“Señor, abre nuestro corazón, nuestros oídos y nuestra boca”

Homilía en la Misa del viernes de la V semana del Tiempo de Cuaresma, el 12 de febrero de 2021.

Vamos a pedirLe al Señor lo que hemos suplicado en el breve canto del Aleluya: “Igual que abriste los ojos, los oídos y desataste la lengua del sordomudo, abre Señor nuestro corazón y acojamos las palabras de tu Hijo”. Sobre todo, para que acojamos a tu Hijo, la Palabra de Dios, en nuestro corazón, de forma que nos permita oírLe lo que Él nos dice. Lo que Él nos dice es siempre lo mismo, pero es lo que los hombres necesitamos oír constantemente, una y otra vez. “No envió el Padre a Su Hijo al mundo para condenarlo, sino para que el mundo se salve por Él”. “Tanto amó Dios al mundo que le entregó a Su propio Hijo”.

Lo que tu Palabra nos dice, lo que resuena en la Creación –pero ciegos no sabemos verlo–, y resuena en toda la historia de la salvación y de la vida de la Iglesia, es: “Yo te amo”. Esa frase en la que san Juan Pablo II solía resumir: “Todo el anuncio que la Iglesia tiene que hacer al mundo de hoy, se resume en esta frase ‘Dios te ama, Cristo ha venido por ti’”. Esa es la palabra que tenemos que pedirLe al Señor, que acojamos y que el ser hijos de una historia de pecado que empezó desde el principio –eso es lo que significa el relato del Paraíso–, que, desde el primer momento, los hombres hemos hecho mal uso de nuestra libertad y hemos ido creando un mundo más opaco, que nos impide ver, nos hace difícil ver a Dios. Vivimos sometidos a la tentación y nos impide oír la Palabra de Dios, que resuena en todo el universo con un poder enorme, pero nuestros oídos sordos no la escuchan, que es eso, justamente, “por amor te he creado, por amor te he redimido, confía en Mí”. Y pedirLe al Señor que nos abra los oídos para poder escuchar ese grito de la Creación entera y ese anuncio del que la Iglesia es portadora.

Nos cuesta creer que Dios nos quiera. Nos cuesta querernos a nosotros mismos, porque somos muy conscientes de nuestras pequeñeces, de nuestras mediocridades, de nuestras pasiones y nos cuesta creernos que Dios nos quiere. Hace falta que el Señor, efectivamente, purifique nuestro corazón, abra nuestro corazón a la Gracia. Y cuando Él abre nuestro corazón, entonces nos damos cuenta de las astucias de la serpiente, y quiero subrayar solamente una. La serpiente, que es un símbolo de nuestro enemigo, que es Satán, nunca nos vende el mal como el mal; porque nuestro corazón no está hecho para el mal, nuestro corazón está hecho para Dios, por lo tanto, está hecho para el bien. Entonces, el Enemigo tiene siempre que engañarnos, de alguna manera. Igual desde el principio. A mí me hace gracia cuando dicen: “Los capítulos primeros del Génesis no son históricos”. Yo digo que son los más históricos. No cuentan una historia como si hubiera estado alguien con una grabadora, pero cuentan una historia en la que todos podemos reconocernos, que es la historia, por una parte, del amor creador de Dios y, por otra parte, de la infidelidad del mal uso que hemos hecho del don más precioso que existe que es la libertad. Que ya de paso quiero subrayar que el Señor ha corrido el riesgo de la libertad. Es el riesgo más grande de la Creación. La aventura más grande de la Creación ha sido crearnos a imagen y semejanza suya y, por lo tanto, el hacernos libres. Pero Dios no tiene miedo a nuestra libertad. Si tuviera miedo, estaría como esas madres ansiosas o esos padres ansiosos, que están a veces detrás de sus hijos, para evitar que cometan cualquier error o que hagan cualquier cosa mal. Denota una falta de confianza, precisamente en el ser humano y en la libertad.

Dios tiene una confianza inmensa en Su amor y en el triunfo de Su amor. Por eso, no está detrás de nosotros constantemente, para evitar que hagamos el mal. No. Él nos pide, nos llama, nos invita. Nos ha dado nuestra conciencia para que actúe en nosotros. Nos enseña, pero no trata a cualquier precio…, porque eso denota una ansiedad que es fruto siempre de la falta de fe. Dios sabe que Su amor triunfa finalmente. Eso no quiere decir que no sea una desgracia el pecado. Inmensa, la más grande. La catástrofe más grande de la historia es el pecado y la catástrofe más grande de toda la historia ha sido ese pecado más grande que ha sido la crucifixión del Hijo de Dios. Pero Dios tiene arte como para transformar la misma crucifixión en un origen de vida y en una fuente de salvación para los hombres, en una revelación más profunda, mucho más profunda todavía, del amor sin límites de Dios.

Pero quiero subrayar eso, que el Enemigo no nos presenta el mal como mal. Hasta las cosas que nos parecen más odiosas. Hasta las ideologías que nos parecen más terribles, siempre se apoyan en una parte de verdad, siempre se apoyan en una parte de bien. Siempre es una parte de bien que está hipertrofiada, que está sacada de quicio, que omite otras cosas que son necesarias para complementarlo. Pero eso, todas las ideologías contemporáneas. “Son -como diría Chesterton- verdades cristianas que se han vuelto locas”. Cuando se defiende la libertad, se defiende una libertad que no es entera, que no es muchas veces la libertad verdadera. Cuando se defiende el predominio de la voluntad o de la comunidad sobre la libertad, se defiende de una manera que tampoco es la comunidad libre que nace de un conjunto de personas, de hijos libres de Dios que han decidido y que han escogido el ayudarse y el amarse mutuamente. No, ¡se impone! Y siempre hay en esa búsqueda de la comunidad una cosa buena. En esa búsqueda de la libertad, hay una cosa buena. Y en las tentaciones individuales en las que caemos, el Enemigo, Satán, nunca nos presenta el mal con rostro de mal, porque si no, no caeríamos. Nos lo presenta con rostro de bien. Entonces, hay que pedirLe al Señor que nos ayude a discernir.

Y la otra cosa es que el fruto del pecado es que nos escondemos. El fruto del pecado es siempre la oscuridad. El fruto del pecado es siempre el ocultarse, el ocultarnos. La Tradición antigua decía que Adán y Eva, en el Paraíso, estaban vestidos de una túnica de gloria, hasta que pecaron. Entonces, en la desnudez apareció la posibilidad del mal. Ellos no se habían dado cuenta antes, porque la mirada que tenían antes era la misma mirada de Dios. Ese ocultarse, el Señor lo dijo también: “La verdad busca la luz del día”. Es el pecado el que busca la oscuridad, el esconderse. Cuando percibamos eso en nosotros, que percibamos que es un signo del Enemigo y del triunfo del Enemigo.

Que el Señor nos conceda lo que hemos pedido: Señor, como abriste los ojos al ciego y los oídos al sordomudo, abre nuestro corazón, nuestros oídos, y abre también nuestra boca, para que podamos dar testimonio libre y transparente de Ti.

Que así sea para todos.

+ Javier Martínez

Arzobispo de Granada

12 de febrero de 2021

Iglesia parroquial Sagrario-Catedral (Granada)

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