Comentario al Evangelio del IV Domingo de Pascua

De la Pastoral Bíblica de la Archidiócesis de Granada, para el domingo 21 de abril de 2024.

Continuamos nuestro itinerario pascual. Este domingo nos guía la voz del Pastor Bueno que nos conduce a pastos de vida eterna. Dejémonos interpelar por su palabra que pronuncia nuestro nombre y, también, por su estilo pastoral que nos enseña a acompañarnos.

UN NOMBRE QUE SANA

La primera lectura recoge el testimonio de Pedro ante las autoridades de Jerusalén. Conviene notar que el texto que leemos este domingo es la continuación del relato de la curación del tullido de nacimiento en la Puerta Hermosa del Templo (Cf. Hch 3,1-9). En aquella ocasión, Pedro ofreció al enfermo cuanto tenía. En su bolsa no había ni oro, ni plata. El apóstol tenía consigo únicamente el Nombre de Jesús. Esta era su riqueza para compartir con el que pedía limosna. Y así lo hace.

La lectura de hoy recuerda que la sanación se realiza en el Nombre de Jesús. La alusión al Nombre se repite en tres ocasiones. La primera para recordar que el Nombre pertenece a Jesús, a quien las autoridades habían crucificado y Dios había resucitado. La segunda para testimoniar que lo que ha devuelto la salud al tullido es el Nombre de Jesús. Es un Nombre que sana. La tercera para confirmar que aquel que había sido desechado por las autoridades, ahora es la “piedra angular”, no solo ofrece sanación, sino que es el único que salva.

NUESTRO NOMBRE: HIJOS

Hablamos del Nombre de Jesús, pero la segunda lectura también nos recuerda que nosotros tenemos un nombre con el que Dios nos llama y nos reconoce: somos hijos. La primera carta de Juan afirma que tenemos una identidad nueva que es fruto del amor de Dios. El nombre evoca esencialmente el proyecto vital de la persona. No es solo una forma de reconocernos o distinguirnos. En el mundo bíblico el nombre encierra la historia, el proyecto de Dios sobre la persona.

Dios nos llama hijos. Nos quiere hijos. Con asombro lo dice el apóstol Juan en su carta. ¡Fijaos! Es como decir, ¡poned atención que Dios nos llama hijos suyos! Llamándonos así, Dios declara su pasión por la humanidad a la que desea abrazar como un Padre lo hace con su hijo.

GUIADOS POR EL PASTOR BUENO

La lectura evangélica de este domingo, tomada del evangelio de Juan, recoge una parte del conocido discurso del Buen Pastor. En realidad, deberíamos cambiar el nombre al discurso porque el texto joánico enfatiza que, más que un buen pastor al uso, Jesús es el pastor, el bueno. Es decir, el verdaderamente bueno.

Si algo caracteriza al texto seleccionado por la liturgia de hoy es que Jesús entrega la vida. El texto comienza y acaba con la confirmación de la misma idea.

Además, en medio de él, encontramos nuevamente la expresión. Jesús es el pastor que entrega la vida por las ovejas.

Esta capacidad de donarse por entero exponiendo su vida en favor de otros, caracteriza la pastoral de Jesús. Otros pastores, como el asalariado o el ladrón buscan beneficiarse, sea cobrando un salario, sea apropiándose del rebaño para sacar rédito de él.

En cambio, Jesús va por otros derroteros. El Pastor bueno es el que antepone el interés, la promoción y la vida del rebaño a sus propios cálculos, deseos y proyectos vitales. El único proyecto vital del Buen Pastor es darse para que otros tengan vida. Ahora bien, no hay verdadera pastoral sin relación. Por ello, el alma del pastoreo de Jesús es la relación interpersonal con cada uno de los forman parte del rebaño, los conoce, les da su palabra, les muestra el camino, los reúne en la unidad.

LA PALABRA HOY

El Buen Pastor acompaña a su rebaño y le ofrece su vida. A menudo, nos recuerda el Papa Francisco que los cristianos debemos aprender a hacer procesos, hemos de aprender a acompañarnos. El buen Pastor muestra que la pastoral exige de todos poner en juego la propia vida, gastar nuestro tiempo, acompañar, cuidar a otros para que tengan Vida.

Ignacio Rojas Gálvez, osst

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