Dios restaura la vida

Testimonio publicado en el Semanario Fiesta de un granadino que cuenta cómo el Señor nos alcanza con su misericordia.

El encuentro con Cristo es como el de Juan y Andrés, los discípulos de Jesús: atraídos por un atractivo que llena la vida, el corazón, porque satisface el anhelo de infinito para el que está hecho y que sólo encuentra cumplimiento en Cristo. Es lo que le pasó a Eduardo Martín, granadino quien, en la Escuela de Evangelizadores de la Misericordia de Granada (iniciativa de la Archidiócesis en el marco del Año de la Misericordia), contó ese primer encuentro de amor con Dios, en medio de situaciones dolorosas por las que atravesaba. Su testimonio es la constatación de cómo el Señor vence con su amor y misericordia, sean cuales sean las circunstancias. Ofrecemos el testimonio de Eduardo Martín.

Hablo de la Misericordia de Dios en mi vida y cómo la Iglesia ha sido expresión de esa misericordia. Hablo con un punto de partida de mi vida en el que comenzó todo. Yo me casé hace más de treinta años y hubo problemas continuos llegando a una situación insostenible. Terminó en una separación traumática y al borde de una profunda rotura psíquica.

Yo entonces trabajaba en Salud Mental y mis compañeros eran psiquiatras y psicólogos. Entré en una depresión muy profunda llegando al límite del abismo. Estuve en psicólogos y nada me hacía salir adelante. Eran sólo ayudas livianas pero no salía de mi gran depresión. Sentía que había bajado a los infiernos. Todo era oscuridad y depresión. Rogué al Señor. Y Él me escuchó. Sentí como si mi vasija rota, agrietada, desconchada, de mi vida entrara en el taller del Alfarero. El Señor en sus manos me amasó y me horneó en su corazón misericordioso. Y aquí comenzó los lazos invisibles de Dios en mi vida.

Me invitaron a la oración del grupo carismático. Y fue un día que jamás olvidaré. Era un sábado. Cuando entré en los salones vi mucha gente mayor y empezó a acudir muchas señoras mayores que venían de Motril. Y yo me dije: «Qué hago aquí con estas viejecitas, haciendo rezos. Yo me voy». Y dicho y hecho, comencé a andar por los pasillos y patios para salir de allí. Y me ocurrió algo que nunca jamás me había sucedido. Sentí una sensación interior que me decía «no te vayas». Y yo me decía: qué tontería, por qué me voy a quedar. Y seguí andando. Llegué a un patio y volví a sentir la misma sensación: «no te vayas». Yo me sentía raro e incómodo. No entendía aquello pero me dije: qué tonterías, yo me voy. Al llegar a la cancela de salida, en ese momento, volvía a sentir la misma sensación: «no te vayas», pero esta vez tan contundente, con tal certeza, que me rendí y entré al local de nuevo. Al entrar en el salón ya estaban orando los unos por los otros. Y no llevaba ni cinco minutos cuando el sacerdote al levantar al Santísimo delante de mí yo caí de rodillas y allí empecé a llorar y a sanar. Cuando salí de allí, yo comencé a levantar vuelo en mi vida. Sentí la gran misericordia de Dios en mi vida, y esa misericordia tenía el rostro de creyentes que oraban por mí. Después, supe de comunidades de creyentes que oraron por mí y mi situación. La Iglesia ha sido portadora de la misericordia de Dios en mi vida. La Iglesia que yo desechaba –»esas viejecitas con sus rezos»- benditas viejitas que rogaron a Dios.

También sentí la misericordia de Dios poniendo en mi mente a unos amigos que hacía años que no sabía de ellos. Les llamé y enseguida me invitaron a unos ejercicios en Siete Aguas (Valencia), en la comunidad Verbum Dei. Allí conocí Verbum Dei y, desde entonces, tuve un acompañamiento espiritual. Pero el Señor siguió otorgándome su misericordia.

A los pocos años, entré en una iglesia. Estaba muy enfadado con Dios, pues mi vida la sentía estancada. Le pedí al Señor que me diera una vocación, a una persona para vivir y compartir la vida. Y el Señor me escuchó. A los dos meses y sin buscarlo conocí a Laura, toda una bendición en mi vida. Y las bendiciones continuaron. La Iglesia me reconoció la nulidad de mi anterior matrimonio. Y nos casamos por la Iglesia, con una vocación de entregar la vida al Señor. No haciendo alguna actividad apostólica, sino vivir para el Señor y con el Señor en todo momento. Dios restaura tu vida con su gran misericordia, pon tu vida en las manos del Alfarero, pero entrégala completamente del todo y Él obrará en ti, derramará su misericordia y su gracia. Y la alegría y la paz de Dios habitarán en tu vida y en tu corazón. Y de todo esto doy fe.

Hoy, mi vida canta el Salmo 103, que dice:

Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre.

Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios.

Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades;

Él restaura tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura;

Él sacia de bienes tus días, y como un águila se renueva tu juventud.

Eduardo Martín

Publicado en el Semanario Fiesta Nº 1132

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