“El Evangelio nos habla de hechos, no de buenas intenciones”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en el domingo XXVI del Tiempo Ordinario, el 27 de septiembre de 2026, en la S.A.I Catedral. Día de la procesión de la Virgen de las Angustias.

Queridos hermanos sacerdotes concelebrantes,

Queridos diáconos,

Queridos seminaristas del Seminario San Cecilio, del Seminario Redemptoris Mater,

Queridos hermanos y hermanas, queridos miembros del Patronato con su presidente de la Basílica del Misterio de Elche,

Querido Presidente de la Federación de Hermandades y Cofradías de Granada,

Queridos hermanos y hermanas,

Queridos niños de la Escolanía,

Hoy es un día grande para Granada y en este año de una manera especial. Es un año y es una celebración de la procesión de la Santísima Virgen de las Angustias para darle gracias, en primer lugar. No tenemos que dejar de dar gracias a Dios. Estamos en la Eucaristía, que es la acción de gracias por antonomasia. Donde el mismo Cristo da  gracias al Padre en el Espíritu. Y damos gracias a la Santísima Virgen, porque después de moverse la tierra en los terremotos sufridos por nuestra ciudad y el área metropolitana, no ha habido víctimas. Sí daños materiales, pero con la ayuda de todos seguro que tendrán remedio. A ella hemos acudido con confianza de hijos a una madre y venimos a darle gracias que siempre como hijos necesitados, acompañamos de peticiones. De esas peticiones que van desde el fondo del corazón de cada uno de nosotros y que solo la elocuencia del silencio y de la necesidad las hace presente ante la imagen bendita.

Ella tiene a su Hijo ante sí como un oferente. Ella tiene ante sí al fruto bendito de su vientre. Pero en Él estamos todos nosotros. Estamos en ese Cristo que yace, pero que ha resucitado. En esas lágrimas que están de dolor, pero al mismo tiempo transidas de esperanza. Son la imagen viva de la fe del pueblo de Granada. Sabe encajar las dificultades, las angustias en plural. Las que nos pone la vida, las que vienen de manera imprevista en nuestra vida personal, en nuestras familias y de manera colectiva, como hemos vivido en estos días, con miedo, con temor. Pero al mismo tiempo, está transida de esa esperanza en que Dios no nos deja, en que el Señor está con nosotros, porque, como hemos repetido, es misericordioso. En este domingo que la Iglesia dedica a que pensemos en una realidad viva, lacerante, dolorosa. La de las migraciones. Nosotros mismo hemos sido emigrantes.

Yo soy hijo de emigrante en Alemania, como son muchos de los granadinos que han tenido que emigrar a Alemania, a Francia, a Suiza y a otras partes de nuestro país. Ahora vivimos un momento de cerrazón y de dificultades. De instrumentalización de la migración con fines políticos, con fines de presión, haciendo que nuestra ciudad de Ceuta se vea invadida.

Pero tenemos que pensar que no podemos… Que no sirven las barreras ante la gente hambrienta, ante la gente que busca mejores condiciones de vida, que no es cuestión de cerrarle el paso a la mesa para que toquemos a más. Sino que solo la generosidad de quien tiene un corazón cristiano puede abrir esa esperanza a otros que llegan.

Queridos hermanos, hoy el Evangelio nos habla de hechos, no de buenas intenciones. Lo decimos en nuestro refranero castellano: Obras son amores y no buenas razones. Hoy Jesús nos pone el ejemplo de dos hermanos a los que el Padre manda. Uno dice que va y no va, y el otro racanea, pero va. Nos cuesta atender el Evangelio, nos cuesta aceptar la enseñanza de Jesús, nos cuesta poner la otra mejilla, nos cuesta decir que bienaventurados son los pobres. Nos cuesta decir que perdonemos, pero el Señor sabe que ese es el camino de una auténtica convivencia como la que nos invita San Pablo en la segunda lectura, dirigida probablemente a la comunidad más querida por él, la de Filipo. Cuando les dice “Si me queréis de verdad, tened los sentimientos de Cristo. El cual, siendo de condición divina, no hizo alarde de sus categorías de Dios. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo, pasando por uno de tantos”. Queridos hermanos, ese es nuestro Cristo. El Cristo de la Cruz, el Cristo del sufrimiento, el Cristo de los enfermos. El Cristo de los abandonados, El Cristo de los pobres.

Ese es nuestro Cristo. El Cristo de los que están solos, el Cristo a los que están explotados, el Cristo del sufrimiento. Pero es el Cristo resucitado. Y toda lengua proclame “Jesucristo Señor, para gloria de Dios Padre”. No se ha quedado muerto. No seguimos a un muerto ilustre que se pierde en la noche de los tiempos. Seguimos al que está vivo, al que da razón, al que un día nos juzgará si hemos sabido reconocerle en el sufrimiento de los demás. Un Cristo así es el Cristo cristiano. Es el Cristo de nuestros padres, es el Cristo de las obras de misericordia.

Es el Cristo de la profundidad de San Juan de la Cruz, que estamos en su centenario y que en Granada comenta sus mejores obras. El místico por antonomasia. Es el Cristo de San Juan de Dios, de Juan ciudad. Que en la puerta de nuestra Catedral y de la Iglesia del Sagrario… El loco pedía para los pobres y para los enfermos.

Ese es el Cristo de Granada. Ese es el Cristo que representa esta exposición que está detrás de esos biombos. Es el Cristo que está vivo en los hermanos, queridos hermanos y hermanas de Granada. Y a ese Cristo nos lleva la Virgen. Las pocas palabras en el Evangelio que tenemos de la Virgen Santísima, la que queremos, en la que vemos reflejados los que tenemos que ser como cristianos, como decía San Juan Pablo II. María es lo que debe ser la Iglesia. Ella es el ejemplo de madre y de creyente. La Virgen, que nos acoge como hijos en la cruz, en el dolor. La Virgen, que estuvo libre del dolor en el parto, en el nacimiento del Hijo de Dios. No está libre el dolor al acogernos como hijos en el sufrimiento supremo de su Hijo por antonomasia, que es Cristo, al acogernos a nosotros.

La Virgen en las bodas de Caná, les dice a aquellos criados “Haced lo que Él os diga”. Y eso es lo que nos ha repetido el Papa León XIV en su visita a España. “Haced lo que nos dice Cristo”. Porque el mismo Jesús nos ha dicho que no todo el que dice Señor, Señor, entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre.

Queridos amigos, la devoción y el cariño a la Virgen no puede ser solo un sentimiento pasajero con fecha de caducidad el 28 o el lunes siguiente al último domingo de septiembre. O el lunes de Pascua después de pasar la Semana Santa. Sino que el amor es Cristo, el amor a la Virgen va de manifestarse en nuestras obras, en nuestro estilo cristiano, en nuestro compromiso social. En transformar el mundo, como nos invita Pablo en la carta a los Filipenses, para tener esos sentimientos de Cristo.

Obras son amores y no buenas razones. A esto es a lo que nos invita el Evangelio de hoy. ¿Quién te parece que hizo lo que el Padre le pedía Que hizo, cumplió la voluntad. El que hizo. Jesús le dirá a aquel doctor de la ley, cuando le pregunta “¿quién es mi prójimo?” Le cuenta otra parábola, la del buen samaritano. Y le pregunta al final “¿Quién te pareció a ti que cumplió el mandamiento? El que tuvo misericordia”.

Y Jesús le dice “Vete y haz tú lo mismo”. Haz tú lo mismo. Pues el Señor espera de cada uno de nosotros… Espera que cumplamos la voluntad de Dios. Como le dijo a aquella mujer, como el pueblo de Granada, aquella mujer que se anticipa a nuestra devoción popular y le sale al paso a Cristo y le dice “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron. ¡Viva la madre que te trajo al mundo!” Le dijo a Jesús. Lo que le diremos nosotros cuando veamos esta tarde la imagen de nuestra Santísima Virgen por nuestras calles.

¿Y qué contesta Jesús? Bienaventurado, más bien, el que escucha la palabra de Dios y la cumple. Obras. Y eso fue lo que hizo la Virgen, hacer lo que Dios le pedía. y por eso es la Madre de Dios, y por eso es Nuestra Señora y por eso nuestra Reina. Luego, queridos amigos, obras son amores y no buenas razones.

Así sea.


+ José María Gil Tamayo

Arzobispo de Granada

27 de septiembre de 2026
S.A.I Catedral

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