“Espero que el Señor, por su infinita misericordia, derrame sobre mí su perdón y su amor”

Quien ha sido párroco de Santa María Magdalena durante 19 años, D. Francisco Montero, de 84 años de edad, dirigió unas palabras a los fieles, agradeciendo a Dios “haberme permitido repartir el pan de la Palabra y de la Eucaristía a todos los que amáis y seguís a Jesucristo”. Junto a D. Miguel Ángel Morell, ha llegado a su nuevo destino en la parroquia de Nuestra Señora de Gracia como vicario parroquial. Ofrecemos sus palabras ante la comunidad de fieles, con las que se despidió en la parroquia de Santa María Magdalena, pronunciadas al término de la Santa Misa de acogida de los nuevos párrocos in solidum el pasado 16 de septiembre.

Quiero dar ante todo dar gracias a todos por haberme permitido durante 19 años repartir el Pan de la Palabra y de la Eucaristía a todos los que amáis y seguís a Jesucristo. Es posible que con mi conducta o mis palabras haya podido molestar a alguno de vosotros. Sinceramente, os pido perdón.

Hace pocos días, cumplí 84 años de edad. Si Dios me da vida, el 22 de marzo del próximo año celebraré mis bodas de diamante como sacerdote: 60 años de ordenación. Hace unos días, un compañero –medio en broma, medio en serio- me dijo al enterarse que había cumplido 84 años: “Ya no hay edad para muchos trotes. Ya no tienes muchas expectativas en la vida”.

En efecto, mis días se van recortando; mis expectativas humanas se van reduciendo. No obstante, espero seguir sirviendo a mi Señor Jesucristo y a su Esposa la Iglesia en esa pate de mi diócesis que es la parroquia de Nuestra Señora de Gracia. Al Sr. Arzobispo quiero darle las gracia por darme esa posibilidad. Todavía no me ha mandado al “baúl de los recuerdos”.

Ciertamente, se están acabando mis trotes corporales. Se acabaron también muchas esperanzas terrenas. Pero, no se han acabado otras expectativas. Hay algo que sigo esperando. Y ese algo que espero es que el Señor por su infinita misericordia, en lo poco o mucho que me quede de vida, derrame sobre mí su perdón y su amor. Cuando los médicos me avisan de que mi organismo –vista, huesos, oídos, cartílagos…- se van deteriorando sigo teniendo expectativas. Espero que se abran la compuertas del cielo y el Padre, a pesar de mis falta, derrame sobre mí bendiciones abundantes. Sigo teniendo expectativas cuando ya he perdido a mis padres y a mis hermanos, espero algo que me va a venir seguro: que contaré con el cariño y el apoyo del Señor, que es mi fuerza, mi roca y mi salvación.

Sé que cada día que pasa me voy acercando a los brazos del Padre. Ya lo único que anhelo es vivir unido a mi Señor Jesucristo y morir como hijo de la Iglesia, a la que, como pobre siervo, he intentado servir. Soy consciente de que algún día, por el paso del tiempo, mi mente fallará y diré alguna tontería. Sé también que mi voluntad flaqueará y algún día haré algo de lo que ahora me puedo horrorizar. Por todo esto, pido al Espíritu Santo, que es luz y fuerza para sus fieles, que cuando llegue esa hora de la debilidad me dé suficiente lucidez para reconocer a Jesucristo como mi único Señor; que me dé la suficiente fuerza para que permanezca en su amor y haga siempre Su Voluntad. Si queréis, lo diré con otras palabras más poéticas, de un Premio Nobel de Literatura, el indio Tagore: “Que de mí quede tan solo lo suficiente para reconocerte como mi Señor. Verte por doquier en la tierra entera. Venir hasta tus pies y amarTe en cada instante. Quede yo encadenado con los tenaces grillos de tu amor. Que nunca me oculte de Ti. Y que mi vida discurra siempre conforme a Tu Voluntad”.

Todo eso espero de la ayuda y de la gracia del Señor.

Francisco Montero
Sacerdote diocesano

Publicado en el Semanario Fiestas de las Diócesis de Granada y Guadix (Nº 1250, 23 de septiembre de 2018)

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