se puede separar el amor de Dios del amor a los demás. Es más, Jesús nos dice en el Evangelio, “Cuando vas a presentar tu ofrenda ante el altar y te acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti, vete primero a reconciliarte con tu hermano y después vuelve a presentar tu ofrenda”. O cuando le pregunta a Simón Pedro Señor maestro, “¿cuántas veces tengo que perdonar a mi hermano? ¿Siete veces?”. “No solo siete veces, sino setenta veces siete”, le dice Jesús.
Esto puede parecer a los ojos humanos hacer el tonto. ¿Y por qué me toca siempre a mí? ¿Y por qué? Pero este es el heroísmo de la caridad. En el que tenemos que ir avanzando y nuestro mundo cambiaría. Y además, nos dice san Juan en su primera carta, “Quién dice que ama a Dios y no ama a su hermano, es un mentiroso. ¿Cómo va a amar a Dios, a quien no ve, si no ama a su hermano, a quien ve?”
Luego, el cristiano tiene que permanentemente examinarse… Si vemos en los demás el rostro de Cristo. Si vemos en los demás ese ese Cristo al que tenemos que socorrer, especialmente en quien más lo necesita. Por eso, en la revelación divina, se nos muestra ya esta exigencia del amor al prójimo. Ya desde los inicios de la humanidad, cuando Dios le pide cuentas a Caín de la sangre de Abel. Le pide cuentas.
Y esto lo vemos también en la primera lectura, donde se nos dice que el amor al emigrante, el amor al distinto, el amor… Porque Dios escucha especialmente a quien se ve en la necesidad, en la contingencia, en el desvalimiento. Queridos amigos, esto no es algo de moda. Y esto hay que decirlo, porque Jesús nos lo exige permanentemente.
Es más, nos ha dicho ya de qué nos va a preguntar al final de nuestra vida. Nos ha anticipado el temario del examen, del examen colectivo de la humanidad y del examen personal. Del examen al final de los tiempos y del examen de cuando cada uno tengamos que darle cuenta a Dios de nuestra vida. “Venid vosotros, benditos de mi Padre. Heredad el Reino preparado para vosotros desde la creación del mundo. Porque tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Fui peregrino y me acogísteis. Estuve enfermo y en la cárcel me visitasteis”. “¿Cuando lo hicimos, Señor? Cuando lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis. Y a los otros, los condenará. “Porque tuve hambre y no me disteis”, “¿cuando no lo hicimos?”. “Cuando dejasteis de hacerlo”.
Luego, queridos amigos, esto no son glosas. Esto nos cuesta a todos y todos tenemos que examinarnos. Y más en un ambiente tan polarizado como el que asistimos. En unos momentos que, a nivel nacional y al nivel internacional, de enfrentamientos, de polarización, de crispación, de palabras duras, groseras… Donde parece que la ética está ausente absolutamente. De unos contra otros. Esto no. El Papa, al que aplaudieron todos los diputados y todos los senadores españoles, dijo unas palabras de concordia en su visita a España. ¿Qué pasa ¿Se han olvidado?
Volvemos a un cainismo colectivo. No, queridos amigos, el Evangelio no es para guardarlo. El cristianismo no es para ponerlo en paréntesis en tiempos electorales o a la hora de las decisiones y de la responsabilidad política. De quienes son activos en política y de la ciudadanía a la que representa. Todos estamos llamados a fundamentar nuestra vida sobre, al menos un sentido ético y moral de respeto. De consideración, de concordia, de paz. Eso en lo humano. Y en lo cristiano, de perdón, de reconciliación. De mirar a los más débiles y a los más necesitados. De no anteponer ningún interés.
Y esto es Evangelio, esto no es política. Esto es sentido moral. Esto es lo que nos pide el Señor. Y un día vamos a acudir y no nos va a servir cómo tenemos las cuentas del banco o los títulos que tenemos, sino el amor que hemos ido desplegando en nuestra vida.
Vamos adelante con esto, vamos a vivir en un amor y una caridad social que nazca y que tenga ese orden, también. Que empiece por los más prójimos, por los más próximos, por la familia, por los matrimonios, por quienes están a nuestro lado, por nuestros conciudadanos. Y en nuestro mundo y especialmente en los más necesitados. Pidiéndole a Santa María, Reina de la Paz, la que está presente en Caná y está atenta para que no les falte nada. Y arranca de Cristo el primer milagro de la conversión del agua en vino. Que también Ella nos ayude a nosotros para que cambiemos el agua de nuestros enfrentamientos en el vino, de la concordia y de la paz.
Así sea. Del amor fraterno, expresión de nuestro amor a Dios.
+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada
25 de octubre de 2026
Catedral de Granada

