“Señor, envía obreros a tu mies”

Homilía del arzobispo de Granada, Mons. José María Gil Tamayo, en la Eucaristía celebrada en la Catedral en el V Domingo de Cuaresma y día del Seminario, con el lema “Deja tus redes y sígueme”, el 22 de marzo de 2026.

Queridos Rectores del Seminario San Cecilio, del Seminario Misionero Redemptoris Mater de Granada;
queridos formadores;
queridos sacerdotes concelebrantes;
diácono;
queridos seminaristas;
queridos hermanos y hermanas;
también quienes nos seguís a través de la televisión y de las redes:

Un saludo en el Señor en este quinto domingo de Cuaresma. Hemos ido avanzando, como le pedíamos al Señor, en el conocimiento del Misterio de Cristo.

El primer domingo, en este tiempo eminentemente bautismal, de preparación para el bautismo de los catecúmenos y del recuerdo, y de reavivar en nosotros las exigencias de nuestro bautismo, que nos hace hijos e hijas de Dios y miembros de la Iglesia, hemos sido, en el primer domingo, advertidos de que tenemos lucha en nuestra vida cristiana. Y como el Señor venció las tentaciones, nosotros también a las tentaciones que vamos encontrando en la vida, para seguir al Señor. Pero, no todo es lucha. También la vida cristiana es anticipo ya en esta vida de esa vida a la que estamos llamados; y llamados por Cristo, al que seguimos, en quien se cumplen las profecías y lo que la Ley y los profetas anunciaron en el Antiguo Testamento: Él es el Mesías.

Y así lo veíamos en el segundo domingo con la escena de la Transfiguración. El tercer domingo nos presentaba el diálogo ya del Evangelio de Juan con la Samaritana. Y veíamos cómo Jesús va llevando a aquella mujer, a la que le pide de beber, pero a la que le ofrece sobre todo el agua viva, que es la gracia, que es el don del Espíritu Santo: “Si tú conocieras el don de Dios”. Ese Espíritu Santo, que hoy nos recuerda San Pablo en la Carta a los Romanos, que es el que en nosotros siembra esa semilla de resurrección, la vida en el Espíritu. Como nos ha dicho también el libro del profeta Ezequiel, tomando pie de la escena bíblica en que los muertos que están en aquel prado se van uniendo sus huesos, sus tendones, sus músculos, pero son cuerpos muertos inertes hasta que reciben el soplo, el espíritu que Dios les infunde y viven. El Espíritu de Cristo es el que nos prepara para la resurrección, respondiendo al anhelo del ser humano de esa plenitud que sólo está en Dios. Y aquel diálogo de Jesús con la Samaritana le lleva a aquella mujer a pedirle el agua viva, a creer en Jesús, en definitiva: “Si creemos en Jesús tenemos vida eterna”. Así nos lo va repitiendo una y mil veces el Evangelio de Juan.

Llegamos al cuarto domingo, el domingo pasado, en que Jesús se presenta como la luz del mundo: “Yo soy la luz del mundo”. En esa escena de la curación del ciego de nacimiento. “Quién es, Señor, para que crea en Él. – Lo estás viendo”. Jesús es el Hijo del hombre, el que nos devuelve la vista, el que nos hace recobrar la visión por la fe, la visión de Dios, que interpreta nuestra realidad, la de nuestro mundo y la de Dios. En definitiva, nos da esa visión sobrenatural que nos hace trascender la pura visión humana, la fe. Y así, Jesús se presenta como la luz del mundo, “el que cree en mí, con esa fe que me sigue, no camina en las tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

Y en este domingo ya quinto, en este itinerario bautismal, la idea les presenta a los catecúmenos y a nosotros nos recuerda que sin fe en la resurrección no se puede vivir una vida cristiana. Y esto es especialmente necesario, recordar esta parte de nuestro Credo: “Creo en la vida eterna, creo en la resurrección de los muertos”, porque vivimos en una sociedad paganizada, donde el secularismo ha cortado toda ala de trascendencia, donde la norma suprema es “comamos y bebamos que mañana moriremos”, “apaga y vámonos”. En puro materialismo, donde la felicidad se queda en un puro tener o de tejas para abajo. Proclamar la fe en la Resurrección es algo inexcusable en el cristiano. “No somos un ser para la muerte”, como decía Heidegger. No, no. Somos un ser para la vida. No estamos lanzados a la existencia en un sinsentido que vuelve absurdo y provoca la náusea en el vivir, en un pesimismo que hace que toda esperanza quede limitada al tener; que todo proyecto de vida se acabe con la muerte o en un bienestar en el que cada vez seamos menos para tocar a más y se excluya a los más pobres o se excluya a la vida.

No hay esperanza, paradójicamente, de vida cuando sólo la vida se pone de tejas para abajo; cuando la natalidad, la apertura a la vida no entra en el proyecto existencial de un matrimonio; cuando todo es que estemos bien, aunque seamos pocos. Y todo porque hemos perdido la dimensión trascendente, porque hemos perdido la fe en la Resurrección y por eso en este domingo se le recordaba a los catecúmenos, y a nosotros también, que Cristo es la resurrección y la vida; que estamos hechos para la eternidad. Y, al mismo tiempo, ese Cristo que es el Verbo encarnado en Juan, ese Cristo que sabe de nuestros dolores, de nuestros sufrimientos, ese Cristo que llora ante la muerte de su amigo Lázaro, ese Cristo que recibe el reproche de sus hermanas, de Marta y María –“si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano”-, ese Cristo que no nos ahorra el sufrimiento y que también lo participa al hacerse hombre, y lo veremos de forma dramática en la celebración del triduo pascual –“siendo de condición divina tomó nuestra condición humana”-, ese Cristo, al mismo tiempo, le responde a Marta: “Tu hermano resucitará”. Y Marta responde con una respuesta de libro de creyente judía: “Ya sé que en la resurrección del último día resucitará”. Y Jesús le dice: “Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá, y el que está vivo y cree en mí no morirá para siempre. ¿Crees esto?”. No, “piensa esto”; no “qué te parece esto”, porque ahí está el meollo de la fe cristiana. Como dice san Pablo, si no creemos en la Resurrección, si pensamos que los muertos no resucitan, Cristo tampoco ha resucitado y si Cristo no ha resucitado -dice san Pablo- somos los más tontos de los hombres, nuestra fe sería un puro engaño.

Nuestra fe no es el opio del pueblo, no es el contento de los débiles. Es la fuerza de los esperanzados que quieren ganarse el cielo y la resurrección y la participación en la victoria de Cristo, porque dan rienda al sentimiento más profundo del ser humano que es la vida, que es vivir, porque es amar para siempre: la resurrección, el anhelo de vivir para siempre. Y eso sólo lo ha satisfecho Cristo con su muerte y con su resurrección. Y en su resurrección hemos resucitado todos: “Por un hombre vino la muerte, por un hombre ha venido la vida”, nos dirá san Pablo en la Carta a los Romanos.

Luego, queridos amigos, en estas catequesis que nos ha llevado a lo largo de la Cuaresma, que afirmemos la fe en la Resurrección. No saquemos el Halloween, no vayamos por cuestiones míticas. La fe en la Resurrección. Y entonces, merece la pena entregar la vida, merece desgastarse, merece confiar en el futuro con esperanza y dejar tras de sí un mundo nuevo, un mundo mejor, un mundo donde labremos la esperanza y el amor entre todos, porque esperamos que el Señor nos acoja en su misericordia. Lázaro resucita otra vez para después morir y ese signo, ese milagro lo hace Jesús para llevarnos a la fe. Nos dice que creyeron en él.

Vamos a pedirle esto y vamos a pedirle al Señor con más fe que envíe obreros a su mies. Aquí están nuestros seminaristas, también cuatro del Congo, que los acogemos aquí, se forman con nuestros seminaristas, después trabajan cuatro años en nuestra diócesis como sacerdotes, y después vuelven a su país, en esa comunión y en esa universalidad. Cómo comprendéis, hombre, hay un buen grupo de seminaristas de los dos seminarios, el Redemptoris Mater, del Camino Neocatecumenal, que son de nuestra diócesis, y el Seminario San Cecilio, el seminario conciliar de nuestra diócesis. Pero no basta. Y hoy hay que pedir al Señor que las familias sean generosas. Si no hay hijo, el hijo le va a decir que se va a cura… pues, claro, lo llevan al psicólogo a ver qué le ha pasado.

Vamos a pedirle al Señor esto: Señor, que haya jóvenes que tengan la valentía, como estos jóvenes que están aquí, de seguir a Jesús, de dejar a un lado sus carreras, de dejar a un lado las redes como los apóstoles, para ser testigos de Jesús, para un día participar por el Sacramento del Orden de la capilaridad de Cristo en su pueblo, sirviéndolo con el anuncio de la Palabra, con la celebración de la Eucaristía, el Perdón y los demás Sacramentos, y al mismo tiempo guiar al pueblo de Dios en nuestras comunidades de Granada y en la misión.

Queridos amigos, hagamos caso al Señor y pidamos al dueño de la mies que envíe obrero su mies.

Que Santa María, la Madre de Dios y Madre Nuestra, la Reina de los Sacerdotes, la Madre del Seminario, nos ayude y cambie, por intercesión de Jesús, el agua de los deseos de tantos jóvenes en el vino oloroso, como hizo en el milagro del Caná Jesús.

Pidámosle a San José, que es el patrón de los seminarios, por ser el patrón de la Iglesia y custodio de Jesús y María, que cuide nuestros seminarios, para que estos chicos y los que vengan, lleguen un día por la imposición de manos a ser sacerdotes de Cristo, sacerdotes del Nuevo Testamento.

Así sea.

+ José María Gil Tamayo
Arzobispo de Granada

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